El jueves pasado, la Asamblea General de Naciones Unidas admitió a Palestina como “Estado observador”, una categoría ambigua, que denomina y niega el status de “Estado” simultáneamente y a la vez reconoce implícitamente derechos soberanos sobre un territorio determinado.
La mayoría abrumadora de la votación (138 votos a favor, 9 en contra y 41 abstenciones) no refleja un desequilibrio de poder sustancial a favor de las aspiraciones Palestinas ni un cambio sustancial en el status quo del conflicto con Israel. Refleja sí un creciente aislamiento de Israel y Estados Unidos –ni siquiera Alemania y el Reino Unido votaron en contra sino optaron por la abstención– e insinúa el carácter cada vez más difícil de sostener de su postura frente a los cambios en el contexto regional y a nivel global.
La votación fortalece, sin duda, la postura palestina e incrementa su legitimidad internacional. Pero, al mismo tiempo, refuerza la tendencia al deterioro de las relaciones con Israel y, por ende, torna sólo temporaria la revitalización de la situación del presidente palestino Mahmud Abbas, dado que todo recrudecimiento del conflicto opera a favor de Hamas, su principal enemigo político.
Es difícil que el reconocimiento por parte de la ONU, si bien trascendente en términos históricos, redunde en lo inmediato en un fortalecimiento de quienes promueven el diálogo y las negociaciones sobre un Estado palestino.
Por el contrario, la votación en la Asamblea General debilita particularmente la postura del presidente Obama, quien ha tenido sucesivos desencuentros con el primer ministro Netanyahu y ahora presencia una victoria diplomática de los palestinos, actuando en sentido contrario a sus recomendaciones y expectativas. Mientras tanto, el otro mediador importante, con reciente protagonismo en el conflicto, el presidente egipcio Mohammed Morsi, se encuentra envuelto en serias dificultades locales y poco probable que pueda, en lo inmediato, ocuparse de la situación regional.
viernes, 30 de noviembre de 2012
viernes, 23 de noviembre de 2012
Medio Oriente
La decisión
del primer ministro israelí, Benjamín
Netanyahu, de ordenar bombardeos masivos y ataques con misiles contra la
población palestina y preparar una operación terrestre en gran escala, tuvo un
fuerte significado político y ocurrió en un contexto novedoso, con varios
interrogantes.
Sin duda, hubo
un componente electoral, propio y ajeno, 15 días después de la victoria
electoral del presidente Obama y dos meses antes de las elecciones en Israel,
convocadas para el 22 de enero. Netanyahu apuntó a fortalecer su
posicionamiento electoral –si bien algunos expertos señalan que su situación ya
era sólida y en realidad una campaña militar genera más riesgos que ventajas,
porque su impacto electoral depende de los resultados.
La decisión
del primer ministro apuntó también a definir la agenda de un actor clave para
Israel. Sus desacuerdos con el presidente de los Estados Unidos, ahora
reelecto, cobraron notoriedad pública poco antes de las elecciones en ese país.
A su vez,
la guerra civil en Siria, escenario de una disputa más amplia entre Irán, el
actual gobierno iraquí y el grupo Hamas, con apoyo de Rusia y –en menos medida–
China, por una parte, y el frente prooccidental que integran Turquía, Arabia
Saudita y Qatar, con apoyo de los Estados Unidos, por otra, conforma un contexto
regional con un crecientes niveles de violencia, a lo que se suman los interrogantes
que genera la llamada “Primavera Árabe.”
Por el
momento, los gobiernos islamitas moderados de Túnez y Egipto han sido fuente de
estabilidad, con un rol destacado del gobierno de Mohamed Morsi, primer
presidente electo de este último país. Estados Unidos ha reconocido ese rol y
ha tenido en consecuencia un cierto cambio de actitud, pero las reservas y la
incertidumbre acerca del marco regional perduran.
A estos factores
que conforman un contexto relativamente novedoso, se suman el acceso de Hamas a
misiles de mayor alcance y precisión y la decisión del presidente Mahmud Abbas
de solicitar el reconocimiento de Palestina como Estado observador (no Miembro)
ante la Asamblea General
de las Naciones Unidas el próximo jueves 29 de Noviembre.
martes, 20 de noviembre de 2012
Transición China
La síntesis que mejor ilustra la esencia de la transición china es la innovación en lo económico y el mantenimiento de una férrea línea conservadora en lo político. No se trata sólo de la continuidad de personas y familias en las áreas clave del poder, sino también de continuidad del sistema, de sus reglas y de las severas restricciones en materia de libertades civiles e información pública.
China
cierra un período de fenomenal crecimiento económico e igualmente fenomenal
incremento de su poderío militar y de su peso político en los asuntos globales.
Al mismo tiempo, China ha visto crecer en esta década la desigualdad, la
corrupción política y el malestar en diversos sectores de la sociedad, que
tienden a multiplicarse.
La elección
de Xi Jinping, actual vicepresidente, como Secretario General del Partido
Comunista Chino, en reemplazo de Hu Jintao garantiza una línea conservadora,
refractaria a las reformas y a la mayor flexibilidad que reclaman diversos
sectores de la sociedad y numerosos actores del campo internacional.
