martes, 30 de octubre de 2012

Tramo final

A una semana de la elección presidencial de los Estados Unidos, existen indicios favorables a Obama, pero sólo eso. Es probable que finalmente sea reelecto. Llama la atención, sin embargo, el escaso y oscilante margen de diferencia a favor del actual presidente, frente a un rival que ha sido muy poco efectivo desde el punto de vista de una estrategia de campaña y que tiene a sus espaldas un partido que le crea más problemas que respaldos ventajosos.


Obama sigue siendo más popular en otros lugares del mundo que en los Estados Unidos. Particularmente en Europa, su popularidad es superior al 70 % según una encuesta reciente de German Marshall Fund. La cuestión económica es decisiva en ambos casos y la hermandad de las crisis europea y estadounidense es probable que pese en la mirada favorable de los europeos y en la gran franja de indecisos de los Estados Unidos que en principio tiende a inclinarse por la reelección.

Ele debate último debate, dedicado centralmente a la política exterior muestra una potencia hegemónica en lo militar pero carente de propuestas creíbles acerca del orden internacional. Obama corre con la ventaja de algunos logros, valiosos al menos para el público norteamericano –como el haber descubierto y matado al ex líder de Al Qaeda Osama bin Laden¬– y el derrocamiento del ex presidente libio Muammar Kadafi, posteriormente asesinado. Mitt Romney debió hacer más por diferenciarse del ex presidente George W. Bush que por mostrar un listado de propuestas para problemas que, en verdad, no son la preocupación central del votante promedio de los Estados Unidos.

En síntesis, a esta altura el presidente Obama no tiene asegurada la reelección pero sí un alto grado de probabilidad de obtenerla. Su presidencia ha generado desencantos y fuertes resistencias, sobre todo en los sectores más conservadores, factores de algún modo neutralizados por las mejoras en la economía que recientemente se acentuaron.

lunes, 22 de octubre de 2012

Valores y Creencias

Los eventos que dominan la atención de la comunidad internacional en estos días parecen estar más vinculados a cuestiones éticas que a disputas de poder o confrontaciones entre teorías acerca del crecimiento económico.


Diversos ejemplos ilustran el momento que vive la comunidad internacional: desde el ataque a Malala Yousufzai, perpetrado por fanáticos religiosos paquistaníes que creen que las mujeres no deben leer ni aprender, hasta el distanciamiento del presidente francés François Hollande respecto de la canciller Ángela Merkel, pasando por la victoria de Obama en su reciente debate frente al republicano Mitt Romney.

Ni Malala es miembro de una organización política ni los talibanes paquistaníes que le dispararon aspiran a ejercer el poder.

Hollande no aspira a liderar la UE ni cree que sus apreciaciones sobre la economía de España, Grecia y Portugal sean más certeras que las de Merkel. Cree que hay un límite al sufrimiento que padecen millones de personas y que también debe haber un límite a la pérdida de dignidad de los Estados Miembros de la Unión Europea.

Obama, es cierto, se vio favorecido por las cifras de desempleo publicadas poco antes del debate con Romney. Pero lo decisivo para su victoria no fueron las fórmulas económicas sino las posturas de uno y otro en torno de la interrupción del embarazo, las obligaciones de la sociedad para con sus miembros –por ejemplo en materia de salud y educación– y el rol de la mujer en la sociedad.

Por supuesto, en todo esto hay cuestiones de poder. Por supuesto, tanto Obama como Romney miran a los 77 millones de católicos que hay los Estados Unidos y saben que entre ellos las opiniones con respecto a la interrupción del embarazo y al matrimonio de personas del mismo sexo están divididas en partes prácticamente iguales.

Pero fue la revelación de lo que “verdaderamente” piensa Romney con respecto a las mujeres lo que le dio la victoria a Obama. Y fue el sinceramiento acerca de sus valores lo que alejó a Hollande de Merkel.

viernes, 12 de octubre de 2012

Chávez

La reelección de Hugo Chávez como presidente de Venezuela abre el camino a una de las presidencias democráticas más extensas de la Historia. Su próximo mandato, hasta 2019, implica un período de casi 20 años ininterrumpidos en el ejercicio de la primera magistratura.


Al momento de explicar el triunfo de Chávez sobre Henrique Capriles, las opiniones en el campo internacional se encuentran divididas. Sin duda, hay casos en que pesan más los preconceptos que una voluntad genuina de identificar los factores que, más allá de aspectos obvios como la masa de recursos provenientes de los ingresos petrolíferos, permiten comprender un fenómeno de adhesión popular como el que está a la vista.

La reciente reelección del presidente Chávez, con un 55.2 % de los votos, revela una enorme capacidad de liderazgo que se combina con las condiciones de opresión y marginación que históricamente vivió un sector importante de la sociedad venezolana.

