viernes, 21 de noviembre de 2008

Equipo de tormenta

Los pronósticos por país, por región y a nivel global indican que la crisis va a ser cruel y persistente. Algunas empresas han decidido esperar unos meses antes de decidir si deberán “achicarse” o si podrán sostener su tamaño actual hasta que se inicie el ciclo de recuperación económica. La duración del período recesivo resulta crucial y, por ahora, no sabemos cuánto se extenderá.

En Irak hay mejora coyuntural pero el escenario siguiente es incierto y Afganistán lo es más aun. Esa guerra genera menos resistencia en la opinión pública y menor repudio en el mundo árabe. Pero Afganistán es una geografía ingobernable y una cultura cuya morfología social, política y religiosa resulta inentendible para Occidente.

Despidos masivos y otros datos desalentadores anuncian un escenario extremadamente difícil para el próximo presidente de los Estados Unidos en su frente interno. Y, como predice la teoría, cuando el más poderoso se encuentra en problemas, los que siguen en la fila se organizan para lograr un mayor “equilibrio” en la distribución del poder en el sistema internacional. Tal fue el significado de la última reunión del Grupo de los 20.

Todo esto condiciona fuertemente las decisiones del futuro presidente acerca de quiénes deben acompañarlo en el primer tramo de su gestión. Accedió a la presidencia a través de un proceso de significación histórica, cargado de esperanza, con signos de revalorización de la sociedad norteamericana. Y dijo: “Vamos a cerrar Guantánamo.” Excelente.

Indicó: Vamos a concentrar la atención en Afganistán, no con la pretensión de construir una democracia occidental sino para generar una región más estable y menos propensa a apoyar el terrorismo. Es una muy buena señal.

Obama muestra poseer una cuota importante de sabiduría política. Él decidió que la campaña ya había pasado y comenzó a preparar un equipo de tormenta, con Rahm Emmanuel como primer síntoma de lo que viene. Esto no implica traicionar sus convicciones, sino consolidar el capital político de la elección y transformarlo en capacidad de gobierno. Hacer de ese respaldo, nacido del idealismo, un fuerte capital de realismo político para hacer frente a un escenario por demás desafiante.

Andres Fontana

martes, 18 de noviembre de 2008

Obama: Realismo ante la crisis

Los primeros pasos del presidente electo han mostrado su determinación e idoneidad para conducir el gobierno de su país: pocas palabras, cuidadosa selección de sus colaboradores y énfasis en la gravedad de la crisis. Agregó luego, un enfoque acertado ante las guerras en Irak y Afganistán y una cuota de prudencia ante las oportunidades mediáticas –decidió no concurrir a la reunión del Grupo de los 20, con pocos anuncios posibles u oportunos para hacer sobre su estrategia económica.

Con respecto a la guerra en Afganistán, los asesores del presidente electo anunciaron que su intención es desarrollar un enfoque regional, que incluiría un posible diálogo con Irán. Y, con respecto a Irak, Obama cree que la presencia militar debe ser reducida sustancialmente en un período de entre 12 y 15 meses. Afganistán es donde se debe centrar la atención, buscar alianzas y tener objetivos realistas, ligados a la estabilidad y el rechazo del terrorismo, antes que al establecimiento de una democracia moderna.

Tanto realismo parece poner a la distancia el júbilo de hace pocos días. Pero los análisis post-electorales han dado buenas noticias al mostrar, entre otros aspectos, que el voto por Obama fue motivado por preocupaciones esencialmente económicas y que no hubo “efecto Bradley.”

Esta expresión se refiere a lo que sería el inverso de lo que llamamos “voto vergüenza” (ocultar quién es el candidato que efectivamente vamos a votar). El “efecto Bradley” implica que frente a un candidato negro los blancos sienten vergüenza de decir que no lo van a votar y ser vistos como racistas.

En consecuencia, el candidato negro obtiene en las encuestas una intención de voto mayor que la real. Tal fue el caso de Tom Bradley, candidato negro a intendente de la ciudad de Los Angeles, que perdió la elección en 1982luego de haber liderado las encuestas durante todo el proceso electoral.

