Comparar la política
internacional de estos años con la Guerra Fría puede parecer exagerado. Sin
embargo, se trata esencialmente una metáfora que, al mismo tiempo, señala similitudes
cada vez más preocupantes.
La suspensión de
garantías ante potenciales abusos del Estado es un aspecto decisivo. El marco
legal de excepción que los Estados Unidos, la Unión Europea y otros aliados
extra-europeos sancionaron luego de los ataques terroristas de 2001, dejó de ser
“de excepción” para transformarse en legislación ordinaria que los Estados aplican
discrecionalmente.
La CIA actúa con las
mismas prácticas de la Guerra Fría, es decir, no sólo espionaje sino también
empleo de la tortura, la extorsión y el secuestro. El uso de drones ha
aumentado sensiblemente bajo la presidencia de Barack Obama, con cifras
alarmantes de víctimas civiles. Sólo en Pakistán, murieron más de 3000 personas
en los últimos diez años.
El terror nuclear ya no
está en el centro de la escena. La agenda internacional ha cambiado, pero los Estados
Unidos, China y Rusia se neutralizan mutuamente al tratar cualquier tema de
interés global, se trate de Siria, Irán o el medio ambiente. Prevalecen no sólo los intereses de cada potencia
sino también la lógica de “suma de cero” (el rédito político de un actor es
percibido inevitablemente como pérdida del otro), característica del sistema
internacional de aquellos años.
Las escuchas telefónicas
realizadas por la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) de los Estados Unidos que
incluye a los líderes de países amigos, aliados, rivales, al Papa Francisco, al
FMI y el Banco Mundial, y a cientos de millones de personas de todas las
regiones del planeta, no son un dato aislado. Se trata sólo de un aspecto que
evoca los años de la Guerra Fría.