Lo que está en juego en la escena internacional en este momento es un conjunto de valores que, por supuesto, acompañan intereses, chocan con ellos, contribuyen a que algunos accedan al poder y otros lo pierdan.
La interminable –y apasionante– interna política del Partido Demócrata refleja esto en forma notable. Un muy extenso artículo del NewYork Times de la semana pasada narra los dilemas en que se debaten hoy los llamados “superdelegados” que, finalmente, deberán definir quién será el candidato del partido si, para la convención a realizarse en Colorado en el mes de Agosto, ni Hillary Rodham Clinton ni Barack Obama logran reunir los 2.025 delegados necesarios para imponerse por la voluntad de sus respectivos votantes.
Una porción importante de los superdelegados, que no se han pronunciado aún por uno u otra candidato/candidata, enfrentan un dilema moral y de cálculo electoral, según revelan las entrevistas.
¿Deben votar a quien creen que será el mejor competidor frente al probable candidato republicano, el Senador John McCain de Arizona, o deben votar a quien ha reunido más votos y ganado más estados en esta larga contienda interna? Es decir ¿deben respetar la voluntad de los votantes del partido o pensar en primer lugar en la victoria del partido?
Más aun, si dan por sentado una victoria demócrata ¿deben pensar en quién será mejor presidente y estará mejor capacitado/da para enfrentar el enorme desafío que hoy plantean la economía y la política exterior de los Estados Unidos?
Por el momento, de los 796 superdelegados 254 respaldan a Hillary y 213 a Obama. El resto está indeciso. Lo mismo ocurre en proporción semejante con la opinión pública. Pero más interesante que los números son las razones. En la cabeza de los votantes compiten las especulaciones acerca de quién será mejor rival en las elecciones nacionales con consideraciones acerca de quién será mejor presidente, con lealtades –o prejuicios– respecto de una candidata mujer y simpatías –o prejuicios– respecto de un candidato negro.
¿Y Ud. qué piensa? Esta pregunta da vuelta al mundo porque en esta elección todos somos cada vez más conscientes de que su resultado nos afecta a todos. Quizá ese sea un mérito del presidente Bush, que ha logrado unificar a la opinión pública internacional en una expectativa de alivio para cuando todo esto concluya y él retorne a su rancho de Texas –expectativa infundada seguramente, dado que el rango de problemas que hoy enfrentan el sistema y la economía internacionales va mucho más allá de las características y capacidades personales de un gobernante.
Los valores han invadido la escena del otrora triunfante Nicholas Zarkozy, la pre-escena de las olimpíadas en China, la situación del otrora moralizante fiscal de Wall Street y recientemente renunciante gobernador del Estado de Nueva York, Eliot Spitzer, la suerte de las FARC, de las que cada semana se conoce una mayor cantidad de combatientes que desertan por razones de desmoralización y repudio de los métodos empleados por la organización. Por supuesto, en las relaciones internacionales y la política los intereses pesan más que los valores. Pero parece que no tanto.
Andres Fontana
La interminable –y apasionante– interna política del Partido Demócrata refleja esto en forma notable. Un muy extenso artículo del NewYork Times de la semana pasada narra los dilemas en que se debaten hoy los llamados “superdelegados” que, finalmente, deberán definir quién será el candidato del partido si, para la convención a realizarse en Colorado en el mes de Agosto, ni Hillary Rodham Clinton ni Barack Obama logran reunir los 2.025 delegados necesarios para imponerse por la voluntad de sus respectivos votantes.
Una porción importante de los superdelegados, que no se han pronunciado aún por uno u otra candidato/candidata, enfrentan un dilema moral y de cálculo electoral, según revelan las entrevistas.
¿Deben votar a quien creen que será el mejor competidor frente al probable candidato republicano, el Senador John McCain de Arizona, o deben votar a quien ha reunido más votos y ganado más estados en esta larga contienda interna? Es decir ¿deben respetar la voluntad de los votantes del partido o pensar en primer lugar en la victoria del partido?
Más aun, si dan por sentado una victoria demócrata ¿deben pensar en quién será mejor presidente y estará mejor capacitado/da para enfrentar el enorme desafío que hoy plantean la economía y la política exterior de los Estados Unidos?
Por el momento, de los 796 superdelegados 254 respaldan a Hillary y 213 a Obama. El resto está indeciso. Lo mismo ocurre en proporción semejante con la opinión pública. Pero más interesante que los números son las razones. En la cabeza de los votantes compiten las especulaciones acerca de quién será mejor rival en las elecciones nacionales con consideraciones acerca de quién será mejor presidente, con lealtades –o prejuicios– respecto de una candidata mujer y simpatías –o prejuicios– respecto de un candidato negro.
¿Y Ud. qué piensa? Esta pregunta da vuelta al mundo porque en esta elección todos somos cada vez más conscientes de que su resultado nos afecta a todos. Quizá ese sea un mérito del presidente Bush, que ha logrado unificar a la opinión pública internacional en una expectativa de alivio para cuando todo esto concluya y él retorne a su rancho de Texas –expectativa infundada seguramente, dado que el rango de problemas que hoy enfrentan el sistema y la economía internacionales va mucho más allá de las características y capacidades personales de un gobernante.
Los valores han invadido la escena del otrora triunfante Nicholas Zarkozy, la pre-escena de las olimpíadas en China, la situación del otrora moralizante fiscal de Wall Street y recientemente renunciante gobernador del Estado de Nueva York, Eliot Spitzer, la suerte de las FARC, de las que cada semana se conoce una mayor cantidad de combatientes que desertan por razones de desmoralización y repudio de los métodos empleados por la organización. Por supuesto, en las relaciones internacionales y la política los intereses pesan más que los valores. Pero parece que no tanto.
Andres Fontana