En el caso de Obama, el candidato obtuvo más o menos los votos pronosticados por las encuestas y, si bien la economía fue un factor determinante, el que no hubiera “efecto Bradley” es un indicador del grado de democratización que han alcanzado los norteamericanos frente a sus propios prejuicios raciales.

Andres Fontana

jueves, 13 de noviembre de 2008

Realismo ante la crisis (y sin efecto Bradley)

Con el triunfo de Barack Obama, tuvimos la sensación de estar por un momento en contacto con la Historia. Presenciamos un paso más de la humanidad hacia un mundo mejor, hacia el respeto de la persona, hacia una apreciación del ser humano por lo que vale, por lo que hace, por su capacidad.

Pero esos minutos pasaron rápido. Los primeros pasos del presidente electo –que mostraron su determinación e idoneidad para conducir el gobierno de su país – nos pusieron de cara a la crisis económica y sus posibles alcances.

Los análisis de la victoria electoral mostraron que el voto por Obama, en más de un 60 %, fue motivado por preocupaciones económicas y el hecho de que Barack Obama dio mejores respuestas y mostró estar mejor preparado para enfrentar la crisis que su rival John McCain.

Por supuesto, para que así fuera, la sociedad americana tuvo que haber superado ya grandes barreras presentes en su cultura y a lo largo de su historia. Más aun, los estudios post-electorales mostraron que no hubo “efecto Bradley.” A la inversa de lo que nosotros llamamos “voto vergüenza” (ocultar quién es el candidato que efectivamente vamos a votar y por ende ese candidato tiene en las encuestas menos votos que los que finalmente obtiene en las elecciones) el “efecto Bradley” implica que, frente a un candidato negro, muchos blancos sienten vergüenza de decir que no lo van a votar y ser vistos como racistas. En consecuencia, el candidato tiene en las encuestas supuestos votos que luego no se materializan. Tal fue el caso de Tom Bradley, un afro-americano candidato a intendente de la ciudad de Los Angeles que, en 1982, perdió la elección luego de haber liderado las encuestas durante todo el proceso electoral.Si hubiera habido “efecto Bradley,” Barack Obama debería haber tenido mayor intención de voto que los que efectivamente obtuvo. Sin embargo, los pronósticos electorales fueron bastante precisos en la apreciación de cuántos votos obtendría cada candidato. Si bien la economía fue un factor determinante del voto por Obama, el hecho de que no haya habido “efecto Bradley” es también un indicador del grado de democratización que han alcanzado los norteamericanos frente a sus propios prejuicios raciales.

Andres Fontana

Factores de Exito

Muchos rasgos de la campaña y del triunfo de Barack Obama han evocado los hitos históricos de los años 60, incluida la marcha sobre Washington del 28 de agosto de 1963. Estuvieron presentes, en espíritu y en palabra, los líderes del Movimiento por los Derechos Civiles, los cambios en la cultura y la política de los Estados Unidos y los grandes avances contra la discriminación y en favor de la igualdad ante la ley y la igualdad de oportunidades.

En un reportaje, un ex presidente de los Estados Unidos comentó que este sería un comicio en el que ni Dios, ni el racismo, ni la familia determinarían el voto de los Americanos. La metáfora refleja el enorme cambio en los valores y percepciones de la sociedad para votar a quien será el primer presidente negro de los Estados Unidos.

Muchos factores contribuyeron a infundir en el electorado la confianza necesaria para vencer prejuicios y tradiciones largamente arraigados. Sin duda, la impopularidad acumulada por el presidente George W. Bush a lo largo de los últimos años, y llevada al extremo a partir de la crisis financiera iniciada en septiembre, fue un factor decisivo.

La lucidez y capacidad intelectual de Obama, su excelente desempeño frente a las cámaras y su empleo altamente innovador de Internet para construir un discurso compartido con sus seguidores y recaudar fondos independientemente del gobierno y de los contribuyentes poderosos también influyeron fuertemente.

