Albert Einstein, nacido en Alemania y Premio Nobel de Física en 1921, dijo “hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad.” Su alusión a la física fue para destacar el valor de lo humano. Fueron muchas sus frases famosas, algunas muy irónicas sobre la naturaleza humana, pero ninguna ofensiva para una persona o grupo en particular. En su genialidad, predominaba la sabiduría sobre el saber científico.
Doris Lessing nació en Irán, cuando se llamaba Persia, y pasó su juventud en Rhodesia, actual Zimbabwe. A los 82 años, acaba de recibir el Premio Nobel de Literatura. Es conocida por sus obras, pero también por su lucha contra la intolerancia y la discriminación.
El Dr. James Watson, nacido en Chicago, uno de los descubridores del ADN, recibió el Premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1962. El Dr. Watson acaba de escandalizar al mundo con sus declaraciones acerca de diferencias en los niveles de inteligencia entre razas. No importa tanto lo que dijo o verdaderamente quiso decir, sino el contexto histórico y el sentido de responsabilidad que le compete a quien ha alcanzado los peldaños más altos del reconocimiento científico internacional.
Cualquier diario que tomemos de la mesita en la sala del dentista seguramente contiene una noticia sobre la intolerancia racial o religiosa. Seguramente muestra algún conflicto que involucra inmigrantes, abusos, discriminación. La mayor parte de los conflictos internacionales de nuestra era tienen un componente de esa índole.
La semana pasada, los medios destacaron los esfuerzos de la Unión Europea para lidiar con la inmigración, mientras era tristemente noticia la agresión a una joven ecuatoriana en Barcelona. Vemos las políticas duras del presidente francés Nicolás Sarkozy, la inminente acción militar de Turquía contra los Kurdos, los frecuentes conflictos con los inmigrantes en los Estados Unidos.
Ese es el contexto en el que cabe reclamar al Dr. Watson un mayor sentido de responsabilidad, acorde con el lugar que ocupa, inevitablemente, en la sociedad y el campo internacional.
Andres Fontana
Doris Lessing nació en Irán, cuando se llamaba Persia, y pasó su juventud en Rhodesia, actual Zimbabwe. A los 82 años, acaba de recibir el Premio Nobel de Literatura. Es conocida por sus obras, pero también por su lucha contra la intolerancia y la discriminación.
El Dr. James Watson, nacido en Chicago, uno de los descubridores del ADN, recibió el Premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1962. El Dr. Watson acaba de escandalizar al mundo con sus declaraciones acerca de diferencias en los niveles de inteligencia entre razas. No importa tanto lo que dijo o verdaderamente quiso decir, sino el contexto histórico y el sentido de responsabilidad que le compete a quien ha alcanzado los peldaños más altos del reconocimiento científico internacional.
Cualquier diario que tomemos de la mesita en la sala del dentista seguramente contiene una noticia sobre la intolerancia racial o religiosa. Seguramente muestra algún conflicto que involucra inmigrantes, abusos, discriminación. La mayor parte de los conflictos internacionales de nuestra era tienen un componente de esa índole.
La semana pasada, los medios destacaron los esfuerzos de la Unión Europea para lidiar con la inmigración, mientras era tristemente noticia la agresión a una joven ecuatoriana en Barcelona. Vemos las políticas duras del presidente francés Nicolás Sarkozy, la inminente acción militar de Turquía contra los Kurdos, los frecuentes conflictos con los inmigrantes en los Estados Unidos.
Ese es el contexto en el que cabe reclamar al Dr. Watson un mayor sentido de responsabilidad, acorde con el lugar que ocupa, inevitablemente, en la sociedad y el campo internacional.
Andres Fontana

