viernes, 30 de noviembre de 2012

Palestina en la ONU

El jueves pasado, la Asamblea General de Naciones Unidas admitió a Palestina como “Estado observador”, una categoría ambigua, que denomina y niega el status de “Estado” simultáneamente y a la vez reconoce implícitamente derechos soberanos sobre un territorio determinado.


La mayoría abrumadora de la votación (138 votos a favor, 9 en contra y 41 abstenciones) no refleja un desequilibrio de poder sustancial a favor de las aspiraciones Palestinas ni un cambio sustancial en el status quo del conflicto con Israel. Refleja sí un creciente aislamiento de Israel y Estados Unidos –ni siquiera Alemania y el Reino Unido votaron en contra sino optaron por la abstención– e insinúa el carácter cada vez más difícil de sostener de su postura frente a los cambios en el contexto regional y a nivel global.

La votación fortalece, sin duda, la postura palestina e incrementa su legitimidad internacional. Pero, al mismo tiempo, refuerza la tendencia al deterioro de las relaciones con Israel y, por ende, torna sólo temporaria la revitalización de la situación del presidente palestino Mahmud Abbas, dado que todo recrudecimiento del conflicto opera a favor de Hamas, su principal enemigo político.

Es difícil que el reconocimiento por parte de la ONU, si bien trascendente en términos históricos, redunde en lo inmediato en un fortalecimiento de quienes promueven el diálogo y las negociaciones sobre un Estado palestino.

Por el contrario, la votación en la Asamblea General debilita particularmente la postura del presidente Obama, quien ha tenido sucesivos desencuentros con el primer ministro Netanyahu y ahora presencia una victoria diplomática de los palestinos, actuando en sentido contrario a sus recomendaciones y expectativas. Mientras tanto, el otro mediador importante, con reciente protagonismo en el conflicto, el presidente egipcio Mohammed Morsi, se encuentra envuelto en serias dificultades locales y poco probable que pueda, en lo inmediato, ocuparse de la situación regional.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Medio Oriente


La decisión del primer ministro israelí,  Benjamín Netanyahu, de ordenar bombardeos masivos y ataques con misiles contra la población palestina y preparar una operación terrestre en gran escala, tuvo un fuerte significado político y ocurrió en un contexto novedoso, con varios interrogantes.

Sin duda, hubo un componente electoral, propio y ajeno, 15 días después de la victoria electoral del presidente Obama y dos meses antes de las elecciones en Israel, convocadas para el 22 de enero. Netanyahu apuntó a fortalecer su posicionamiento electoral –si bien algunos expertos señalan que su situación ya era sólida y en realidad una campaña militar genera más riesgos que ventajas, porque su impacto electoral depende de los resultados.

La decisión del primer ministro apuntó también a definir la agenda de un actor clave para Israel. Sus desacuerdos con el presidente de los Estados Unidos, ahora reelecto, cobraron notoriedad pública poco antes de las elecciones en ese país.

A su vez, la guerra civil en Siria, escenario de una disputa más amplia entre Irán, el actual gobierno iraquí y el grupo Hamas, con apoyo de Rusia y –en menos medida– China, por una parte, y el frente prooccidental que integran Turquía, Arabia Saudita y Qatar, con apoyo de los Estados Unidos, por otra, conforma un contexto regional con un crecientes niveles de violencia, a lo que se suman los interrogantes que genera la llamada “Primavera Árabe.”

Por el momento, los gobiernos islamitas moderados de Túnez y Egipto han sido fuente de estabilidad, con un rol destacado del gobierno de Mohamed Morsi, primer presidente electo de este último país. Estados Unidos ha reconocido ese rol y ha tenido en consecuencia un cierto cambio de actitud, pero las reservas y la incertidumbre acerca del marco regional perduran.

A estos factores que conforman un contexto relativamente novedoso, se suman el acceso de Hamas a misiles de mayor alcance y precisión y la decisión del presidente Mahmud Abbas de solicitar el reconocimiento de Palestina como Estado observador (no Miembro) ante la Asamblea General de las Naciones Unidas el próximo jueves 29 de Noviembre.

martes, 20 de noviembre de 2012

Transición China



La síntesis que mejor ilustra la esencia de la transición china es la innovación en lo económico y el mantenimiento de una férrea línea conservadora en lo político. No se trata sólo de la continuidad de personas y familias en las áreas clave del poder, sino también de continuidad del sistema, de sus reglas y de las severas restricciones en materia de libertades civiles e información pública.

China cierra un período de fenomenal crecimiento económico e igualmente fenomenal incremento de su poderío militar y de su peso político en los asuntos globales. Al mismo tiempo, China ha visto crecer en esta década la desigualdad, la corrupción política y el malestar en diversos sectores de la sociedad, que tienden a multiplicarse.

La elección de Xi Jinping, actual vicepresidente, como Secretario General del Partido Comunista Chino, en reemplazo de Hu Jintao garantiza una línea conservadora, refractaria a las reformas y a la mayor flexibilidad que reclaman diversos sectores de la sociedad y numerosos actores del campo internacional.