En ese contexto, la solidez y credenciales académicas de los miembros del staff de asesores del futuro presidente jugaron también un rol de creciente importancia. Muchos seguidores del Partido Republicano, se vieron finalmente inclinados a respaldar a Obama por el prestigio e imagen de solidez de los profesionales y académicos que conformaban sus equipos técnicos y hoy integran el equipo de transición encargado de preparar el traspaso del poder y custodiar las decisiones que se tomen en los próximos setenta días.

Andres Fontana

lunes, 27 de octubre de 2008

¿Fin de una era?

Probablemente, pero no “extremadamente”

Muchos analistas han visto a la actual crisis financiera global como síntoma de grietas profundas en el sistema internacional. Hablar de “sistema” implica que hay partes articuladas de tal forma que el comportamiento de cada una afecta a las otras y, en el caso del sistema “internacional,” implica además que el poder de cada Estado depende tanto de sus capacidades como del lugar que ocupa en el sistema, según nos enseñara Ken Waltz.

Moisés Naím acaba de publicar un artículo en el que sostiene que hay “un enorme sistema financiero mundial que descansa sobre débiles pilares locales.” Estos últimos son los Estados, que no cuentan con la flexibilidad ni la rapidez para la toma de decisiones que caracteriza al sistema financiero globalizado pero, sin embargo, han reaccionado, luego de varios ensayos de prueba y error. Lo han hecho, en parte, con respuestas nacionales y, en parte, con esfuerzos de coordinación que apuntan a conformar decisiones globales vía G-7, Grupo de los 20, Eurogrupo + G-7 + Grupo de los 20, y a crear nuevas instituciones o reformar sustancialmente las actuales, tales como el FMI y el Banco Mundial –en particular, el rol de los Estados Unidos dentro de cada una de ellas.

La pregunta que sigue es, no sólo cuán eficaces van a ser esas respuestas sino también cuánto van a alterar la actual estructura del sistema internacional: cuánto van a avanzar los competidores de los Estados Unidos sobre el predominio que la primera potencia global ha ejercido a lo largo de décadas; y cuánto espacio se va a abrir para las potencias emergentes con aspiraciones globales, como Brasil y la India , y las viejas potencias con renovadas aspiraciones y nuevas capacidades, como China y Rusia.

Paul Krugman ha señalado que llama la atención que las medidas con mayor claridad acerca de la naturaleza del problema surgieran de Londres, uno de los grandes centros financieros pero capital de una economía mucho más pequeña que la norteamericana o la Europea.

La solución propuesta por el Primer Ministro Británico, Gordon Brown, implica una suerte de nacionalización parcial y temporaria, pero nacionalización al fin. Por tal motivo, Krugman sospecha que la resistencia de Henry Paulson, el Secretario del Tesoro norteamericano, ante una propuesta razonable y aceptada por el “establishment” internacional se haya debido fundamentalmente a razones ideológicas, ya que para la filosofía del actual gobierno de los Estados Unidos el convertirse en propietario parcial del sector financiero, aunque sea temporariamente, resulta muy difícil de digerir.

El próximo presidente de los Estados Unidos va a enfrentar una situación delicada, una economía local en crisis, una crisis económica internacional con efectos recesivos, dos guerras difíciles de ganar, en Irak y Afganistán, y un cuestionamiento global al rol de potencia hegemónica que desempeño su país hasta ahora. Necesariamente, el próximo presidente de los Estados Unidos deberá aceptar y en buena medida dar inicio a una nueva era en la economía y la política internacionales.

Andres Fontana

domingo, 12 de octubre de 2008

Revalorización del Estado

Algunas preguntas de estos días han sido equivocadas. Plantear, por ejemplo, si la crisis financiera de los Estados Unidos va a afectar más a Brasil, Méjico, la Argentina, Chile o Venezuela supone un impacto mecánico e ignora la importancia de las políticas que sigan los gobiernos y el valor o calidad de las instituciones de cada país. En realidad, poco se puede saber a esta altura acerca de qué va a ocurrir, cuáles serán los impactos y cuáles sus alcances. Hay cosas importantes que pueden anticiparse con cierta certeza –pero sin precisión– tales como la desaceleración económica y la baja del precio de las commodities.