Durante la campaña, e incluso después de la victoria, diversos análisis han tratado de descalificar lo primero y relativizar u ocultar lo segundo, al igual que las sustanciales mejoras que introdujeron las políticas sociales del gobierno de Chávez a lo largo de casi 14 años.

Naturalmente, no es objeto de un análisis electoral indagar retrospectivamente procesos que, a lo largo de décadas, generaron una sociedad con profundas desigualdades étnicas y económicas y fracturas socio-geográficas.

Pero, para explicar un triunfo de la magnitud del logrado por Hugo Chávez luego de ejercer la presidencia por casi 15 años, es indispensable prestar atención a su labor dirigida a paliar esa situación –étnico, geográfico, social y económica– propia de la historia de Venezuela y, por supuesto, prestar atención a sus dotes de político en campaña permanente e incluso a su capacidad para contrarrestar las limitaciones impuestas por el deterioro de su salud.

Cabe esperar ahora las nuevas señales de una Venezuela que ha ingresado al Mercosur, que cuenta con menos aliados en el plano internacional que en el pasado ¬–y corre el riesgo de que ese círculo se vea aun más reducido– y cuyo renovado líder apuesta abiertamente al triunfo del presidente Obama en las próximas elecciones de los Estados Unidos.

viernes, 5 de octubre de 2012

Sistema en quiebra




Recientemente, el famoso historiador de las relaciones internacionales, Paul Kennedy, afirmó en una entrevista “nunca vi tantas cosas tan mal al mismo tiempo.”

El listado de “cosas que andan mal” es conocido: la entrada de la Primavera Arabe en la etapa del desencanto, Libia al borde de la guerra civil, Siria con un régimen que asesina en forma sistemática a sus propios ciudadanos y destruye ciudades enteras, ante la parálisis del sistema internacional, la confrontación entre Israel e Irán encerrada en un peligroso y angosto callejón, Europa diezmada por una crisis en parte previsible pero de una magnitud y perseverancia inconcebibles, la campaña electoral de los Estados Unidos que pone de manifiesto la dureza y los alcances de los valores conservadores en la sociedad norteamericana y los límites al liderazgo del presidente Obama, Afganistán encaminado hacia una regresión fundamentalista y el resto de las regiones y países con muy poca incidencia en la política internacional, con China como el caso más elocuente.

Puede decirse, en parte metafórica y en parte literalmente, que el sistema internacional ha quebrado. La falta de liderazgos ha sido señalada con reiteración frecuente. Pero un sistema requiere, además de liderazgos un sistema de reglas efectivas o, al menos, medianamente creíbles.

El sistema internacional, como es sabido, no cuenta con normas similares –en eficacia y credibilidad– a las de un sistema jurídico nacional. Pero requiere, al menos, que parezca que el conjunto mínimo de sus reglas fundamentales se aplican. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, la prohibición de las armas nucleares, con muy pocas excepciones, ha sido una. En la post Guerra Fría, la intervención internacional bajo el paraguas de Naciones Unidas por razones humanitarias pasó a ser una regla de aplicación creciente, si bien no sistemática.

Turquía, Estado Miembro de la OTAN, bombardeó Siria en represalia por la muerte de cinco civiles turcos en la localidad fronteriza de Akcakale y fue respaldado por la Organización, que exigió “el cese inmediato de las agresiones contra Turquía,” acorde con la letra del Tratado de Washington de 1949. Pero ni la OTAN ni las Naciones Unidas han emprendido ninguna acción efectiva ante la masacre de más de 20.000 víctimas civiles.

ONU en desconcierto

La secuencia de discursos de los y las jefes de Estado y de Gobierno en el marco de la Asamblea General del máximo organismo internacional reflejó lo que variados artículos de la prensa internacional han señalado en los últimos dos años: la ausencia de liderazgos y el aparente desconcierto, no sólo falta de respuestas, ante los desafíos que el enfrenta la humanidad.

El escenario de la LXVII Asamblea General coincide con un año de elecciones trascendentes a nivel global y regional. España, Francia e Italia han renovado sus primeras figuras en una Europa no sólo convulsionada sino ajena a una pronta recuperación y sumida en un tipo de crisis que parece devorar gobiernos, instituciones, valores (sobre todo los referidos a la tolerancia y las fronteras culturales) y hasta la cohesión de los Estados, como el caso de España.

El presidente de los Estados Unidos, el ejemplo más destacado de desencanto, o liderazgo ausente frente a la expectativa, llevó su campaña electoral al atril de la ONU, mientras sus principales aliados, el Reino Unido e Israel pusieron en evidencia su creciente aislamiento. En México, el regreso del PRI al poder no despierta grandes expectativas sino, principalmente, replantea la pregunta central de toda la sociedad mexicana acerca de cómo encarar la violencia crecientemente atroz del las organizaciones del narcotráfico y crímenes conexos.

