El desembarco británico en las Islas Malvinas en 1833 y el repliegue de la población argentina de aquel entonces se basó en el despliegue de fuerza militar. Lo mismo ocurre con el ejercicio actual, por parte del Reino Unido, de una soberanía objetada por el reclamo argentino, contraria a normas del derecho internacional y acorralada por los respaldos internacionales a la postura de nuestro país.
Si el despliegue militar para sostener el ejercicio de la soberanía en el Atlántico Sur resultó eficaz a lo largo de tantos años, la preocupación que hoy evidencia el gobierno británico resulta llamativa. Y, como cabe esperar, ante esa preocupación, Londres incrementa su despliegue militar en el Atlántico Sur.
Es cierto que estaba prevista una cierta demostración de fuerza en la conmemoración del 30 aniversario de la de la Guerra de Malvinas, así como estaba prevista la presencia del príncipe Guillermo con uniforme de la RAF. Pero, en estos días, a dos meses del aniversario, el gobierno británico anunció el posible desplazamiento de un submarino nuclear. Los acontecimientos se anticiparon, el discurso subió de tono a un nivel difícilmente comprensible –como acusar de ‘colonialismo’ a la Argentina– y primó la y desmesura.
“¿Por qué tanto nerviosismo?, se preguntan en los centros de estudios estratégicos de Londres. “¿Por qué preocuparse y hacer un despliegue ostentoso que, previsiblemente, va a ser censurado internacionalmente?”
El Reino Unido controla la pesca y el petróleo en el entorno de Malvinas. Genera ingresos cuantiosos para sus habitantes. Cuenta con una capacidad militar difícilmente desafiable. Ha incumplido acuerdos de cooperación en esos tres terrenos (pesca, petróleo y medidas de confianza recíproca en el campo militar). Ha hecho todo esto hasta ahora, prácticamente, sin costo político internacional. ¿Por qué ahora actúa de esta manera?
Como tantas veces en los asuntos estratégicos, lo que explica el cambio en la racionalidad de los actores es un cambio el contexto. Y ahí, en el contexto estratégico, ha habido cambios importantes. Londres está crecientemente aislada de su propio marco regional, el europeo. Washington, principal poder militar del planeta y aliado incondicional del Reino Unido, se repliega de sus frentes de batalla. La política interna y la situación económica inglesa hace tiempo que enfrentan un escenario complejo.
Y, en ese contexto, la Argentina recibe un apoyo explícito y comprometido de sus vecinos y aliados regionales. Más aun, en diciembre de 2011, China reitera su apoyo al reclamo argentino por las Malvinas y poco después Washington expresa que se trata de un asunto bilateral y prefiere que el Reino Unido y la Argentina negocien una solución diplomática. En estos días, incluso antes de su llegada a la Argentina, la secretaria de Estado Adjunta para Asuntos Hemisféricos, Roberta Jacobson, reitera la postura norteamericana a favor del diálogo y la acción diplomática.
Pero Londres tiene una razón adicional para su desmesura: la exploración petrolera en el Atlántico Sur requiere cuantiosas inversiones y esto supone la confianza y un cierto grado de certidumbre de los inversores. La aparente irracionalidad tiene un propósito: reafirmar ante los inversores que el compromiso del gobierno británico es incondicional.
Ese no es el único factor, pero es importante. Al mismo tiempo, el nerviosismo de Londres se explica por una cierta toma de conciencia, catalizada por los apoyos regionales e internacionales a la Argentina: la toma de conciencia de que, en el largo plazo, la situación actual, el status quo no es viable.