En el campo político y de la política internacional, los cambios son importantes y ya están a la vista. Estados Unidos ha vivido un período, relativamente extenso, caracterizado por una filosofía de poco Estado, bajos impuestos, mucho libre comercio y sustanciales transgresiones del orden internacional –créase o no, el sistema internacional tiene un conjunto de reglas, aunque su aplicación no se asiente en la forma de penalización que rige en los órdenes jurídicos nacionales.

Sin duda, lo más rescatable de esa filosofía es el respaldo a la democracia, los derechos humanos y las libertades civiles, con un sentido universal. La política exterior de los Estados Unidos ha defendido y traicionado estos principios, según el caso y ha debilitado la credibilidad del respaldo internacional a la democracia al transformar ese respaldo misma en excusa para la intervención y la ocupación militar.

Aun así, el respaldo a la democracia, los derechos humanos y las libertades civiles, junto con la tolerancia y el respeto, como puntos de referencia ineludibles de la política internacional, son quizás lo aspectos más valiosos de un ciclo que, evidentemente, llega a su fin. Como plantea Francis Fukuyama en un artículo de esta semana –no del todo consistente con algunas de sus posturas anteriores– entramos en una era de recuperación del valor del Estado, de sus roles, de sus funciones, de la importancia de los impuestos –y no sólo de su reducción–¬ de la función reguladora del Estado, y del equilibrio fiscal basado, esencialmente, en su capacidad impositiva.

Andres Fontana

viernes, 13 de junio de 2008

Cambio

Durante las semanas previas a la victoria de Barack Obama, el principal comentario de los analistas norteamericanos fue “Obama significa cambio, y eso es lo que hoy quiere el votante medio.” Si ese fue el factor decisivo, Hillary –que comenzó la campaña como favorita- cometió un error al recurrir a “la experiencia” como su principal ventaja. En realidad, ella también significaba cambio: mujer, demócrata, con ideas progresistas. Pero parte del electorado de su partido la identificó con el regreso a la Casa Blanca no sólo de Bill Clinton sino también de un círculo de asesores y ex funcionarios a quienes la opinión pública identifica con “los negocios de Washingrton” y a los que habitualmente se refiere como “los abogados de Bill.” Eso significa, para una porción importante de votantes y dirigentes demócratas, que Washington continuaría siendo un ámbito de negocios y decisiones desligadas de la realidad y los intereses del país y del ciudadano común. Ahí, con la presencia tan visible de Bill en la campaña, Hillary, una mujer sin duda inteligente y con una personalidad avasallante, cometió otro error y no pudo despertar la ilusión ni alimentar los sueños de los votantes. Ahora comienza el mayor desafío para Obama: no sólo enfrentar a un candidato con vasta experiencia y muy buena llegada a los medios, sino mostrar que está preparado para transformar los sueños en realidad. Estados Unidos sufre serios problemas internos y, en el campo internacional, ha perdido aliados, ha cosechado enemigos y ha transformado una realidad de por sí compleja y conflictiva en un conjunto de volcanes en erupción. En ese contexto, la decisión de Obama con respecto a su compañero de fórmula es decisiva. Todo parece indicar que Hillary deja de ser una opción, entre otros motivos, porque la presencia de Bill terminó siendo un factor negativo en la campaña de su mujer y, como dijo recientemente el asesor de Obama para asuntos Latinoamericanos “nadie quiere ver a tres presidentes en la Casa Blanca.” Por su parte, McCain puede cometer el mismo error que Hillary y sobre-enfatizar la experiencia, si bien hay que reconocer que hasta ahora ha hecho un gran trabajo de diferenciación respecto de Bush y su entorno político.


