El intento republicano de dar por tierra con el ambicioso plan de
salud de los Estados Unidos, impulsado y defendido con uñas y dientes por el
presidente Obama, ha resultado en un fiasco político.
Para el público norteamericano
hay dos temas en juego. Uno es la reforma del sistema de salud. Sobre esto ya
se ha legislado y existe una nueva realidad, que convive con opiniones
divididas. Pero la ciudadanía es consciente de que lo aprobado por el Congreso
de los Estados Unidos sienta una nueva base para el sistema de salud de su
país.
El otro tema es la
responsabilidad que les compete a quienes ocupan lugares claves en el sistema
político, y eso incluye a los legisladores de la oposición.
Para los Republicanos esto no es,
simplemente, una batalla perdida. Es un punto de inflexión en su desarrollo de
las últimas dos décadas, con un presidente que dejó una trágica herencia para
su nación y para el sistema internacional y, luego, con la creciente influencia
de grupos conservadores radicalizados –el Tea Party, el más conocido de ellos–
en el desempeño del Partido.
Sin duda, es impreciso –y, de
alguna manera, injusto– hablar de este modo de “los Republicanos”, como si
fueran una unidad monolítica. Muchos miembros del Partido, históricamente
conocido como “Grand Old Party” (el Gran
Viejo Partido) no comparten la postura de los grupos ultra-conservadores, hoy
con nutrida presencia en el Congreso.
Pero los efectos
de este fiasco, un inconcebible intento de paralizar la administración federal
de un país con inevitable influencia y efectos concatenados en la política y la
economía internacionales, van sentirse en el Partido en su totalidad. Las encuestas más recientes ya lo
reflejan, con opiniones negativas que oscilan entre el 47 y el 70 %, según de
qué se hable.
Es probable que ese rechazo a la
forma en que algunos legisladores se comportaron en estos días se mantenga a lo
largo de los próximos dos años y afecte la capacidad electoral de los
Republicanos, al menos durante ese tramo de la vida política de los Estados
Unidos.