Europa y el norte
de África están sufriendo cambios de variada naturaleza. Es difícil imaginar cuán
profundos, pero no cabe duda de su trascendencia. La gran diferencia entre
ambos es que, mientras los cambios en el mundo árabe parecen dirigirse hacia
regímenes democráticos -con las salvedades que merezca cada caso- y con
liderazgos de variada inspiración musulmana, los cambios en Europa no parecen
orientarse en una dirección determinada.
No hay, a
diferencia de procesos de transformación europeos de décadas precedentes, ideas
que orienten esos cambios. No es la integración, no es la democracia ni tampoco
el protagonismo en los asuntos globales. No hay ánimo de dominación ni de
influencia sobre otros territorios ni objetivos compartidos de mayor
acercamiento entre los propios.
En este
contexto, predominan la desconfianza, el cuestionamiento de los liderazgos
paneuropeos, el desprestigio de las elites locales, la desilusión con la
integración económica y con unificación monetaria. En el Reino Unido, crecen
los sentimientos antieuropeos y en el Sur de Europa la distancia política y
social respecto de los más poderosos.
La casa real
española y, a su manera, también otras coronas se anticipan a las dificultades
por venir e introducen cambios e innovaciones que, en otras circunstancias,
hubieran esperado más tiempo ya que la valoración popular de las monarquías ha
decaído desde hace tiempo y las crisis actuales no han hecho más que
profundizar ese proceso.
De este modo, ni
la democracia, ni los liderazgos políticos, ni las casas reales son puntos de
referencia de los cambios, mientras que en las sociedades europeas se afianzan
la intolerancia racial y religiosa y crecen brutalmente el cuestionamiento a la
inmigración y el nacionalismo antieuropeo, como tampoco existe un rumbo
económico aceptado consensuadamente ni valores compartidos que sirvan como
punto de referencia para los cambios en curso.