Andres Fontana.

viernes, 2 de mayo de 2008

El mundo y nuestros intereses

¿Por qué preocuparnos por lo que pasa en el mundo? Esta pregunta no es retórica ni responde a un rasgo peculiar de nuestra sociedad. En prácticamente todos los casos que cabe considerar, por el nivel de educación de la población, los valores predominantes y otros parámetros de identidad o afinidad con nosotros, la opinión pública de los países no refleja un alto interés por lo que ocurre en el mundo. Tal es el caso de los miembros de la Unión Europea, los Estados Unidos, Australia, Canadá y tantos otros.

La falta de interés en lo que ocurre en el mundo responde sobre todo a la falta de nitidez de los vínculos entre lo nacional y lo internacional. La mayor parte de las acciones de la política exterior –por no decir, en general, las acciones de la política exterior de cualquier país– por ejemplo, la participación en foros, organismos o encuentros de distinto tipo, la firma de acuerdos, las expresiones de respaldo a las declaraciones y acciones de organismos internacionales, carecen de significado específico e identificable con relación a los intereses del país en cuestión, al menos para la opinión pública y, muchas veces, también para sus dirigentes.

La participación en misiones humanitarias ha sido un ejemplo frecuente a lo largo de las crisis posteriores a la caída del Muro de Berlín. Si las tragedias que reclaman una acción internacional siguen adelante sin hallar respuesta, la opinión pública comienza a reclamar que los organismos o países que corresponda se hagan cargo de la situación.

Pero, luego de un tiempo, y sobre todo si se producen incidentes –y, en particular, si se producen bajas del propio país— la opinión pública comienza a preguntarse y reclama a sus gobernantes ¿qué tenemos que hacer ahí? ¿por qué no nos ocupamos primero de nuestros problemas?

En síntesis, resulta prácticamente imposible identificar un vínculo específico, concreto, entre las acciones de la política exterior y la satisfacción de los intereses de un país. Sin embargo, es a través de los vínculos internacionales que los Estados y las sociedades logran gran parte de su desarrollo, establecen su entidad y, con el tiempo, avanzan hacia valores más universales, acordes con la naturaleza y la dignidad humana.

Es en el campo internacional, a través de múltiples interacciones, que las sociedades desarrollan su identidad y avanzan hacia comunidades más amplias e inclusivas. Como dice un conocido autor, las comunidades primero se imaginan, luego se reconocen y finalmente se constituyen.

Andres Fontana.

viernes, 18 de abril de 2008

La relación con los EEUU

La reciente visita del subsecretario de Estado para Asuntos del Hemisferio Occidental, Tom Shannon, que incluyó reuniones con el jefe de gabinete Alberto Fernández y el canciller Jorge Taiana y culminó con una audiencia con la presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, reencauzó en sus parámetros normales la relación con los Estados Unidos. Es lo que se esperaba y resulta auspicioso. La escalada de tensiones que se produjo en la relación bilateral a lo largo de los últimos meses del año pasado y principios del presente carece de sentido y no satisface los intereses de ninguno de los dos países.

Algunos detalles respaldan esta apreciación. La visita fue precedida por gestos de cortesía, que incluyeron que el embajador Héctor Timerman fuera recibido por el presidente George W. Bush, luego de una cierta espera para la presentación de sus cartas credenciales y que el presidente Bush le entregara una carta en la que expresa su apoyo a la política de derechos humanos adoptada por la Argentina durante los últimos años. Más aun, el presidente norteamericano aceptó un presente del embajador, lo cual, en principio, constituye una excepción a las reglas de protocolo de la Casa Blanca.

Luego de las reuniones en Buenos Aires, hubo anuncios tales como el restablecimiento de reuniones semestrales entre funcionarios de los departamentos de Estado y de Defensa con sus pares argentinos. En lenguaje diplomático, tales reuniones tienen un significado positivo que trasciende los contenidos y el carácter esencialmente técnico de las mismas. Y Shannon volvió a destacar la importancia del vínculo con la Argentina, al que calificó como "excelente".

