Lo menos que puede decirse acerca de lo que ocurre en la escena internacional es que millones de jóvenes en el mundo tienen hoy un futuro incierto. Estos se suman a quienes desde temprano en sus vidas sabían que, decididamente, no tenían futuro.
Las puertas se cerraron a los jóvenes en muchos países y ahora se abren para dejar salir carros de asalto, camiones hidratantes y hasta tanques, dispuestos a disparar contra los manifestantes.
Es difícil encontrar un denominador común a lo que ocurre en la India, en China, en España, en el Reino Unido y lo ocurrido en el mundo Arabe desde la rebelión de Túnez. Es evidente que la ocupación de las calles y el empleo de las redes sociales es una combinación que muestra cierta eficacia y se ha empleado en Irán, en Túnez y otros lugares donde nadie lo hubiera esperado.
Y existe una relación entre las primeras rebeliones árabes y las órdenes extremas impartidas por el presidente sirio Bachar el Asad, quien se dijo a sí mismo “no voy a correr la suerte de Mubarak, Kadafi o Ben Alí.
Detrás de estas reacciones yacen la impotencia de gobernantes y la frustración de millones de jóvenes. Tanto las ansias de democracia como la indignación por la falta de empleo y la torpeza política de gobiernos democráticos han generado situaciones similares en países extremadamente disímiles.
Repetidamente, cuestiones locales asumen entidad internacional y los sistemas políticos muestran su debilidad e inadecuación para hacer frente a tales situaciones.
Naturalmente, el sistema internacional, que no ha podido reformularse luego de los grandes cambios ocurridos hace ya más de veinte años, carece por completo de respuesta a los nuevos desafíos que, en realidad, recién comienzan a insinuarse.