El año próximo se cumplirá el 40 aniversario de la guerra de Yom Kipur, que libraran Siria y Egipto contra Israel, entre octubre y noviembre de 1973. Mucho ha variado el panorama político de los dos primeros países y poco se ha avanzado en pos de una paz duradera.
Es difícil imaginar que de la tragedia siria y los embates contra el primer presidente democrático de Egipto, surgirán regímenes capaces de garantizar la paz y la estabilidad frente a un vecino que, a su vez, muestra poca voluntad de acercarse a una solución razonable para la población Palestina.
Sin duda, Israel ha consolidado su poderío militar y mantiene intacto el compromiso de su sociedad con la defensa del país. Pero las amenazas a su seguridad han aumentado – la política de Irán no es un dato menor en este sentido.
Por su parte, Estados Unidos se encuentra sumido en una crisis presupuestaria que ya algunos medios denominan “abismo presupuestario. La primera potencia militar del planeta, que ya ha cedido el primer puesto en materia económica a China, mantiene una postura histórica de respaldo incondicional de Israel, que hoy genera asilamiento internacional y se hace cada vez más difícil de sustentar.
Egipto, que luego del conflicto de 1973 entabló un vínculo estrecho con los Estados Unidos, hoy encierra incógnitas fundamentales y nos invita a preguntarnos por cuánto tiempo el presidente Mohamed Morsi se mantendrá en una postura equidistante entre los Estados Unidos y sus principales rivales.
Mientras el conflicto interno de Siria no se resuelva –y se conozca cuán involucrados quedan China y Rusia en la geopolítica de la región; mientras Israel mantenga una postura no negociadora e Irán siga avanzando con su plan nuclear y haciendo caso omiso de todas las advertencias externas, es imposible estimar cómo va a evolucionar la situación de la región más conflictiva del planeta.