A diferencia de otros ámbitos donde el Estado tiene la responsabilidad de proveer seguridad –el de la seguridad pública, donde debe enfrentar el delito, el de la defensa, donde debe enfrentar las amenazas externas– el ámbito de la seguridad internacional se caracteriza por el hecho de que la comunidad internacional enfrenta las amenazas a la paz y la seguridad internacionales.
Definir qué constituye una amenaza a la paz y la seguridad internacionales es definir qué justifica que las Naciones Unidas ordenen o autoricen el uso de la fuerza. Esa es hoy la única fuente de legitimidad para el uso de la fuerza en el campo internacional y esto depende de un conjunto de actores con gran dificultad para ponerse de acuerdo: los Estados, ONG internacionales, diversos organismos (como el OIEA, que verifica la legalidad de los programas nucleares), la opinión pública internacional, etc.
Desde hace tiempo, al menos desde principios de 2002, el gobierno de los Estados Unidos promueve una visión de Irán que intenta caracterizar a ese país como una amenaza a la paz y la seguridad. Esto merece un examen detenido y, sobre todo, cauto. La imagen de Irán como un Estado que apoya al terrorismo y desarrolla armas de destrucción masiva no sólo es simplista sino, sobre todo, parece tener por objeto el justificar acciones militares antes que preservar la paz y la seguridad.
Los Estados Unidos ya han llevado a cabo una acción militar en Irak de dudosa legitimidad. Sus consecuencias políticas y humanitarias están a la vista. La visión que ofrecieron, no de Irak sino de Saddam Husein, es muy parecida a la que hoy ofrecen no de Irán sino de su presidente Mahmoud Ahmadinejad.
La política exterior de los Estados Unidos no parece interesarse, por ejemplo, en las críticas internas al presidente Ahmadinejad y sus políticas. Estas críticas en ocasiones provienen del líder supremo de Irán, el ayatollah Ali Khamenei, quien en enero criticó públicamente –algo poco habitual– la política del presidente Ahmadinejad. Y cabe destacar que, en el sistema político iraní, el Ayatollah es quien tiene la última palabra en todas las cuestiones políticas, incluyendo el tema nuclear.
Definir qué constituye una amenaza a la paz y la seguridad internacionales es definir qué justifica que las Naciones Unidas ordenen o autoricen el uso de la fuerza. Esa es hoy la única fuente de legitimidad para el uso de la fuerza en el campo internacional y esto depende de un conjunto de actores con gran dificultad para ponerse de acuerdo: los Estados, ONG internacionales, diversos organismos (como el OIEA, que verifica la legalidad de los programas nucleares), la opinión pública internacional, etc.
Desde hace tiempo, al menos desde principios de 2002, el gobierno de los Estados Unidos promueve una visión de Irán que intenta caracterizar a ese país como una amenaza a la paz y la seguridad. Esto merece un examen detenido y, sobre todo, cauto. La imagen de Irán como un Estado que apoya al terrorismo y desarrolla armas de destrucción masiva no sólo es simplista sino, sobre todo, parece tener por objeto el justificar acciones militares antes que preservar la paz y la seguridad.
Los Estados Unidos ya han llevado a cabo una acción militar en Irak de dudosa legitimidad. Sus consecuencias políticas y humanitarias están a la vista. La visión que ofrecieron, no de Irak sino de Saddam Husein, es muy parecida a la que hoy ofrecen no de Irán sino de su presidente Mahmoud Ahmadinejad.
La política exterior de los Estados Unidos no parece interesarse, por ejemplo, en las críticas internas al presidente Ahmadinejad y sus políticas. Estas críticas en ocasiones provienen del líder supremo de Irán, el ayatollah Ali Khamenei, quien en enero criticó públicamente –algo poco habitual– la política del presidente Ahmadinejad. Y cabe destacar que, en el sistema político iraní, el Ayatollah es quien tiene la última palabra en todas las cuestiones políticas, incluyendo el tema nuclear.