La presencia norteamericana en Irak y de la OTAN en Afganistán constituye el típico callejón sin salida que plantean los conflictos militares de nuestra era. Se trata de guerras equívocas: no son exactamente “guerras,” en el sentido tradicional, ni dejan de serlo.
Son conflictos que no representan una amenaza al interés nacional ni a la sobrevivencia de las Estados, en particular las democracias establecidas con economías avanzadas. Las grandes potencias, los Estados Unidos en particular, pueden elegir si involucrarse o no.
El uso de la fuerza se decide políticamente y se administra por cuotas. No se trata de guerras heroicas sino de un uso calculado de la fuerza.
Pero rápidamente se transforman en situaciones difíciles de mantener y más difíciles de abandonar. Una vez que se ingresa, surgen problemas insolubles, tanto desde el punto de vista militar como desde el punto de vista ético y político.
El campo de batalla es compartido con la población civil. El uso de fuerza militar se hace crecientemente contradictorio y dificultoso, por las características del campo de batalla y por la presión que ejercen los medios de difusión internacionales y una opinión pública crecientemente bien informada.
Por eso muchas veces los gobiernos esperan a la intensificación de la crisis para intervenir militarmente. Evalúan cuidadosamente qué es lo que está en juego y si la intervención militar puede cambiar la situación.
Aparentemente, nada de esto se hizo antes de invadir Irak y Afganistán. Hoy los líderes de gobiernos que se encuentran involucrados en tales situaciones pagan políticamente el costo de decisiones erróneas en las que no participaron, pero no pueden eludir.
Andres Fontana