viernes, 8 de junio de 2007

El terrorismo condiciona la política internacional

El terrorismo se instaló en septiembre de 2001 como la principal amenaza a la paz y la seguridad internacionales.

La amenaza existía y se había manifestado a lo largo de siglos, bajo distintas formas, pero raramente como amenaza global, capaz de actuar en prácticamente cualquier lugar del planeta y con objetivos muy difíciles de identificar ni motivaciones susceptibles de alguna interpretación satisfactoria.

Hubo antecedentes en la década previa, en el marco de los primeros años de la post Guerra Fría y con marcada afinidad con lo que el autor Samuel Huntington preanunciara como “Choque de Civilizaciones,” en su libro homónimo.

Este es un fenómeno nuevo, aunque su origen como modus operandi se remonte siglos atrás, por lo menos, a los primeros años de la era Cristiana cuando los Sicarios y los Zealots –grupos judíos muy activos durante la ocupación Romana de Medio Oriente en el primer siglo después de Cristo– comenzaron a cometer asesinatos a pleno día y frente a testigos para enviar mensajes a las autoridades romanas y a aquellos judíos que colaboraban con ellas.

Esta metodología se conocería siglos más tarde como “terrorismo,” en particular, con posterioridad al regime de la terreur establecido en Francia, luego de la Revolución Francesa.
Hoy presenciamos un fenómeno que, con similitud en la metodología y tal vez en algún otro rasgo –según con qué lo comparemos- pero de una naturaleza particular, con suficiente alcance como para afectar las premisas y fundamentos de las relaciones internacionales y los sistemas políticos de nuestro tiempo.

Israel no podría justificar –ni probablemente llevaría a cabo- bombardeos sobre blancos civiles, como el que dio lugar a la llamada 'tragedia' de Beit Hanun en noviembre de 2006, donde murieron 22 palestinos, en su mayor parte mujeres y niños. Estados Unidos no podría haber justificado –ni probablemente llevado a cabo- la invasión a Irak, si bien más de una vez estuvo en sus planes y objetivos estratégicos antes del 11 de septiembre de 2001.

La respuesta del presidente Bush a los atentados fracturó la Alianza Occidental y enajenó a los Estados Unidos el respaldo de las principales potencias de Europa, salvo el Reino Unido.
La aventura le costó recientemente el cargo de Primer Ministro a Tony Blair, uno de los líderes más populares de la Europa de los últimos tiempos. También le costó las elecciones parlamentarias al partido Republicano y, probablemente, también le cueste las presidenciales del año próximo.

El terrorismo, como vemos, tiene la capacidad de dividir el sistema internacional y también el interior de las naciones y las regiones.

En estos días, si bien vinculado a un tipo de terrorismo distinto del internacional globalizado, presenciamos uno de los mayores enfrentamientos entre el gobierno de Rodríguez Zapatero y el Partido Popular de España.

El motivo central son las promesas incumplidas de ETA, hecho tal vez potenciado por la ingenuidad del Jefe de Gobierno español que pensó que podía confiar en las promesas y compromisos de una organización que desde hace cuatro décadas comete crímenes sangrientos y cobra vidas sin ningún reparo ni muestra de escozor.

Andres Fontana.

sábado, 2 de junio de 2007

La Política Internacional en visible caos

La paz y la cooperación se presentan a nuestros ojos como algo normal, a veces alterado por actos de violencia o conflictos aislados. Conductas condenadas por las voces de la razón en los foros internacionales y vistas como algo fuera de lo común y fuera de la ley internacional. Sin embargo, la vida no era así un par de siglos atrás. La guerra era lo normal, lo esperable, lo temido. Y lo patriótico. No había un derecho internacional que la condenara ni organismos internacionales que trataran de preservar la paz y promover la cooperación.

Lo que hoy presenciamos como normal es en realidad el resultado de experiencias históricas no tan lejanas y el trabajo constante de cancillerías, organismos internacionales y otros actores que intentan día a día contrarrestar la tendencia de los Estados a ejercer el poder unos sobre otros y recurrir a la fuerza para hacer valer sus intereses.

La creación de las Naciones Unidas o el desarrollo de procesos de integración como la Unión Europea han sido grandes logros de nuestra era. Tuvieron, sin embargo, que ocurrir dos Guerras Mundiales, el Holocausto y los bombardeos atómicos de Nagasaki e Hiroshima para que los Estados decidieran crear un organismo internacional destinado a preservar la paz y la seguridad internacionales y la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, que diera origen al proceso de integración de Europa.

Hoy estamos volviendo al “estado natural” de las relaciones internacionales. Las Naciones Unidas han quedado rezagadas tras los emprendimientos bélicos de la primera potencia mundial. Pregúntese el lector cómo se llama el actual Secretario General de las Naciones Unidas y comprobará el escaso o nulo protagonismo del organismo en la política internacional de nuestros días.

Probablemente sí haya oído hablar del Sr. Wolfowitz, presidente saliente del Banco Mundial debido al conflicto de intereses que implicó la presencia en la institución de su compañera sentimental Shaha Riza. El Banco Mundial, a diferencia de otros órganos del sistema de Naciones Unidas –como el FMI, la OMC o el mismo Consejo de Seguridad— había gozado hasta el momento de cierto prestigio en el marco de la comunidad internacional.

Europa no tiene guerras, pero las tensiones por la desigualdad, los inmigrantes, la discriminación y la amenaza terrorista crecen día a día. Medio Oriente sí está en guerra y ésta tiende a expandirse territorialmente, a incrementar los niveles de violencia y a legitimar el “vale todo” para cada uno de los bandos.

¿Dónde se dirimen pacíficamente los conflictos? Cuál es la voz legítima y creíble en el concierto internacional que puede garantizar paz y seguridad a quienes se encuentran envueltos en un conflicto cercano al uso de la fuerza o donde éste ya se ha establecido? Cuáles son las expectativas de los países menos poderosos, con escasos recursos, que requieren de estabilidad, flujos de capital y políticas de desarrollo regional para ordenar mínimamente su futuro? Hacia dónde o a quién debemos mirar hoy, diecisiete años después del fin de la Guerra Fría, para encontrar razonabilidad en la política internacional?

Andres Fontana.