Tenga gran cuidado todo gobernante cuyos argumentos para involucrarse en un conflicto sean, al final del mismo, menos convincentes que al principio.
Este axioma estratégico describe uno de los principales desafíos que enfrentan hoy las potencias Occidentales involucradas en Libia y Afganistán, tentadas de ir a Siria y ausentes en su momento en lugares donde debieron estar (Ruanda, por ejemplo).
No hay un orden internacional efectivo que establezca dónde se debe actuar, con qué medios, con qué plazos, con qué objetivos. Los Estados se involucran en conflictos que no son propios. En parte por intereses (petróleo, áreas de influencia), en parte por valores humanitarios, en parte por presión de la opinión pública local e internacional.
Ninguno de esos motivos tiene que ver con una amenaza o con la posibilidad efectiva de neutralizarla cuando la hubiere. Son guerras carentes de objetivos claros, y cuando éstos se aclaran, se observa que los medios empleados son inadecuados.
Los ejércitos han sido preparados y diseñados para la guerra, no para la aplicación del derecho internacional, ni la confrontación con organizaciones clandestinas, sean terroristas, narcotraficantes, o grupos paraestatales.
En intervenciones militares de este tipo, el fracaso es probable y el marco de legitimidad que sirvió inicialmente deja de serlo después de un tiempo. Y se inicia el “Plan B” (cómo salir dignamente).
Ningún estratega tradicional aconsejaría emplear medios militares para otra cosa que no sea la victoria, o la defensa inevitable del propio territorio. Jamás para buscar luego una “salida honrosa.”
Sin embargo, la historia se repite, y los miembros de la OTAN despliegan medios militares sofisticados, buscan resultados rápidos, televisivos y, en lo posible, sin bajas en las propias filas.
viernes, 24 de junio de 2011
sábado, 18 de junio de 2011
Descontento
Es un error suponer que el motivo principal de las revueltas en el mundo árabe es la aspiración a una sociedad democrática, que respete la libertad de expresión y otros derechos fundamentales. Ese es, sin duda, un factor importante en la gestación de los movimientos que depusieron al dictador tunecido Ben Alí –cuyo juicio se inicia justamente hoy, lunes 20 de junio– luego al ex dictador de Egipto, Hosni Mubarak, y se extendieron a un número creciente de países, con revueltas que hoy se siguen reproduciendo con la misma intensidad que la represión que les sigue.
La pregunta que domina los medios internacionales es qué va a hacer Occidente –fundamentalmente los Estados Unidos¬– frente a tales situaciones. El presidente Obama ya se ha pronunciado. Apoya las insurgencias y los reclamos por democracia y respeto de las libertades.
Pero el problema es otro. La cuestión de fondo que motiva las rebeliones –al igual que el movimiento de los Indignados en España– es el desempleo, la desesperanza y una abrumadora desigualdad en la distribución de la riqueza. En un mundo donde la información tiende a ser inocultable y el acceso a ella prácticamente universal, las comparaciones son inevitables. La indignación es creciente y las ansias de libertad tan fuertes como las expectativas de mejora y la convicción de que esto es posible y la gente lo merece.
El verdadero problema para el orden internacional que propugna e intenta garantizar Occidente no son los dictadores –hasta hace poco, aliados cercanos de los Estados Unidos, Francia y el Reino Unido. El verdadero problema es la imposibilidad de satisfacer tales aspiraciones, particularmente en economías extremadamente atrasadas, con un ingreso extremadamente concentrado y carentes de prácticas y sistemas jurídicos afines a las inversiones y el desarrollo que permiten generar empleo y un sistema razonable de distribución del ingreso.
Ni el socialismo ni el capitalismo han sido capaces de ofrecer fórmulas que permitan superar esa situación plazos aceptables.
Andres Fontana
La pregunta que domina los medios internacionales es qué va a hacer Occidente –fundamentalmente los Estados Unidos¬– frente a tales situaciones. El presidente Obama ya se ha pronunciado. Apoya las insurgencias y los reclamos por democracia y respeto de las libertades.
