El triunfo electoral de Angela Merkel
invita a muchos a pensar en una flexibilización, no en continuidad o
endurecimiento, de la política alemana hacia Europa. La expectativa surge de la
probable coalición entre la Democracia Cristiana que ella lidera y la Social
Democracia, de inspiración laborista o de centro-izquierda.
Es poco probable, sin embargo, que Merkel
extienda su mano a los países del Sur de Europa, endeudados, con altas tasas de
desempleo e inmersos en continuas crisis políticas. La fórmula del éxito
alemán, sostiene Merkel, es aplicable en otros países: disciplina fiscal,
reducción del gasto social, etc.
En realidad, la fórmula alemana oculta
más de lo que ofrece como camino viable. No habla del brutal drenaje de
recursos desde esos países “indisciplinados” hacia Alemania, en apariencia sólo
exitosa en base al sacrificio y la disciplina.
Otra aparente paradoja nos muestra a un
Estados Unidos debilitado y en retirada de su rol como garante del orden en el
escenario global. Sin embargo, cinco años después de la crisis financiera
global iniciada en las oficinas de Wall Street en 2008, la economía
norteamericana está fortalecida, el presidente Obama ha sido reelecto y poco se
habla de Afganistán o Guantánamo.
Es cierto que han crecido los
cuestionamientos políticos a los Estados Unidos, como se evidenció en la
reciente Asamblea General de las Naciones Unidas y varias regiones ven –en
muchos casos con alivio– un claro repliegue de la presencia norteamericana.
Lo que no se ve claramente es dónde han
quedado las consecuencia de una crisis que fue caracterizada como “gran
depresión” y como la más grave desde los años 30.
En algún lugar, esos costos se están
pagando. Vemos desde hace tiempo cómo varias economías europeas se desangran y,
en lo que va de 2013, China y América Latina entran en un período de
desaceleración del crecimiento económico, mientras las otrora florecientes
primaveras del mundo árabe se internan en oscuras sendas de autoritarismo.