El terrorismo se instaló en septiembre de 2001 como la principal amenaza a la paz y la seguridad internacionales.
La amenaza existía y se había manifestado a lo largo de siglos, bajo distintas formas, pero raramente como amenaza global, capaz de actuar en prácticamente cualquier lugar del planeta y con objetivos muy difíciles de identificar ni motivaciones susceptibles de alguna interpretación satisfactoria.
Hubo antecedentes en la década previa, en el marco de los primeros años de la post Guerra Fría y con marcada afinidad con lo que el autor Samuel Huntington preanunciara como “Choque de Civilizaciones,” en su libro homónimo.
Este es un fenómeno nuevo, aunque su origen como modus operandi se remonte siglos atrás, por lo menos, a los primeros años de la era Cristiana cuando los Sicarios y los Zealots –grupos judíos muy activos durante la ocupación Romana de Medio Oriente en el primer siglo después de Cristo– comenzaron a cometer asesinatos a pleno día y frente a testigos para enviar mensajes a las autoridades romanas y a aquellos judíos que colaboraban con ellas.
Esta metodología se conocería siglos más tarde como “terrorismo,” en particular, con posterioridad al regime de la terreur establecido en Francia, luego de la Revolución Francesa.
Hoy presenciamos un fenómeno que, con similitud en la metodología y tal vez en algún otro rasgo –según con qué lo comparemos- pero de una naturaleza particular, con suficiente alcance como para afectar las premisas y fundamentos de las relaciones internacionales y los sistemas políticos de nuestro tiempo.
Israel no podría justificar –ni probablemente llevaría a cabo- bombardeos sobre blancos civiles, como el que dio lugar a la llamada 'tragedia' de Beit Hanun en noviembre de 2006, donde murieron 22 palestinos, en su mayor parte mujeres y niños. Estados Unidos no podría haber justificado –ni probablemente llevado a cabo- la invasión a Irak, si bien más de una vez estuvo en sus planes y objetivos estratégicos antes del 11 de septiembre de 2001.
La respuesta del presidente Bush a los atentados fracturó la Alianza Occidental y enajenó a los Estados Unidos el respaldo de las principales potencias de Europa, salvo el Reino Unido.
La aventura le costó recientemente el cargo de Primer Ministro a Tony Blair, uno de los líderes más populares de la Europa de los últimos tiempos. También le costó las elecciones parlamentarias al partido Republicano y, probablemente, también le cueste las presidenciales del año próximo.
El terrorismo, como vemos, tiene la capacidad de dividir el sistema internacional y también el interior de las naciones y las regiones.
En estos días, si bien vinculado a un tipo de terrorismo distinto del internacional globalizado, presenciamos uno de los mayores enfrentamientos entre el gobierno de Rodríguez Zapatero y el Partido Popular de España.
El motivo central son las promesas incumplidas de ETA, hecho tal vez potenciado por la ingenuidad del Jefe de Gobierno español que pensó que podía confiar en las promesas y compromisos de una organización que desde hace cuatro décadas comete crímenes sangrientos y cobra vidas sin ningún reparo ni muestra de escozor.
Andres Fontana.
La amenaza existía y se había manifestado a lo largo de siglos, bajo distintas formas, pero raramente como amenaza global, capaz de actuar en prácticamente cualquier lugar del planeta y con objetivos muy difíciles de identificar ni motivaciones susceptibles de alguna interpretación satisfactoria.
Hubo antecedentes en la década previa, en el marco de los primeros años de la post Guerra Fría y con marcada afinidad con lo que el autor Samuel Huntington preanunciara como “Choque de Civilizaciones,” en su libro homónimo.
Este es un fenómeno nuevo, aunque su origen como modus operandi se remonte siglos atrás, por lo menos, a los primeros años de la era Cristiana cuando los Sicarios y los Zealots –grupos judíos muy activos durante la ocupación Romana de Medio Oriente en el primer siglo después de Cristo– comenzaron a cometer asesinatos a pleno día y frente a testigos para enviar mensajes a las autoridades romanas y a aquellos judíos que colaboraban con ellas.
Esta metodología se conocería siglos más tarde como “terrorismo,” en particular, con posterioridad al regime de la terreur establecido en Francia, luego de la Revolución Francesa.
Hoy presenciamos un fenómeno que, con similitud en la metodología y tal vez en algún otro rasgo –según con qué lo comparemos- pero de una naturaleza particular, con suficiente alcance como para afectar las premisas y fundamentos de las relaciones internacionales y los sistemas políticos de nuestro tiempo.
Israel no podría justificar –ni probablemente llevaría a cabo- bombardeos sobre blancos civiles, como el que dio lugar a la llamada 'tragedia' de Beit Hanun en noviembre de 2006, donde murieron 22 palestinos, en su mayor parte mujeres y niños. Estados Unidos no podría haber justificado –ni probablemente llevado a cabo- la invasión a Irak, si bien más de una vez estuvo en sus planes y objetivos estratégicos antes del 11 de septiembre de 2001.
La respuesta del presidente Bush a los atentados fracturó la Alianza Occidental y enajenó a los Estados Unidos el respaldo de las principales potencias de Europa, salvo el Reino Unido.
La aventura le costó recientemente el cargo de Primer Ministro a Tony Blair, uno de los líderes más populares de la Europa de los últimos tiempos. También le costó las elecciones parlamentarias al partido Republicano y, probablemente, también le cueste las presidenciales del año próximo.
El terrorismo, como vemos, tiene la capacidad de dividir el sistema internacional y también el interior de las naciones y las regiones.
En estos días, si bien vinculado a un tipo de terrorismo distinto del internacional globalizado, presenciamos uno de los mayores enfrentamientos entre el gobierno de Rodríguez Zapatero y el Partido Popular de España.
El motivo central son las promesas incumplidas de ETA, hecho tal vez potenciado por la ingenuidad del Jefe de Gobierno español que pensó que podía confiar en las promesas y compromisos de una organización que desde hace cuatro décadas comete crímenes sangrientos y cobra vidas sin ningún reparo ni muestra de escozor.
Andres Fontana.