Pero el problema es otro. La cuestión de fondo que motiva las rebeliones –al igual que el movimiento de los Indignados en España– es el desempleo, la desesperanza y una abrumadora desigualdad en la distribución de la riqueza. En un mundo donde la información tiende a ser inocultable y el acceso a ella prácticamente universal, las comparaciones son inevitables. La indignación es creciente y las ansias de libertad tan fuertes como las expectativas de mejora y la convicción de que esto es posible y la gente lo merece.
El verdadero problema para el orden internacional que propugna e intenta garantizar Occidente no son los dictadores –hasta hace poco, aliados cercanos de los Estados Unidos, Francia y el Reino Unido. El verdadero problema es la imposibilidad de satisfacer tales aspiraciones, particularmente en economías extremadamente atrasadas, con un ingreso extremadamente concentrado y carentes de prácticas y sistemas jurídicos afines a las inversiones y el desarrollo que permiten generar empleo y un sistema razonable de distribución del ingreso.
Ni el socialismo ni el capitalismo han sido capaces de ofrecer fórmulas que permitan superar esa situación plazos aceptables.
Andres Fontana
domingo, 12 de junio de 2011
Ollanta Humala
Luego de su ajustada victoria frente a Keiko Fujimori, el presidente electo de Perú fue recibido con una estrepitosa caída de la bolsa. El desplome alcanzó el 12,51 % cuando aún no había finalizado el escrutinio y afectó principalmente a las compañías mineras, uno de los principales blancos de los sectores nacionalistas cercanos a Humala durante la campaña.
Las declaraciones moderadas y conciliadoras del presidente electo, junto con reportes favorables de las agencias calificadoras internacionales, trajeron calma a los mercados.
Humala y sus principales asesores aseguraron que, luego del 28 de julio, mantendrán los lineamientos económicos actuales, respetarán la autonomía del Banco Central y ofrecerán garantías a los inversores internacionales.
Todo indica que el futuro presidente se inclina por una opción pragmática, que no responde totalmente a ninguna de las identidades presentes en su historia: la visión de los militares que acompañaron a Velasco Alavarado en el llamado Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas, la del actual presidente de Venezuela, Hugo Chávez o del indigenismo, a la cual probablemente respondan sus afectos pero no necesariamente su decisión política.
La estrategia de campaña y los discursos posteriores a la victoria indican que Ollanta Humala se inclina por un pragmatismo cercano al ex presidente brasileño Lula Da Silva y no se propone modificar un modelo económico que le ha permitido a Perú crecer a uno de los ritmos más altos del mundo en los últimos años. Probablemente también siga a Lula en lo que hace a políticas dirigidas a los sectores de más bajos ingresos, excluidos de los beneficios del boom económico de Perú. Sus anuncios de gira por Brasil , Argentina, Uruguay y Chile coinciden también con una visión pragmática y afín a la integración, más política que económica, que propugna Brasil para la región.
Andres Fontana
Las declaraciones moderadas y conciliadoras del presidente electo, junto con reportes favorables de las agencias calificadoras internacionales, trajeron calma a los mercados.
Humala y sus principales asesores aseguraron que, luego del 28 de julio, mantendrán los lineamientos económicos actuales, respetarán la autonomía del Banco Central y ofrecerán garantías a los inversores internacionales.
Todo indica que el futuro presidente se inclina por una opción pragmática, que no responde totalmente a ninguna de las identidades presentes en su historia: la visión de los militares que acompañaron a Velasco Alavarado en el llamado Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas, la del actual presidente de Venezuela, Hugo Chávez o del indigenismo, a la cual probablemente respondan sus afectos pero no necesariamente su decisión política.
