Es cierto que el jefe de gobierno anfitrión, primer ministro Patrick Manning, debió firmar en soledad la declaración de
Poco después, la condena unánime al golpe de estado en Honduras pareció confirmar esa apreciación. Pero duró poco. Con el correr de las semanas, vimos al presidente de Colombia recorriendo la región para convencer a sus pares de que la presencia militar de los Estados Unidos en su país es realmente otra cosa; varios países adquiriendo armamento en forma vertiginosa y el gobierno de Chile –uno de los países más mesurados de la región– envuelto en un entredicho diplomático por la situación del ex representante de Honduras en Santiago, embajador Francisco Martínez.
En los Estados Unidos, sectores republicanos han obligado al gobierno a poner en duda si “en realidad” se trató de un “verdadero” golpe de Estado. Por supuesto, el golpe de estado hondureño no ha sido la causa de las tensiones en la región. Pero, sin duda, todo hubiera sido diferente si en vez de militares en ropa de combate y un presidente en pijamas hubieran actuado las instituciones de la democracia acorde con sus normas y a la luz del día.
Por Andres Fontana