Sin embargo, según se deriva de comentarios del propio Shanon y de los análisis de la visita publicados en diversos medios, el interés principal de los Estados Unidos no reside centralmente en el vínculo bilateral con la Argentina sino en el rol que nuestro país puede jugar en la relación de los Estados Unidos con Venezuela. Shannon destacó varias veces la preocupación de su país por la estabilidad política en la región y puso énfasis en el papel de la Argentina en ese escenario
En realidad, el interés de los Estados Unidos no se centra, específicamente, en la relación con Venezuela sino en el rol que el presidente Hugo Chávez desempeña en la política internacional y regional, el cual trasciende la política exterior de su país.

Todo esto refleja una vez más, como el viaje del propio presidente Bush a la región hace poco más de un año, que los Estados Unidos carecen de una política integral hacia la región. Los esfuerzos por poner en marcha un proceso de integración que realizaran la Casa Blanca y el Departamento de Estado durante los primeros años de la post Guerra Fría, si bien centrados en los acuerdos de libre comercio, dieron algunos frutos pero declinaron hacia el final de la década y fueron interrumpidos, si bien no explícitamente, al iniciarse la política exterior centrada en la lucha contra el terrorismo global.

Queda abierta la pregunta acerca de los cambios que introducirá la próxima Administración a partir del año próximo. Pero no hay motivos para tener altas expectativas.

Andres Fontana

miércoles, 9 de abril de 2008

Tropiezo de Hillary

Mientras la política colombiana volvía a agitarse por los esfuerzos internacionales para lograr la liberación de Ingrid Betancourt, una inesperada noticia involucró a la Senadora Hillary Rodham Clinton, precandidata presidencial por el Partido Demócrata de los Estados Unidos. Ocurrió la semana pasada. Mark Penn, principal responsable de la campaña de Hillary, debió renunciar a su cargo al cobrar estado público que asesoraba al gobierno de Alvaro Uribe para lograr que, finalmente, se firmara el acuerdo de libre comercio con los Estados Unidos. Esto implica un serio problema ético, dado que la Senadora Clinton se ha opuesto a la firma de ese tratado, como es tradicional en su partido. La Administración Bush avanzó sustancialmente en las negociaciones hacia fines de 2006, enfrentando la oposición de líderes sindicales –siempre cercanos al Partido Demócrata— y de miembros de organizaciones defensoras de los derechos humanos que acusan al Gobierno y al Congreso colombianos de diversos tipos de abusos. A fin de superar tales obstáculos, el Gobierno colombiano contrató diversas consultoras americanas, pagando entre quince y cuarenta mil dólares de honorarios mensuales. Casi todas las firmas están integradas por ex miembros del gobierno de Bill Clinton, no por obra de la casualidad ni por mera incongruencia ideológica de los ex funcionarios, sino porque, siendo el Partido Demócrata el principal opositor a los tratados de libre comercio, el eventual voto a favor de sus legisladores tiene un valor crucial y nadie está mejor ubicado para inducir tales decisiones en el bloque demócrata que operadores del mismo partido. El gobierno colombiano contrató a la firma Burson-Marsteller, de la que Penn es miembro, con honorarios de U$S 300,000 a lo largo de un año. Burson-Marsteller ha causado complicaciones en la campaña de Hillary Clinton anteriormente, dado que también representa a Countrywide Financial Corporation, la principal empresa de préstamos hipotecarios de los Estados Unidos, actividad la senadora Clinton ha criticado en forma encendida y, además, provee servicios a Blackwater Worldwide, la empresa privada de seguridad que actualmente es investigada por el gobierno norteamericano por la muerte de civiles en Irak. Las internas del Partido Demócrata, con otro hito el próximo 22 de abril siguen planteando hechos políticos inesperados y dilemas éticos de las más variadas tonalidades.


