Acaba de cumplirse el décimo aniversario de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001. Dos conclusiones importantes. La primera es que el terrorismo internacional –para darle un nombre genérico– ha cambiado el sistema internacional en aspectos esenciales. La segunda es que la ocupación territorial mediante grandes contingentes militares no es una herramienta eficaz.
Los cambios en el sistema internacional van a ser duraderos, si bien el clima político de la era Bush se ha disipado. Naciones Unidas ha perdido credibilidad y protagonismo, sobre todo comparado con lo que el organismo internacional logró en los primeros años de la post Guerra Fría. La defensa internacional de las violaciones a los derechos humanos, que caracterizó ese período y se insinuó como una tendencia de alcance global, ha perdido su ímpetu. La Alianza Atlántica también se ha debilitado y las relaciones hemisféricas –es decir, los vínculos de Estados Unidos y Canadá con el resto de la región – se han diluido y, desde hace tiempo, se reducen a reuniones protocolares sin contenido.
Si Europa no tomó mayor distancia de los Estados Unidos se debió fundamentalmente a temas económicos, hoy transformados en una crisis fenomenal. Si bien diversos factores explican las dificultades de Europa para alcanzar una política exterior y de defensa comunes, el clima internacional generado por los atentados del 11 de septiembre, junto con las políticas adoptadas por los Estados Unidos también constituyeron obstáculos importantes.
Luego de diez años de “guerra antiterrorista,” los Estados Unidos se transformaron en un aliado que infunde más preocupación que confianza. Afortunadamente, hoy parecen haber asimilado las críticas internas y externas que señalaron, desde muy temprano, que el despliegue militar y los bombardeos no son herramientas adecuadas para hacer frente a este tipo de amenaza y, en particular, que la comisión de violaciones a los derechos humanos no es bajo ningún punto de vista aceptable.
viernes, 9 de septiembre de 2011
domingo, 4 de septiembre de 2011
No se dan cuenta
Algo está pasando. Estudiantes en las calles, desocupados en diversas manifestaciones, el mundo árabe conmocionado, dictadores derrocados, democracias desafiadas que reaccionan brutalmente. Los escenarios se repiten, si bien son diferentes. Sus actores se miran en forma recíproca y se reconocen mutuamente. Al día siguiente, surgen otros en otros lugares.
Qué es lo que está pasando? Las demandas son diferentes. En algunos casos se trata de ansias de libertad y expectativas de mayores oportunidades para tener un futuro. En otros, el acceso a la educación o el empleo son los temas centrales. Todas las rebeliones tienen que ver con derechos elementales y se vinculan, directa o indirectamente, a la distribución de la riqueza.
Pero no hay, realmente, un denominador común en términos concretos. Tal vez sí exista un cierto efecto demostración de unos sobre otros y un clima de protesta y rebelión que se va creando, transmitiendo y, por ende, expandiendo de un país a otro, de una región a otra.
En un mundo globalizado, con información en tiempo real para todos en, prácticamente, todo el mundo, esto es de algún modo inevitable. La difusión y la penetración de los valores democráticos en un número creciente de sociedades, iniciada hace más de 20 años con la caída del Muro de Berlín, también tiene bastante que ver. Es un proceso que ha madurado y, repentinamente, ha tomado una velocidad inusitada. A lo largo del mismo, las características que han asumido los medios de comunicación, colectivos e individuales, y las modalidades de su uso por los jóvenes también tienen mucho que ver en todo esto.
Sin duda, algo está pasando. Pero, aparentemente, hay quienes no se dan cuenta.
Qué es lo que está pasando? Las demandas son diferentes. En algunos casos se trata de ansias de libertad y expectativas de mayores oportunidades para tener un futuro. En otros, el acceso a la educación o el empleo son los temas centrales. Todas las rebeliones tienen que ver con derechos elementales y se vinculan, directa o indirectamente, a la distribución de la riqueza.
Pero no hay, realmente, un denominador común en términos concretos. Tal vez sí exista un cierto efecto demostración de unos sobre otros y un clima de protesta y rebelión que se va creando, transmitiendo y, por ende, expandiendo de un país a otro, de una región a otra.
En un mundo globalizado, con información en tiempo real para todos en, prácticamente, todo el mundo, esto es de algún modo inevitable. La difusión y la penetración de los valores democráticos en un número creciente de sociedades, iniciada hace más de 20 años con la caída del Muro de Berlín, también tiene bastante que ver. Es un proceso que ha madurado y, repentinamente, ha tomado una velocidad inusitada. A lo largo del mismo, las características que han asumido los medios de comunicación, colectivos e individuales, y las modalidades de su uso por los jóvenes también tienen mucho que ver en todo esto.
Sin duda, algo está pasando. Pero, aparentemente, hay quienes no se dan cuenta.
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