El operativo militar de las fuerzas israelíes contra la flota de ayuda humanitaria que intentaba llegar a la franja de Gaza no sólo produjo una fuerte condena internacional, sino un cambio en la ubicación de Israel en el mapa de los poderes mundiales.
La muerte de nueve activistas y el arresto de unos 600, entre ellos, parlamentarios e intelectuales de Alemania, Bulgaria, Irlanda, Noruega, Suecia y otros países, profundizó la brecha entre Israel y el sistema internacional. De país amigo, y varios sentidos aliado de los Estados Unidos, Israel ha pasado a ocupar el lugar de “problema.” Estados Unidos nunca va a dejar a Israel totalmente librado a su suerte. Pero la coyuntura actual obliga a un cambio de actitud y eventualmente de política.
La Unión Europea también se ha visto obligada a reaccionar. Y Turquía, el principal puente entre Occidente y el Mundo Islámico y tal vez el o único aliado regional de Israel, no tiene otro camino que alejarse.
En este nuevo mapa, para Israel no es posible continuar con las mismas políticas sin incrementar los costos. Hasta hoy, éstos se han manifestado, principalmente, en términos de un creciente aislamiento y una pérdida de legitimidad internacional también creciente.
Israel ha enfrentado una amenaza a su supervivencia como Estado desde su misma creación a lo largo de toda su existencia. La justificación de su política hacia la población Palestina sobre esa base ha perdido credibilidad y hace muy difícil que aun los Estados más cercanos, por un motivo u otro, puedan seguir prestando su apoyo sin que haya cambios al menos en lo que hace al aspecto humanitario con relación a Palestina. Este se ha transformado en el eslabón más débil de la cadena que vincula a Israel con el sistema internacional.
Andres Fontana