Andres Fontana

jueves, 27 de marzo de 2008

Ya no se trata de los Estados Unidos

Lo que está en juego en la escena internacional en este momento es un conjunto de valores que, por supuesto, acompañan intereses, chocan con ellos, contribuyen a que algunos accedan al poder y otros lo pierdan.

La interminable –y apasionante– interna política del Partido Demócrata refleja esto en forma notable. Un muy extenso artículo del NewYork Times de la semana pasada narra los dilemas en que se debaten hoy los llamados “superdelegados” que, finalmente, deberán definir quién será el candidato del partido si, para la convención a realizarse en Colorado en el mes de Agosto, ni Hillary Rodham Clinton ni Barack Obama logran reunir los 2.025 delegados necesarios para imponerse por la voluntad de sus respectivos votantes.

Una porción importante de los superdelegados, que no se han pronunciado aún por uno u otra candidato/candidata, enfrentan un dilema moral y de cálculo electoral, según revelan las entrevistas.

¿Deben votar a quien creen que será el mejor competidor frente al probable candidato republicano, el Senador John McCain de Arizona, o deben votar a quien ha reunido más votos y ganado más estados en esta larga contienda interna? Es decir ¿deben respetar la voluntad de los votantes del partido o pensar en primer lugar en la victoria del partido?

Más aun, si dan por sentado una victoria demócrata ¿deben pensar en quién será mejor presidente y estará mejor capacitado/da para enfrentar el enorme desafío que hoy plantean la economía y la política exterior de los Estados Unidos?

Por el momento, de los 796 superdelegados 254 respaldan a Hillary y 213 a Obama. El resto está indeciso. Lo mismo ocurre en proporción semejante con la opinión pública. Pero más interesante que los números son las razones. En la cabeza de los votantes compiten las especulaciones acerca de quién será mejor rival en las elecciones nacionales con consideraciones acerca de quién será mejor presidente, con lealtades –o prejuicios– respecto de una candidata mujer y simpatías –o prejuicios– respecto de un candidato negro.
¿Y Ud. qué piensa? Esta pregunta da vuelta al mundo porque en esta elección todos somos cada vez más conscientes de que su resultado nos afecta a todos. Quizá ese sea un mérito del presidente Bush, que ha logrado unificar a la opinión pública internacional en una expectativa de alivio para cuando todo esto concluya y él retorne a su rancho de Texas –expectativa infundada seguramente, dado que el rango de problemas que hoy enfrentan el sistema y la economía internacionales va mucho más allá de las características y capacidades personales de un gobernante.
Los valores han invadido la escena del otrora triunfante Nicholas Zarkozy, la pre-escena de las olimpíadas en China, la situación del otrora moralizante fiscal de Wall Street y recientemente renunciante gobernador del Estado de Nueva York, Eliot Spitzer, la suerte de las FARC, de las que cada semana se conoce una mayor cantidad de combatientes que desertan por razones de desmoralización y repudio de los métodos empleados por la organización. Por supuesto, en las relaciones internacionales y la política los intereses pesan más que los valores. Pero parece que no tanto.

Andres Fontana

John McCain

Hace pocos días, el senador por el Estado de Arizona y precandidato presidencial por el Partido Republicano John McCain afirmó que el gobierno de los Estados Unidos no debe intervenir para resolver la crisis económica que afecta al país y tiende a producir impactos en el plano internacional, si tal intervención implica “premiar a los que actúan irresponsablemente, ya sean grandes bancos o pequeños ahorristas.”

De este modo, el precandidato republicano logró diferenciarse tajantemente de la precandidata demócrata Hillary Clinton, quien abogó por amplias medidas y un fondo de 30.000 millones de dólares para el salvataje de las entidades y particulares al borde de la quiebra, y del rival de la precandidata, el Senador por Illinois Barack Obama, quien también ha reclamado una mayor intervención del gobierno y la creación de un fondo de 10.000 millones de dólares para asistir a deudores y entidades pequeñas y medianas que enfrentan situaciones límite.

