Hace pocos días, el senador por el Estado de Arizona y precandidato presidencial por el Partido Republicano John McCain afirmó que el gobierno de los Estados Unidos no debe intervenir para resolver la crisis económica que afecta al país y tiende a producir impactos en el plano internacional, si tal intervención implica “premiar a los que actúan irresponsablemente, ya sean grandes bancos o pequeños ahorristas.”
De este modo, el precandidato republicano logró diferenciarse tajantemente de la precandidata demócrata Hillary Clinton, quien abogó por amplias medidas y un fondo de 30.000 millones de dólares para el salvataje de las entidades y particulares al borde de la quiebra, y del rival de la precandidata, el Senador por Illinois Barack Obama, quien también ha reclamado una mayor intervención del gobierno y la creación de un fondo de 10.000 millones de dólares para asistir a deudores y entidades pequeñas y medianas que enfrentan situaciones límite.
John McCain logró de este modo atraer la atención pública que, hasta ahora, se había centrado principalmente en la prolongada disputa entre los precandidatos demócratas. Si bien los líderes tradicionales del partido demócrata dudan del efecto positivo que pueda tener la exposición pública de sus candidatos a lo largo de tantos meses, lo cierto es que Hillary Clinton y Barack Obama han concentrado la atención de los medios y los comentarios de los analistas de todo el mundo, y puesto en un segundo plano a quien ha sido el favorito en las encuestas del Partido Republicano desde muy temprano y logró vencer al resto de los precandidatos a pesar de la resistencia que sus posturas heterodoxas generó en los sectores conservadores que dominan el partido.
Esta situación, sumada a la mala imagen de la Administración Bush, los impactos de la guerra de Irak en el estado de ánimo de los medios y la opinión pública norteamericana, a lo que ahora se agrega la debacle económica, han instalado la presunción de que el próximo presidente de los Estados Unidos será demócrata.
Sin embargo, la mezcla de habilidad política, simpatía personal y determinación para hacer públicos sus principios y tomas de posición, aun cuando escandalicen a los sectores más conservadores de su partido y de la sociedad norteamericana, parecen ser armas decisivas con que McCain ha logrado no sólo imponerse en las internas de su partido sino trabar una excelente —inusualmente amigable— relación con la prensa y revertir la inercia arrolladora de la disputa Clinton-Obama y los debates en torno de la opción por una mujer o un hombre de color que tanta atención han logrado hasta ahora en la larga disputa por la presidencia de los Estados Unidos.
Andres Fontana
De este modo, el precandidato republicano logró diferenciarse tajantemente de la precandidata demócrata Hillary Clinton, quien abogó por amplias medidas y un fondo de 30.000 millones de dólares para el salvataje de las entidades y particulares al borde de la quiebra, y del rival de la precandidata, el Senador por Illinois Barack Obama, quien también ha reclamado una mayor intervención del gobierno y la creación de un fondo de 10.000 millones de dólares para asistir a deudores y entidades pequeñas y medianas que enfrentan situaciones límite.
John McCain logró de este modo atraer la atención pública que, hasta ahora, se había centrado principalmente en la prolongada disputa entre los precandidatos demócratas. Si bien los líderes tradicionales del partido demócrata dudan del efecto positivo que pueda tener la exposición pública de sus candidatos a lo largo de tantos meses, lo cierto es que Hillary Clinton y Barack Obama han concentrado la atención de los medios y los comentarios de los analistas de todo el mundo, y puesto en un segundo plano a quien ha sido el favorito en las encuestas del Partido Republicano desde muy temprano y logró vencer al resto de los precandidatos a pesar de la resistencia que sus posturas heterodoxas generó en los sectores conservadores que dominan el partido.
Esta situación, sumada a la mala imagen de la Administración Bush, los impactos de la guerra de Irak en el estado de ánimo de los medios y la opinión pública norteamericana, a lo que ahora se agrega la debacle económica, han instalado la presunción de que el próximo presidente de los Estados Unidos será demócrata.
Sin embargo, la mezcla de habilidad política, simpatía personal y determinación para hacer públicos sus principios y tomas de posición, aun cuando escandalicen a los sectores más conservadores de su partido y de la sociedad norteamericana, parecen ser armas decisivas con que McCain ha logrado no sólo imponerse en las internas de su partido sino trabar una excelente —inusualmente amigable— relación con la prensa y revertir la inercia arrolladora de la disputa Clinton-Obama y los debates en torno de la opción por una mujer o un hombre de color que tanta atención han logrado hasta ahora en la larga disputa por la presidencia de los Estados Unidos.
Andres Fontana