Es un error suponer que el motivo principal de las revueltas en el mundo árabe es la aspiración a una sociedad democrática, que respete la libertad de expresión y otros derechos fundamentales. Ese es, sin duda, un factor importante en la gestación de los movimientos que depusieron al dictador tunecido Ben Alí –cuyo juicio se inicia justamente hoy, lunes 20 de junio– luego al ex dictador de Egipto, Hosni Mubarak, y se extendieron a un número creciente de países, con revueltas que hoy se siguen reproduciendo con la misma intensidad que la represión que les sigue.
La pregunta que domina los medios internacionales es qué va a hacer Occidente –fundamentalmente los Estados Unidos¬– frente a tales situaciones. El presidente Obama ya se ha pronunciado. Apoya las insurgencias y los reclamos por democracia y respeto de las libertades.
Pero el problema es otro. La cuestión de fondo que motiva las rebeliones –al igual que el movimiento de los Indignados en España– es el desempleo, la desesperanza y una abrumadora desigualdad en la distribución de la riqueza. En un mundo donde la información tiende a ser inocultable y el acceso a ella prácticamente universal, las comparaciones son inevitables. La indignación es creciente y las ansias de libertad tan fuertes como las expectativas de mejora y la convicción de que esto es posible y la gente lo merece.
El verdadero problema para el orden internacional que propugna e intenta garantizar Occidente no son los dictadores –hasta hace poco, aliados cercanos de los Estados Unidos, Francia y el Reino Unido. El verdadero problema es la imposibilidad de satisfacer tales aspiraciones, particularmente en economías extremadamente atrasadas, con un ingreso extremadamente concentrado y carentes de prácticas y sistemas jurídicos afines a las inversiones y el desarrollo que permiten generar empleo y un sistema razonable de distribución del ingreso.
Ni el socialismo ni el capitalismo han sido capaces de ofrecer fórmulas que permitan superar esa situación plazos aceptables.
Andres Fontana