La síntesis que mejor ilustra la esencia de la transición china es la innovación en lo económico y el mantenimiento de una férrea línea conservadora en lo político. No se trata sólo de la continuidad de personas y familias en las áreas clave del poder, sino también de continuidad del sistema, de sus reglas y de las severas restricciones en materia de libertades civiles e información pública.
China
cierra un período de fenomenal crecimiento económico e igualmente fenomenal
incremento de su poderío militar y de su peso político en los asuntos globales.
Al mismo tiempo, China ha visto crecer en esta década la desigualdad, la
corrupción política y el malestar en diversos sectores de la sociedad, que
tienden a multiplicarse.
La elección
de Xi Jinping, actual vicepresidente, como Secretario General del Partido
Comunista Chino, en reemplazo de Hu Jintao garantiza una línea conservadora,
refractaria a las reformas y a la mayor flexibilidad que reclaman diversos
sectores de la sociedad y numerosos actores del campo internacional.
Por su
parte, la designación de Li Keqiang Jiabao como primer ministro augura una
mayor apertura en lo económico y las relaciones exteriores. Un perfecto balance
para un sistema que ha dado muestras de eficacia y consistencia a lo largo de
décadas y hoy enfrenta desafíos internos en materia política y económica y
fuertes reclamos de un mayor compromiso y protagonismo en el campo
internacional.
En la
transición china no hay improvisaciones. La elección de los nuevos líderes
resulta de un lento proceso de ascenso de figuras jóvenes a lo largo del
tiempo, a través de la paciente y minuciosa observación de los líderes que
preparan su sucesión y de los ancianos, los líderes jubilados, que también
ocupan puestos clave, sobre todo en el control del aparato militar. Ese proceso
se extiende a lo largo de un período no del todo preciso, que siempre toma
varios años, e implica que la transición sea, a la vez, recambio generacional y
continuidad de la estructura y de la composición social del poder.