Rusia no tiene el propósito de iniciar una nueva Guerra Fría
ni la capacidad militar y económica para sostenerla. Más aun, Rusia carece de
los atributos ideológicos que, en su momento, fueron el eje central de su estrategia
de confrontación con Occidente.
El presidente Vladimir Putin mueve ingeniosamente
las piezas de un ajedrez para el que Occidente no estaba preparado y no tiene
interés en jugar. No invade directamente Ucrania, pero aprovecha su
inestabilidad y la existencia de una significativa población de origen ruso en
ese país: unos 8 millones sobre un total de 46, muchos de ellos descontentos y
en algunos casos discriminados en el contexto de la disolución de la ex Unión
Soviética.
Putín sabe que China no lo va a apoyar. Los intereses
comerciales chinos con Europa y Estados Unidos hablan por sí solos y la
sigilosa política exterior china no indica que se comprometa con este tipo de
acciones. A esto se suma la aprehensión China a toda política separatista,
dados sus propios problemas en este terreno. Pero, Putín sabe, China tampoco se
va a alinear con Occidente en las críticas o sanciones a Rusia.
Putín sabe también, y probablemente sea lo que más disfrute,
que este tipo de desafío al papel de los Estados Unidos en el sistema
internacional incomoda terriblemente al presidente norteamericano. Barack Obama
se ha mostrado dubitativo y poco creíble en más de una crisis internacional y,
en realidad, en esta no tiene muchas opciones a su alcance.
Rusia actúa astutamente, usando más la incitación política y
la insinuación de su poder militar que las acciones militares directas y
respeta el entendimiento tácito entre las potencias acerca de la estabilidad
global, que predomina desde el fin de la Guerra Fría.
El ajedrez de Putín no busca involucrar a Siria, Irán, Corea
del Norte ni ningún otro escenario de conflicto actual o potencial. Todo tiene
lugar en un contexto regional acotado y no implica una amenaza política,
ideológica ni, mucho menos, militar más allá de la llamada “zona de influencia”
rusa.