La estrategia de campaña y los discursos posteriores a la victoria indican que Ollanta Humala se inclina por un pragmatismo cercano al ex presidente brasileño Lula Da Silva y no se propone modificar un modelo económico que le ha permitido a Perú crecer a uno de los ritmos más altos del mundo en los últimos años. Probablemente también siga a Lula en lo que hace a políticas dirigidas a los sectores de más bajos ingresos, excluidos de los beneficios del boom económico de Perú. Sus anuncios de gira por Brasil , Argentina, Uruguay y Chile coinciden también con una visión pragmática y afín a la integración, más política que económica, que propugna Brasil para la región.
Andres Fontana
viernes, 3 de junio de 2011
Fuera de punto
“La hora de nuestro liderazgo no ha pasado.” Durante su visita a Londres, previa a la cumbre del G8, el presidente Obama reafirmó el carácter “esencial” de la alianza con el Reino Unido, y advirtió: “Es un error pensar que otras naciones representan el futuro.”
Resulta curioso que la agenda para la cual el presidente Obama reclama liderazgo incluya temas tales como Afganistán (guerra iniciada por los Estados Unidos y de la cual hoy busca una salida honrosa); la situación en Medio Oriente (rebeliones contra regímenes hasta hace poco aliados de los Estados Unidos y conflicto árabe-israelí, donde la potencia global juega un papel contrario a la opinión de, incluso, sus principales aliados); la crisis económica internacional (que afecta principalmente a Europa, pero se origina en las oficinas de Wall Street); y el medio ambiente (de cuyo deterioro Estados Unidos es uno de los principales responsables y ni siquiera ha firmado el protocolo de Kyoto).
El anhelo del presidente Obama por recuperar liderazgo y representar el futuro se basa en un hecho puntual: la reciente muerte de Bin Laden a manos de un grupo de elite norteamericano. Es decir, una acción ilegal, de la cual sólo se difundió la foto del presidente y sus colaboradores directos presenciándola a través de una pantalla cuyas imágenes fueron vetadas a la opinión pública internacional.
Se trata de un hecho trascendente. Cuya repercusión internacional no fue del todo positiva y cuya eficacia en términos de la confrontación con el terrorismo es al menos dudosa.
A la luz de estos hechos, resulta difícil entender, si es genuina, la aspiración del presidente de los Estados Unidos a recuperar el liderazgo y representar el futuro. No parece estar en sintonía con aquéllos a quien se propone liderar y orientarlos hacia el futuro.
Andres Fontana
Resulta curioso que la agenda para la cual el presidente Obama reclama liderazgo incluya temas tales como Afganistán (guerra iniciada por los Estados Unidos y de la cual hoy busca una salida honrosa); la situación en Medio Oriente (rebeliones contra regímenes hasta hace poco aliados de los Estados Unidos y conflicto árabe-israelí, donde la potencia global juega un papel contrario a la opinión de, incluso, sus principales aliados); la crisis económica internacional (que afecta principalmente a Europa, pero se origina en las oficinas de Wall Street); y el medio ambiente (de cuyo deterioro Estados Unidos es uno de los principales responsables y ni siquiera ha firmado el protocolo de Kyoto).
El anhelo del presidente Obama por recuperar liderazgo y representar el futuro se basa en un hecho puntual: la reciente muerte de Bin Laden a manos de un grupo de elite norteamericano. Es decir, una acción ilegal, de la cual sólo se difundió la foto del presidente y sus colaboradores directos presenciándola a través de una pantalla cuyas imágenes fueron vetadas a la opinión pública internacional.
Se trata de un hecho trascendente. Cuya repercusión internacional no fue del todo positiva y cuya eficacia en términos de la confrontación con el terrorismo es al menos dudosa.
A la luz de estos hechos, resulta difícil entender, si es genuina, la aspiración del presidente de los Estados Unidos a recuperar el liderazgo y representar el futuro. No parece estar en sintonía con aquéllos a quien se propone liderar y orientarlos hacia el futuro.
Andres Fontana
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