John McCain logró de este modo atraer la atención pública que, hasta ahora, se había centrado principalmente en la prolongada disputa entre los precandidatos demócratas. Si bien los líderes tradicionales del partido demócrata dudan del efecto positivo que pueda tener la exposición pública de sus candidatos a lo largo de tantos meses, lo cierto es que Hillary Clinton y Barack Obama han concentrado la atención de los medios y los comentarios de los analistas de todo el mundo, y puesto en un segundo plano a quien ha sido el favorito en las encuestas del Partido Republicano desde muy temprano y logró vencer al resto de los precandidatos a pesar de la resistencia que sus posturas heterodoxas generó en los sectores conservadores que dominan el partido.

Esta situación, sumada a la mala imagen de la Administración Bush, los impactos de la guerra de Irak en el estado de ánimo de los medios y la opinión pública norteamericana, a lo que ahora se agrega la debacle económica, han instalado la presunción de que el próximo presidente de los Estados Unidos será demócrata.

Sin embargo, la mezcla de habilidad política, simpatía personal y determinación para hacer públicos sus principios y tomas de posición, aun cuando escandalicen a los sectores más conservadores de su partido y de la sociedad norteamericana, parecen ser armas decisivas con que McCain ha logrado no sólo imponerse en las internas de su partido sino trabar una excelente —inusualmente amigable— relación con la prensa y revertir la inercia arrolladora de la disputa Clinton-Obama y los debates en torno de la opción por una mujer o un hombre de color que tanta atención han logrado hasta ahora en la larga disputa por la presidencia de los Estados Unidos.

Andres Fontana

jueves, 28 de febrero de 2008

¿Va a cambiar la política exterior de los EEUU?

Creemos que poco. La expectativa de cambios en la política exterior de los Estados Unidos se basa en dos supuestos: el fracaso de la actual y la diferencia entre Bush y cualquiera de los precandidatos de las eternas “primarias” estadounidenses. Ambas premisas son ciertas, pero conducen a conclusiones erróneas, porque la política exterior de los Estados Unidos resulta de la combinación de un extremo pragmatismo y un legado de valores y convicciones tan importantes como lo anterior.

Los ciudadanos y gobernantes norteamericanos comparten la convicción de que su país tiene una responsabilidad global indelegable. Esto ha tomado formas distintas a lo largo de la historia, y la actual no es la más simpática ni la más heroica. Pero es tan importante como otras y es parte de una historia consistente. En ella, los Estados Unidos salen periódicamente de su ancestral aislacionismo y abrazan su sentido de “misión”—fortalecido y abrevado en la mente y el espíritu norteamericanos durante el período aislacionista, que en este caso fue el breve lapso entre la post guerra fría y el ataque a las torres en 2001.

Además, si bien en la cultura y la política interna de los Estados Unidos priman las instituciones y el aprecio por la legalidad, en su política exterior priman descarnadamente los intereses y una fuerte vivencia de misión que, en forma combinada, operan como justificativos (uno pragmático, el otro moral) de un alto nivel de discrecionalidad que tiende a vulnerar las normas e instituciones internacionales.

El pueblo norteamericano vive esta aparente contradicción con naturalidad, porque ve la política exterior de su país a la luz del fuerte sentido de misión que mencionamos. Se ve a sí mismo como portador y custodio de valores universales, lo cual incrementa la tendencia al unilateralismo que caracteriza la política exterior de los Estados Unidos—particularmente, durante los períodos más extrovertidos de su política exterior.

A esto se suma un elemento fundamental: la política exterior no la dictan sólo los presidentes, las cancillerías, los congresos y la opinión pública sino, también resulta en gran parte del lugar que cada país ocupa en la estructura del sistema internacional. Estados Unidos, desde hace casi 20 años, ocupa el lugar más importante en ese sistema, casi sin verdaderos contrapesos. Esto no va a cambiar súbitamente y, por ende, si bien es probable que el próximo gobierno de los Estados Unidos sea muy diferente del actual, su política exterior va a variar sólo marginalmente.

Andres Fontana