sábado, 28 de mayo de 2011

Indignados

El PSOE perdió 1.500.000 de votos en las elecciones del 22 mayo. Hubo casi un millón de “votos protesta”, unos 600.000 en blanco y unos 400.000 anulados. Hubo cientos de miles de personas en las calles y en las plazas a lo largo de 8 días, en distintos puntos de España. Probablemente muchos de estos votos y de estos manifestantes sean las mismas personas. Aun así, son millones, que sufren el 21 % de desempleo que afecta al mercado laboral de España y trepa al 44 % cuando se trata de jóvenes menores de 25 años. Y a esto se suman, en Occidente, los millones de desempleados de otros países europeos y los Estados Unidos.

La indignación es moral. Por la frustración, por el sufrimiento. También surge una indignación ética e intelectual, manifiesta en la opinión pública internacional, y reflejada en el tono de los análisis económicos y políticos de estos meses. Adam Smith escribió su obra cúlmine hace casi dos siglos y medio. En pocos años, hará un siglo que John Maynard Keynes publicó su Teoría General de la Ocupación, el Interés y el Dinero. El debate económico ha tenido tiempo y oportunidades –unas diez hecatombes económicas con efectos globales en las dos últimas décadas– para desarrollar fórmulas y “recomendaciones” que eviten tanto sufrimiento y frustración.

Pero no es el caso. La Unión Europea, los republicanos estadounidenses, organismos internacionales y gobiernos de países de la Eurozona afectados directa o indirectamente por las crisis de España, Grecia, Portugal e Irlanda, ensayan o recomiendan las mismas fórmulas de siempre: recorte de gastos, equilibrio presupuestario, encarecimiento del crédito y la consecuente contracción del empleo y la producción de bienes. La indignación puede ser el motor de los cambios sociales y políticos de esta década.

Andres Fontana

martes, 10 de mayo de 2011

Bin Laden

Con la desaparición de Osama Bin Laden la popularidad del presidente Obama aumentó 3 dígitos y la confianza en su política de seguridad, al igual que la aprobación de su manejo de la guerra en Afganistán, entre 7 y 8 puntos. Al mismo tiempo, se han abierto varios debates en el campo internacional y local de los Estados Unidos. Muchos nos preguntamos si la operación militar con sus procedimientos y resultados aumentó, efectivamente, la seguridad de los Estados Unidos. La orden de eliminación física fue una directiva política, no una decisión militar tomada al fragor de un enfrentamiento armado.

La sombra de Guantánamo se proyecta sobre estos hechos y plantea si las informaciones obtenidas por medio de la tortura no se hubieran logrado con mayor rapidez a través de procedimientos legales y una mayor intervención política en la conducción del proceso de interrogatorios y negociaciones. El director de la CIA ha reconocido que se usaron "técnicas de interrogación coercitivas" y que el debate de si se podría haber obtenido igual información de otro modo "va a ser una pregunta abierta".

A esto se suma el futuro de las relaciones entre los Estados Unidos y Pakistán.El titular del Departamento de Seguridad Nacional, Joseph Lieberman, afirmó que "Pakistán debe demostrar a Estados Unidos que no sabía que el líder de Al Qaeda Osama Bin Laden se escondía en un complejo cercano a la capital de Islamabad". Más aun, el ministro de comercio de Afganistán aseguró que el país sí sabía del paradero de Bin Laden. Por lo pronto, Estados Unidos ordenó el cierre de su embajada y consulados en Pakistán.

La pregunta que surge es si, dada la situación político-militar de una porción del planeta que abarca desde Marruecos, Túnez y Libia hasta Irak, Irán y Afganistán, que atraviesa Egipto, Israel y Siria y deja a los principales aliados occidentales del mundo árabe en situaciones extremadamente delicadas, Estados Unidos puede abrir otro frente de conflicto, particularmente en un país con características geográficas y estructuras tribales que dibujan un escenario propicio para el desgaste y un eventual fracaso.

Andres Fontana