Por su
parte, la designación de Li Keqiang Jiabao como primer ministro augura una
mayor apertura en lo económico y las relaciones exteriores. Un perfecto balance
para un sistema que ha dado muestras de eficacia y consistencia a lo largo de
décadas y hoy enfrenta desafíos internos en materia política y económica y
fuertes reclamos de un mayor compromiso y protagonismo en el campo
internacional.
En la
transición china no hay improvisaciones. La elección de los nuevos líderes
resulta de un lento proceso de ascenso de figuras jóvenes a lo largo del
tiempo, a través de la paciente y minuciosa observación de los líderes que
preparan su sucesión y de los ancianos, los líderes jubilados, que también
ocupan puestos clave, sobre todo en el control del aparato militar. Ese proceso
se extiende a lo largo de un período no del todo preciso, que siempre toma
varios años, e implica que la transición sea, a la vez, recambio generacional y
continuidad de la estructura y de la composición social del poder.
Lo que queda
Un rotundo “no” al pasado
En los últimos años, el sistema
internacional inició una búsqueda de rumbo, tras el desconcierto generado por
las guerras del presidente George W. Bush. Los últimos años de su presidencia
fueron marcados por los errores de su política exterior, en particular la mal
llamada “guerra contra el terror” y las evidencias más claras de tales errores fueron
el nivel fenomenal de endeudamiento y déficit fiscal de la economía
norteamericana, el creciente aislamiento de los Estados Unidos y el hecho de
que la salida honrosa no apareció en ningún lugar, con un sistema internacional
desarticulado por el ejercicio de una hegemonía militar carente de política.
En ese contexto, el presidente
Obama despertó una expectativa tal vez exagerada, pero no infundada. En poco
tiempo, logró un cambio de clima en las relaciones internacionales y los
niveles de confrontación y desconfianza disminuyeron sensiblemente. En los Estados
Unidos, por el contrario, se produjo una polarización política y social, incentivada
por el creciente protagonismo de los sectores más radicalizados del Partido Republicano.
Esto fue clave para el triunfo de Obama en las elecciones de la semana pasada.
Romney no fue un mal candidato. Pero
el predicamento de los sectores radicalizados de su partido generó una gran resistencia
en amplias franjas del electorado. A esto se sumaron ciertos logros económicos
de Obama y, sin duda, el oportuno huracán pocos días antes de la elección que
el presiente aprovechó con genuina vocación y gran aptitud política.
La crisis europea ofreció un telón
de fondo que respaldó las políticas de Obama e incrementó la desconfianza por las
fórmulas tradicionales de ajuste, recorte y achicamiento del Estado. En ese
marco, el presidente recibió un amplio respaldo de los hispanos, las mujeres, los
jóvenes y otras de las llamadas “minorías” que dijeron “no” a las fórmulas
tradicionales de supuesta eficacia y marcados fracasos tanto en escenarios
propios como ajenos.
lunes, 19 de noviembre de 2012
Lo que Viene
Mientras se alejan poco a
poco la desesperanza y la consternación causadas por el huracán Sandy, quedan
saldos irreparables de pérdidas de vidas y de futuro para miles de familias. El
cálculo ineludible, sin embargo, es el efecto que la tragedia y el subsecuente
protagonismo del presidente Obama van a tener en los comicios de este martes.
Ha sido una carrera pareja,
siempre con una pequeña –significativamente pequeña- ventaja a favor del actual
presidente. Probablemente, el efecto Sandy sea el empujón final que lleve a
Obama a un segundo mandato.
Cualquiera sea el resultado,
el escenario global que deja la gestión del actual presidente de los Estados
Unidos al culminar el año 2012, difiere profundamente de la herencia de su
antecesor. La crisis global, particularmente estadounidense y europea se ha
mantenido, pero mientras se profundiza en algunos países de Europa y mantiene
en vilo la continuidad del euro y la Eurozona , en los Estados Unidos sus efectos
tienden a atenuarse.
La primavera árabe, para
casi todos una sorpresa estratégica del escenario internacional, ha madurado,
para bien y para mal y hoy redefine la situación de Medio Oriente, aisla a
Israel en forma creciente y plantea un escenario de horror y angustiante
incertidumbre con respecto al desenlace (y la duración) de la situación de
Siria.
Al igual que otros casos
resonantes de inoperancia del sistema internacional ante masacres de la
población a manos del Estado –como ocurrió en diversos países africanos a lo
largo de la historia reciente y en regiones pertenecientes a la ex Unión
Soviética durante el primer tramo de la post Guerra Fria– presenciamos la
continuidad inaudita del régimen sirio sin ninguna acción efectiva de los
principales actores de la Comunidad
Internacional , ya sean potencias u organismos.
China juega un rol decisivo
y a la vez pasivo, ausente y distante de los escenarios de crisis, económica,
política, humanitaria que acabamos de mencionar. Sus problemas internos no son
suficiente explicación para lo que parece constituir una estrategia sutil en
extremo y cuyo paso trascendente desconocemos y, por el momento, nadie parece
anticipar.
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