¿Qué tienen en común los movimientos sociales surgidos en estos últimos diez meses? Todos participan de un escenario global, literalmente. Todo evento se conoce, se interpreta, se observa en tiempo real y eventualmente se imita.
Cada observador, con un celular o una notebook, es un potencial periodista, un potencial activista, un miembro de la comunidad global emergente, con algo de poder en sus manos.
Los nuevos movimientos sociales tienen rasgos e intereses en común. Pero, sobre todo, tienen influencia unos sobre otros.
La ira frente al sistema social y el poder político ha existido siempre. Cualquier observación de la forma en que se organiza el trabajo y se distribuye la riqueza, aun en las sociedades más equitativas, ofrece motivos para la indignación.
Esto ha sido siempre así, como atestiguan los escritos y relatos verbales de los más antiguos filósofos. Lo que llama la atención es que, en forma sucesiva o simultánea, surjan la primavera árabe, los indignados en España, las protestas en el Reino Unido, la rebelión de los estudiantes en Chile, los indignados en Wall Street, en Roma, en Atenas…
Hay una sensación compartida de que, a generaciones enteras, les han robado el futuro, la expectativa de participar en aquello que está a la vista. Todo el mundo ve lo que ocurre y ese es un disparador de ira y una evidencia de que “se puede hacer algo” saliendo a la calle.
En esa contienda múltiple, las redes sociales le ganaron a la política. Pero, el problema de esa capacidad de movilización es que, de por sí, no conforma un proyecto, una estrategia, un camino de acceso al poder.
En ese sentido, la política tradicional le gana a las redes sociales. Estas son una fuerza transformadora, capaz de precipitar cambios, pero no de conducirlos ni de constituir un actor que participe en la nueva estructura de poder post movilización.
Pasado el momento de mayor tensión, predominan los actores tradicionales. Sin embargo, las instituciones están puestas en duda y los actores tradicionales se encuentran condicionados, rodeados por una necesidad de cambio que parece ineludible.