Probablemente, pero no “extremadamente”
Muchos analistas han visto a la actual crisis financiera global como síntoma de grietas profundas en el sistema internacional. Hablar de “sistema” implica que hay partes articuladas de tal forma que el comportamiento de cada una afecta a las otras y, en el caso del sistema “internacional,” implica además que el poder de cada Estado depende tanto de sus capacidades como del lugar que ocupa en el sistema, según nos enseñara Ken Waltz.
Moisés Naím acaba de publicar un artículo en el que sostiene que hay “un enorme sistema financiero mundial que descansa sobre débiles pilares locales.” Estos últimos son los Estados, que no cuentan con la flexibilidad ni la rapidez para la toma de decisiones que caracteriza al sistema financiero globalizado pero, sin embargo, han reaccionado, luego de varios ensayos de prueba y error. Lo han hecho, en parte, con respuestas nacionales y, en parte, con esfuerzos de coordinación que apuntan a conformar decisiones globales vía G-7, Grupo de los 20, Eurogrupo + G-7 + Grupo de los 20, y a crear nuevas instituciones o reformar sustancialmente las actuales, tales como el FMI y el Banco Mundial –en particular, el rol de los Estados Unidos dentro de cada una de ellas.
La pregunta que sigue es, no sólo cuán eficaces van a ser esas respuestas sino también cuánto van a alterar la actual estructura del sistema internacional: cuánto van a avanzar los competidores de los Estados Unidos sobre el predominio que la primera potencia global ha ejercido a lo largo de décadas; y cuánto espacio se va a abrir para las potencias emergentes con aspiraciones globales, como Brasil y la India , y las viejas potencias con renovadas aspiraciones y nuevas capacidades, como China y Rusia.
Paul Krugman ha señalado que llama la atención que las medidas con mayor claridad acerca de la naturaleza del problema surgieran de Londres, uno de los grandes centros financieros pero capital de una economía mucho más pequeña que la norteamericana o la Europea.
La solución propuesta por el Primer Ministro Británico, Gordon Brown, implica una suerte de nacionalización parcial y temporaria, pero nacionalización al fin. Por tal motivo, Krugman sospecha que la resistencia de Henry Paulson, el Secretario del Tesoro norteamericano, ante una propuesta razonable y aceptada por el “establishment” internacional se haya debido fundamentalmente a razones ideológicas, ya que para la filosofía del actual gobierno de los Estados Unidos el convertirse en propietario parcial del sector financiero, aunque sea temporariamente, resulta muy difícil de digerir.
Muchos analistas han visto a la actual crisis financiera global como síntoma de grietas profundas en el sistema internacional. Hablar de “sistema” implica que hay partes articuladas de tal forma que el comportamiento de cada una afecta a las otras y, en el caso del sistema “internacional,” implica además que el poder de cada Estado depende tanto de sus capacidades como del lugar que ocupa en el sistema, según nos enseñara Ken Waltz.
Moisés Naím acaba de publicar un artículo en el que sostiene que hay “un enorme sistema financiero mundial que descansa sobre débiles pilares locales.” Estos últimos son los Estados, que no cuentan con la flexibilidad ni la rapidez para la toma de decisiones que caracteriza al sistema financiero globalizado pero, sin embargo, han reaccionado, luego de varios ensayos de prueba y error. Lo han hecho, en parte, con respuestas nacionales y, en parte, con esfuerzos de coordinación que apuntan a conformar decisiones globales vía G-7, Grupo de los 20, Eurogrupo + G-7 + Grupo de los 20, y a crear nuevas instituciones o reformar sustancialmente las actuales, tales como el FMI y el Banco Mundial –en particular, el rol de los Estados Unidos dentro de cada una de ellas.
La pregunta que sigue es, no sólo cuán eficaces van a ser esas respuestas sino también cuánto van a alterar la actual estructura del sistema internacional: cuánto van a avanzar los competidores de los Estados Unidos sobre el predominio que la primera potencia global ha ejercido a lo largo de décadas; y cuánto espacio se va a abrir para las potencias emergentes con aspiraciones globales, como Brasil y la India , y las viejas potencias con renovadas aspiraciones y nuevas capacidades, como China y Rusia.
Paul Krugman ha señalado que llama la atención que las medidas con mayor claridad acerca de la naturaleza del problema surgieran de Londres, uno de los grandes centros financieros pero capital de una economía mucho más pequeña que la norteamericana o la Europea.
La solución propuesta por el Primer Ministro Británico, Gordon Brown, implica una suerte de nacionalización parcial y temporaria, pero nacionalización al fin. Por tal motivo, Krugman sospecha que la resistencia de Henry Paulson, el Secretario del Tesoro norteamericano, ante una propuesta razonable y aceptada por el “establishment” internacional se haya debido fundamentalmente a razones ideológicas, ya que para la filosofía del actual gobierno de los Estados Unidos el convertirse en propietario parcial del sector financiero, aunque sea temporariamente, resulta muy difícil de digerir.
El próximo presidente de los Estados Unidos va a enfrentar una situación delicada, una economía local en crisis, una crisis económica internacional con efectos recesivos, dos guerras difíciles de ganar, en Irak y Afganistán, y un cuestionamiento global al rol de potencia hegemónica que desempeño su país hasta ahora. Necesariamente, el próximo presidente de los Estados Unidos deberá aceptar y en buena medida dar inicio a una nueva era en la economía y la política internacionales.
Andres Fontana