El escenario
internacional de este año muestra síntomas de agitación social y política en
prácticamente todas las regiones. La crisis política del gobierno de Maduro se
acentúa tras el control de las protestas. Varios actores, tanto de la oposición
como del propio oficialismo –lo que incluye a sectores de las fuerzas armadas–
actúan con autonomía y crecientes grados de violencia. Hay numerosos civiles
armados de ambos lados.
Mucho más grave, sobre
todo desde el punto de vista de la violencia armada y la represión, es la que
vive Ukrania, con su fisonomía e identidad político-cultural vinculadas tanto a
Rusia como a la Unión Europea.
Mientras tanto, hemos
presenciado en días recientes la frustración de los intentos de detener las
matanzas en Siria y acercar a las partes a algún tipo de entendimiento. Tampoco
la ex primavera egipcia augura un escenario optimista y no se descarta que si
la oposición vuelve a las calles la represión sea mucho más sangrienta que la
de agosto pasado.
En todos estos escenarios
–y en los que sean comparables, tanto en el futuro como en el pasado reciente–
un resultado de algún modo sistemático es el incremento de la autonomía
institucional y el peso político de las fuerzas armadas. En algunos casos, el
gobierno pasa a depender de ellas en forma creciente. En otros, las
instituciones armadas directamente se hacer cargo del poder.
Brasil no
se asemeja a las crisis mencionadas, pero es evidente
que el gobierno de Dilma Rousseff va a enfrentar escenarios críticos a lo largo
de 2014, al menos hasta la realización del Mundial de Fútbol, para el que
faltan apenas tres meses. Tal vez su carta más audaz y a la vez brillante haya
sido el anuncio de la invitación al Papa Francisco al evento deportivo global.