viernes, 27 de noviembre de 2009

Alarma Innecesaria

En los últimos meses, nuestra región ha vivido una cierta alarma por la compra de armamentos por parte de varios países, a lo que se ha sumado el acuerdo militar entre Colombia y los Estados Unidos y la fuerte reacción de Venezuela, Brasil y la Comunidad Regional en su conjunto. Brasil por su parte ha avanzado en la adquisición de un submarino nuclear y se ha desatado una ola de rumores acerca de la capacidad –y eventual intención– de Brasil para desarrollar armas nucleares.

Un analista desprevenido rápidamente concluiría que estamos en la puerta de una carrera armamentista, una posible escalada de conflictos y, tal vez, proyectos hegemónicos de predominio o supremacía regional. Es cierto que los hechos mencionados son importantes, pero su naturaleza es diversa y su surgimiento en una determinada coyuntura no implica que estén todos vinculados entre sí.

La enemistad entre Venezuela y Colombia es tan cierta como la soledad de esta última en su larga confrontación con las FARC. Estados Unidos ha sido por mucho tiempo el único aliado efectivo con que ha contado Colombia y ha tenido presencia militar durante la presidencia de Bush, un presidente más propenso al uso de la fuerza que el actual presidente norteamericano. Y las tensiones regionales y fricciones con la vecina Venezuela más que anunciar conflictos entre Estados fortalecen las ambiciones reeleccionistas del presidente Colombiano.

Lo que se ve con claridad es la falta de mecanismos de consulta e intercambio de información en materia de seguridad entre los países de la región. La Cumbre de Bariloche ha sido positiva en ese sentido y además ha servido para desescalar el nivel de confrontaciones verbales entre gobernantes de la región por la presencia militar norteamericana.

Andres Fontana

jueves, 26 de noviembre de 2009

Ted Kennedy

La prensa internacional calificó el fallecimiento de Edward Kennedy como fin de una era política. La asociación de su muerte con la temprana desaparición de sus dos hermanos, John y Robert, víctimas de sendos asesinatos el 22 de noviembre de 1963 y el 5 de junio de 1968, ha sido inevitable.

Ted Kennedy ocupó en 1962 la banca que John había dejado vacante al asumir como presidente un año antes. Desde entonces, fue Senador por el estado de Massachussets y dejó su impronta en cientos de leyes relacionadas con los derechos civiles, la educación y los servicios sociales.

Ciertamente, estuvo a la altura del legado político que dejaron sus hermanos y se transformó en uno de los hombres más influyentes de los Estados Unidos a lo largo de cuatro décadas.
Tal vez sea sólo una coincidencia, tal vez una de esas ironías que cada tanto nos plantea la Historia, hace pocos meses el ascenso de Barack Obama fue caracterizado como el inicio de una nueva era en la política de los Estados Unidos. El presidente Obama, claramente conmovido en estos días, calificó a Ted Kennedy como “el mejor senador de la historia contemporánea de los Estados Unidos”. En los círculos políticos de Washington, todo el mundo sabe el rol decisivo que desempeñó Ted Kennedy para que Obama fuera nombrado candidato presidencial, a pesar de la resistencia de diversos sectores del partido demócrata.

No obstante su avanzada enfermedad, Ted se convirtió en estos meses en un estrecho colaborador del presidente Obama para luchar codo por la reforma del sistema de salud, una causa que –con cerca de treinta millones de personas carentes de cobertura médica– apasionaba a ambos.

Andres Fontana

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Guerras equívocas

La presencia norteamericana en Irak y de la OTAN en Afganistán constituye el típico callejón sin salida que plantean los conflictos militares de nuestra era. Se trata de guerras equívocas: no son exactamente “guerras,” en el sentido tradicional, ni dejan de serlo.

Son conflictos que no representan una amenaza al interés nacional ni a la sobrevivencia de las Estados, en particular las democracias establecidas con economías avanzadas. Las grandes potencias, los Estados Unidos en particular, pueden elegir si involucrarse o no.

El uso de la fuerza se decide políticamente y se administra por cuotas. No se trata de guerras heroicas sino de un uso calculado de la fuerza.

Pero rápidamente se transforman en situaciones difíciles de mantener y más difíciles de abandonar. Una vez que se ingresa, surgen problemas insolubles, tanto desde el punto de vista militar como desde el punto de vista ético y político.

El campo de batalla es compartido con la población civil. El uso de fuerza militar se hace crecientemente contradictorio y dificultoso, por las características del campo de batalla y por la presión que ejercen los medios de difusión internacionales y una opinión pública crecientemente bien informada.

Por eso muchas veces los gobiernos esperan a la intensificación de la crisis para intervenir militarmente. Evalúan cuidadosamente qué es lo que está en juego y si la intervención militar puede cambiar la situación.

Aparentemente, nada de esto se hizo antes de invadir Irak y Afganistán. Hoy los líderes de gobiernos que se encuentran involucrados en tales situaciones pagan políticamente el costo de decisiones erróneas en las que no participaron, pero no pueden eludir.

Andres Fontana

martes, 24 de noviembre de 2009

Ruptura

En el mes de Agosto, el gobierno de facto de Honduras exigió el retiro de la delegación diplomática argentina. La respuesta inmediata fue que los diplomáticos argentinos permanecerían en Tegucigalpa. Estos gestos –iniciados con el retiro de las cartas credenciales de la embajadora hondureña en Buenos Aires y un incidente similar en Chile– implican una cadena de rupturas que profundizan el aislamiento internacional del gobierno de facto hondureño.

Por su parte, los Estados Unidos han dado pasos que también producen fisuras en los vínculos regionales. El presidente Obama ha hecho malabares para mantener un equilibrio entre su postura de condena al golpe de estado y la presión de la oposición republicana, que parecen considerar mejor un golpe con ropaje civil que un gobierno elegido democráticamente, pero alineado con Chávez. Al mismo tiempo, en un contexto regional altamente sensibilizado, Washington decidió firmar un acuerdo con Colombia para el uso de siete bases militares de ese país por efectivos norteamericanos.

El golpe de estado en Honduras implicó la ruptura de los acuerdos regionales en materia de defensa de la democracia labrados en 1991 (Resolución 1080 de la OEA, conocida como “compromiso de Santiago”) y 2001 (Carta Democrática de la OEA).Motivó la ruptura de relaciones diplomáticas con numerosos países y un aislamiento internacional con graves consecuencias políticas, económicas y sociales. Ahora comienzan a vislumbrarse rupturas de otra índole, a partir de los gestos políticos de Washington y respuestas desproporcionadas en algunos casos y equilibradas en otros.

Andres Fontana