Las imágenes de las protestas en las calles de Brasil evocan
las de diversos fenómenos sociales y políticos de estos años: los indignados
españoles, los manifestantes de Túnez y otros países que desencadenaron la Primavera Árabe, los de
Turquía en días recientes y las diversas expresiones de descontento en la mayor
parte de Europa.
Hay una similitud visual y un cierto parentesco por
pertenecer todas a la era de redes sociales y de una vocación de reivindicación
ciudadana que ha contagiado incluso a gran parte de la juventud iraní y
seguramente lo hará mañana en otros lugares del mundo.
Pero el fenómeno brasileño es diferente a los mencionados. No
es producto de una crisis económica, de un alto nivel de desempleo o de una
insoportable opresión política. Ocurre en un marco de crecimiento, de
properidad, de marcados avances sociales y de liderazgo democrático.
La sociedad brasileña –inicialmente un sector en cuya
composición predomina la clase media– reacciona ante la crisis sostenida de los
servicios de transporte, salud y educación (terciaria, en particular), reacción
explosivamente agravada por los altos niveles de corrupción y una extendida
impunidad política, a punto de ser consagrada por una ley “a medida.”
La crisis en esos tres ámbitos de la infraestructura de
servicios es sin duda producto de omisiones y una gran falta de previsión por
parte del Estado. Pero es también producto de los aproximadamente 50 millones
de brasileños que en los últimos quince años se han incorporado a la economía y
al consumo de clase media.
La otra gran
diferencia en el caso de Brasil es la sensibilidad del liderazgo político. Tal
vez sea exagerado decir que se ha entablado un diálogo entre “la calle” y la
presidenta Rousseff, pero es evidente la capacidad de reacción que ésta ha
mostrado frente al enorme desafío iniciado hace prácticamente un mes en las
calles de San Pablo.