viernes, 28 de junio de 2013

Brasil

Las imágenes de las protestas en las calles de Brasil evocan las de diversos fenómenos sociales y políticos de estos años: los indignados españoles, los manifestantes de Túnez y otros países que desencadenaron la Primavera Árabe, los de Turquía en días recientes y las diversas expresiones de descontento en la mayor parte de Europa.

Hay una similitud visual y un cierto parentesco por pertenecer todas a la era de redes sociales y de una vocación de reivindicación ciudadana que ha contagiado incluso a gran parte de la juventud iraní y seguramente lo hará mañana en otros lugares del mundo.

Pero el fenómeno brasileño es diferente a los mencionados. No es producto de una crisis económica, de un alto nivel de desempleo o de una insoportable opresión política. Ocurre en un marco de crecimiento, de properidad, de marcados avances sociales y de liderazgo democrático.

La sociedad brasileña –inicialmente un sector en cuya composición predomina la clase media– reacciona ante la crisis sostenida de los servicios de transporte, salud y educación (terciaria, en particular), reacción explosivamente agravada por los altos niveles de corrupción y una extendida impunidad política, a punto de ser consagrada por una ley “a medida.”

La crisis en esos tres ámbitos de la infraestructura de servicios es sin duda producto de omisiones y una gran falta de previsión por parte del Estado. Pero es también producto de los aproximadamente 50 millones de brasileños que en los últimos quince años se han incorporado a la economía y al consumo de clase media.


La otra  gran diferencia en el caso de Brasil es la sensibilidad del liderazgo político. Tal vez sea exagerado decir que se ha entablado un diálogo entre “la calle” y la presidenta Rousseff, pero es evidente la capacidad de reacción que ésta ha mostrado frente al enorme desafío iniciado hace prácticamente un mes en las calles de San Pablo.