Los eventos que dominan la atención de la comunidad internacional en estos días parecen estar más vinculados a cuestiones éticas que a disputas de poder o confrontaciones entre teorías acerca del crecimiento económico.
Diversos ejemplos ilustran el momento que vive la comunidad internacional: desde el ataque a Malala Yousufzai, perpetrado por fanáticos religiosos paquistaníes que creen que las mujeres no deben leer ni aprender, hasta el distanciamiento del presidente francés François Hollande respecto de la canciller Ángela Merkel, pasando por la victoria de Obama en su reciente debate frente al republicano Mitt Romney.
Ni Malala es miembro de una organización política ni los talibanes paquistaníes que le dispararon aspiran a ejercer el poder.
Hollande no aspira a liderar la UE ni cree que sus apreciaciones sobre la economía de España, Grecia y Portugal sean más certeras que las de Merkel. Cree que hay un límite al sufrimiento que padecen millones de personas y que también debe haber un límite a la pérdida de dignidad de los Estados Miembros de la Unión Europea.
Obama, es cierto, se vio favorecido por las cifras de desempleo publicadas poco antes del debate con Romney. Pero lo decisivo para su victoria no fueron las fórmulas económicas sino las posturas de uno y otro en torno de la interrupción del embarazo, las obligaciones de la sociedad para con sus miembros –por ejemplo en materia de salud y educación– y el rol de la mujer en la sociedad.
Por supuesto, en todo esto hay cuestiones de poder. Por supuesto, tanto Obama como Romney miran a los 77 millones de católicos que hay los Estados Unidos y saben que entre ellos las opiniones con respecto a la interrupción del embarazo y al matrimonio de personas del mismo sexo están divididas en partes prácticamente iguales.
Pero fue la revelación de lo que “verdaderamente” piensa Romney con respecto a las mujeres lo que le dio la victoria a Obama. Y fue el sinceramiento acerca de sus valores lo que alejó a Hollande de Merkel.