En nuestra región ha habido una importante renovación de liderazgo en el principal país de América del Sur, con el ascenso de Dilma Rousseff a la presidencia de Brasil y el opacamiento de la figura de su antecesor, Lula Da Silva. La principal pregunta la plantea ahora el proceso electoral venezolano, habida cuenta del protagonismo internacional que esporádicamente ejerce el actual presidente Hugo Chávez.

Han sido los planteos y reivindicaciones nacionales, no globales o regionales, los que mayor nitidez tuvieron en la AG de este año, entre los que se destacó el de la presidenta de la Argentina Cristina Fernández de Kirchner, tanto frente a las expresiones fuera de lugar de una funcionaria internacional cuanto con respecto a nuestra reivindicación soberana en el Atlántico Sur y la denuncia de las acciones de militarización crecientes de la zona y el conflicto que viene llevando a cabo el Reino Unido.

Homenaje




Resulta difícil no mencionar esta semana el último desatino del candidato conservador Mitt Romney quien –en un discurso que ha alcanzado difusión global— afirmó: “Hay un 47 % de votantes que respaldarán al presidente (Obama), pase lo que pase… dependen del Gobierno, piensan que son víctimas y además creen que el Gobierno tiene la responsabilidad de cuidar de ellos.”


Para no dejar lugar a dudas, Romney agregó: “Mi trabajo no es preocuparme de esa gente. Nunca los voy a convencer de que deberían asumir sus responsabilidades…” A menos de dos meses de las elecciones presidenciales en los Estados Unidos, que tendrán lugar el próximo 6 de noviembre y en las que se elegirán, además de los próximos Presidente y Vice, 33 Senadores, la totalidad de la Cámara Baja (o “de Representantes”, acorde con la denominación local), Gobernadores (en once Estados) y legisladores estatales, Romney reafirmó su discurso en contra del Estado de Bienestar de un modo que puede dar ya un giro definitivo a la campaña a favor del presidente y candidato Barack Obama.

Corresponde sin embargo dedicar la columna internacional del UNO de esta semana a la memoria de Santiago Carrillo, histórico dirigente del Partido Comunista español y artífice de la transición política de los años setenta, quien falleció el pasado martes 18 de septiembre. Carrillo ha sido no sólo un ejemplo de compromiso y apego incondicional a sus convicciones partidarias sino, al mismo tiempo, un símbolo de búsqueda del equilibrio político que hagan posible la transición a la democracia y su estabilidad futura.










Primavera árabe


“¿Cómo pudo pasar esto en un país que ayudamos a liberar?” se preguntó el presidente Obama ante la opinión pública norteamericana. La pregunta fue honesta y refleja la genuina sorpresa de un presidente culto, bienintencionado y educado en dos de las mejores universidades de su país, Harvard y Columbia, consternado ante la trágica muerte del Embajador Christopher Stevens y otros Funcionarios.



La tragedia y lo inconcebible del asesinato se agravan ante el perfil del embajador Stevens, su trayectoria y su compromiso con la causa de las revueltas en el mundo árabe y el caso de Libia en particular. Pero, la pregunta que se hace el presidente Obama, aún con su caudal cultural y sus valores avanzados -para lo que es el promedio de la sociedad norteamericana y, sobre todo, el electorado republicano- refleja una limitada capacidad para comprender las pautas culturales, sensibilidades y complejidad de otras sociedades.



La primavera árabe, sus logros y el apoyo brindado por Occidente no penetran en el sentir de las sociedades árabes y, en particular, los grupos islamitas. La democracia, la igualdad, el estado de derecho distan mucho de ser valores esenciales o, incluso, nociones cargadas de sentido para muchos miembros de estas civilizaciones.



Existen innumerables testimonios de políticos y militares norteamericanos totalmente asombrados durante la ocupación militar de Irak en 2003, por la “falta de reconocimiento” y de “agradecimiento” de la población iraquí. Probablemente, los efectivos que actualmente revisten en Afganistán tengan menos expectativas y sufran menos frustraciones, pero el discurso oficial no es diferente.



Lo que no aparece es el esperado reconocimiento / agradecimiento de la población. Si pensamos en lo que significa una ocupación militar, la destrucción de miles de viviendas, la cantidad innumerable de víctimas civiles, la profanación de lugares sagrados, todo esto sin tomar en cuenta, en absoluto, los abusos que cometen efectivos militares, locales o extranjeros, y miembros de los grupos irregulares, la idea de “liberación” resulta poco afín a las percepciones del conjunto de los miembros de las sociedades árabes, más allá de su cercanía o distancia respecto de los grupos fundamentalistas.



Y deberíamos estar preparados: las democracias del mundo árabe difícilmente devengan en países “amigos de Occidente,” en la medida que la democratización permita expresar el sentir genuino de los ciudadanos árabes respecto de los Estados Unidos y sus Aliados.