La primavera
árabe ha dejado de ser una ilusión y un movito de incertidumbre. Las nuevas
democracias –naturalmente, con gobiernos islamistas— componen una compleja
realidad, más cercana a Occidente de lo que muchos esperaban, más independiente
e indescifrable de lo que algunos querrían.
En Medio Oriente, preocupan más Israel y la
amenaza de un Irán con capacidad nuclear y misilística –sumado a un Estados
Unidos siempre dispuesto a usar su poder militar— que el rumbo político de los nuevos
gobierno islamistas. Un interrogante de la mayor importancia es el rol político
que asumirá Turquía en el nuevo escenario regional.
México, con un nuevo gobierno y el PRI de
vuelta en el poder, anuncia su regreso a América Latina. Pero su principal
problema son los niveles de violencia y penetración social del narcotráfico y
el crimen organizado, diagnóstico que, con mayor o menor dramatismo, comparten
casi todos los países de la región.
Mientras tanto, Brasil sigue en ascenso,
en su cauto pero no menos deslumbrante protagonismo internacional. Mucho más
que en el pasado, para entender la política internacional hay que mirar a las
regiones antes que a los centros de poder global.