Por su parte, la designación de Li Keqiang Jiabao como primer ministro augura una mayor apertura en lo económico y las relaciones exteriores. Un perfecto balance para un sistema que ha dado muestras de eficacia y consistencia a lo largo de décadas y hoy enfrenta desafíos internos en materia política y económica y fuertes reclamos de un mayor compromiso y protagonismo en el campo internacional.

En la transición china no hay improvisaciones. La elección de los nuevos líderes resulta de un lento proceso de ascenso de figuras jóvenes a lo largo del tiempo, a través de la paciente y minuciosa observación de los líderes que preparan su sucesión y de los ancianos, los líderes jubilados, que también ocupan puestos clave, sobre todo en el control del aparato militar. Ese proceso se extiende a lo largo de un período no del todo preciso, que siempre toma varios años, e implica que la transición sea, a la vez, recambio generacional y continuidad de la estructura y de la composición social del poder. 

Lo que queda


Un rotundo “no” al pasado

En los últimos años, el sistema internacional inició una búsqueda de rumbo, tras el desconcierto generado por las guerras del presidente George W. Bush. Los últimos años de su presidencia fueron marcados por los errores de su política exterior, en particular la mal llamada “guerra contra el terror” y las evidencias más claras de tales errores fueron el nivel fenomenal de endeudamiento y déficit fiscal de la economía norteamericana, el creciente aislamiento de los Estados Unidos y el hecho de que la salida honrosa no apareció en ningún lugar, con un sistema internacional desarticulado por el ejercicio de una hegemonía militar carente de política.

En ese contexto, el presidente Obama despertó una expectativa tal vez exagerada, pero no infundada. En poco tiempo, logró un cambio de clima en las relaciones internacionales y los niveles de confrontación y desconfianza disminuyeron sensiblemente. En los Estados Unidos, por el contrario, se produjo una polarización política y social, incentivada por el creciente protagonismo de los sectores más radicalizados del Partido Republicano. Esto fue clave para el triunfo de Obama en las elecciones de la semana pasada.

Romney no fue un mal candidato. Pero el predicamento de los sectores radicalizados de su partido generó una gran resistencia en amplias franjas del electorado. A esto se sumaron ciertos logros económicos de Obama y, sin duda, el oportuno huracán pocos días antes de la elección que el presiente aprovechó con genuina vocación y gran aptitud política.

La crisis europea ofreció un telón de fondo que respaldó las políticas de Obama e incrementó la desconfianza por las fórmulas tradicionales de ajuste, recorte y achicamiento del Estado. En ese marco, el presidente recibió un amplio respaldo de los hispanos, las mujeres, los jóvenes y otras de las llamadas “minorías” que dijeron “no” a las fórmulas tradicionales de supuesta eficacia y marcados fracasos tanto en escenarios propios como ajenos.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Lo que Viene



Mientras se alejan poco a poco la desesperanza y la consternación causadas por el huracán Sandy, quedan saldos irreparables de pérdidas de vidas y de futuro para miles de familias. El cálculo ineludible, sin embargo, es el efecto que la tragedia y el subsecuente protagonismo del presidente Obama van a tener en los comicios de este martes.

Ha sido una carrera pareja, siempre con una pequeña –significativamente pequeña- ventaja a favor del actual presidente. Probablemente, el efecto Sandy sea el empujón final que lleve a Obama a un segundo mandato.

Cualquiera sea el resultado, el escenario global que deja la gestión del actual presidente de los Estados Unidos al culminar el año 2012, difiere profundamente de la herencia de su antecesor. La crisis global, particularmente estadounidense y europea se ha mantenido, pero mientras se profundiza en algunos países de Europa y mantiene en vilo la continuidad del euro y la Eurozona, en los Estados Unidos sus efectos tienden a atenuarse.

La primavera árabe, para casi todos una sorpresa estratégica del escenario internacional, ha madurado, para bien y para mal y hoy redefine la situación de Medio Oriente, aisla a Israel en forma creciente y plantea un escenario de horror y angustiante incertidumbre con respecto al desenlace (y la duración) de la situación de Siria.

Al igual que otros casos resonantes de inoperancia del sistema internacional ante masacres de la población a manos del Estado –como ocurrió en diversos países africanos a lo largo de la historia reciente y en regiones pertenecientes a la ex Unión Soviética durante el primer tramo de la post Guerra Fria– presenciamos la continuidad inaudita del régimen sirio sin ninguna acción efectiva de los principales actores de la Comunidad Internacional, ya sean potencias u organismos.

China juega un rol decisivo y a la vez pasivo, ausente y distante de los escenarios de crisis, económica, política, humanitaria que acabamos de mencionar. Sus problemas internos no son suficiente explicación para lo que parece constituir una estrategia sutil en extremo y cuyo paso trascendente desconocemos y, por el momento, nadie parece anticipar.