jueves, 27 de marzo de 2008

Ya no se trata de los Estados Unidos

Lo que está en juego en la escena internacional en este momento es un conjunto de valores que, por supuesto, acompañan intereses, chocan con ellos, contribuyen a que algunos accedan al poder y otros lo pierdan.

La interminable –y apasionante– interna política del Partido Demócrata refleja esto en forma notable. Un muy extenso artículo del NewYork Times de la semana pasada narra los dilemas en que se debaten hoy los llamados “superdelegados” que, finalmente, deberán definir quién será el candidato del partido si, para la convención a realizarse en Colorado en el mes de Agosto, ni Hillary Rodham Clinton ni Barack Obama logran reunir los 2.025 delegados necesarios para imponerse por la voluntad de sus respectivos votantes.

Una porción importante de los superdelegados, que no se han pronunciado aún por uno u otra candidato/candidata, enfrentan un dilema moral y de cálculo electoral, según revelan las entrevistas.

¿Deben votar a quien creen que será el mejor competidor frente al probable candidato republicano, el Senador John McCain de Arizona, o deben votar a quien ha reunido más votos y ganado más estados en esta larga contienda interna? Es decir ¿deben respetar la voluntad de los votantes del partido o pensar en primer lugar en la victoria del partido?

Más aun, si dan por sentado una victoria demócrata ¿deben pensar en quién será mejor presidente y estará mejor capacitado/da para enfrentar el enorme desafío que hoy plantean la economía y la política exterior de los Estados Unidos?

Por el momento, de los 796 superdelegados 254 respaldan a Hillary y 213 a Obama. El resto está indeciso. Lo mismo ocurre en proporción semejante con la opinión pública. Pero más interesante que los números son las razones. En la cabeza de los votantes compiten las especulaciones acerca de quién será mejor rival en las elecciones nacionales con consideraciones acerca de quién será mejor presidente, con lealtades –o prejuicios– respecto de una candidata mujer y simpatías –o prejuicios– respecto de un candidato negro.
¿Y Ud. qué piensa? Esta pregunta da vuelta al mundo porque en esta elección todos somos cada vez más conscientes de que su resultado nos afecta a todos. Quizá ese sea un mérito del presidente Bush, que ha logrado unificar a la opinión pública internacional en una expectativa de alivio para cuando todo esto concluya y él retorne a su rancho de Texas –expectativa infundada seguramente, dado que el rango de problemas que hoy enfrentan el sistema y la economía internacionales va mucho más allá de las características y capacidades personales de un gobernante.
Los valores han invadido la escena del otrora triunfante Nicholas Zarkozy, la pre-escena de las olimpíadas en China, la situación del otrora moralizante fiscal de Wall Street y recientemente renunciante gobernador del Estado de Nueva York, Eliot Spitzer, la suerte de las FARC, de las que cada semana se conoce una mayor cantidad de combatientes que desertan por razones de desmoralización y repudio de los métodos empleados por la organización. Por supuesto, en las relaciones internacionales y la política los intereses pesan más que los valores. Pero parece que no tanto.

Andres Fontana

John McCain

Hace pocos días, el senador por el Estado de Arizona y precandidato presidencial por el Partido Republicano John McCain afirmó que el gobierno de los Estados Unidos no debe intervenir para resolver la crisis económica que afecta al país y tiende a producir impactos en el plano internacional, si tal intervención implica “premiar a los que actúan irresponsablemente, ya sean grandes bancos o pequeños ahorristas.”

De este modo, el precandidato republicano logró diferenciarse tajantemente de la precandidata demócrata Hillary Clinton, quien abogó por amplias medidas y un fondo de 30.000 millones de dólares para el salvataje de las entidades y particulares al borde de la quiebra, y del rival de la precandidata, el Senador por Illinois Barack Obama, quien también ha reclamado una mayor intervención del gobierno y la creación de un fondo de 10.000 millones de dólares para asistir a deudores y entidades pequeñas y medianas que enfrentan situaciones límite.

John McCain logró de este modo atraer la atención pública que, hasta ahora, se había centrado principalmente en la prolongada disputa entre los precandidatos demócratas. Si bien los líderes tradicionales del partido demócrata dudan del efecto positivo que pueda tener la exposición pública de sus candidatos a lo largo de tantos meses, lo cierto es que Hillary Clinton y Barack Obama han concentrado la atención de los medios y los comentarios de los analistas de todo el mundo, y puesto en un segundo plano a quien ha sido el favorito en las encuestas del Partido Republicano desde muy temprano y logró vencer al resto de los precandidatos a pesar de la resistencia que sus posturas heterodoxas generó en los sectores conservadores que dominan el partido.

Esta situación, sumada a la mala imagen de la Administración Bush, los impactos de la guerra de Irak en el estado de ánimo de los medios y la opinión pública norteamericana, a lo que ahora se agrega la debacle económica, han instalado la presunción de que el próximo presidente de los Estados Unidos será demócrata.

Sin embargo, la mezcla de habilidad política, simpatía personal y determinación para hacer públicos sus principios y tomas de posición, aun cuando escandalicen a los sectores más conservadores de su partido y de la sociedad norteamericana, parecen ser armas decisivas con que McCain ha logrado no sólo imponerse en las internas de su partido sino trabar una excelente —inusualmente amigable— relación con la prensa y revertir la inercia arrolladora de la disputa Clinton-Obama y los debates en torno de la opción por una mujer o un hombre de color que tanta atención han logrado hasta ahora en la larga disputa por la presidencia de los Estados Unidos.

Andres Fontana