lunes, 21 de abril de 2014

Rusia y sus objetivos



Rusia no tiene el propósito de iniciar una nueva Guerra Fría ni la capacidad militar y económica para sostenerla. Más aun, Rusia carece de los atributos ideológicos que, en su momento, fueron el eje central de su estrategia de confrontación con Occidente.

El presidente Vladimir Putin mueve ingeniosamente las piezas de un ajedrez para el que Occidente no estaba preparado y no tiene interés en jugar. No invade directamente Ucrania, pero aprovecha su inestabilidad y la existencia de una significativa población de origen ruso en ese país: unos 8 millones sobre un total de 46, muchos de ellos descontentos y en algunos casos discriminados en el contexto de la disolución de la ex Unión Soviética.

Putín sabe que China no lo va a apoyar. Los intereses comerciales chinos con Europa y Estados Unidos hablan por sí solos y la sigilosa política exterior china no indica que se comprometa con este tipo de acciones. A esto se suma la aprehensión China a toda política separatista, dados sus propios problemas en este terreno. Pero, Putín sabe, China tampoco se va a alinear con Occidente en las críticas o sanciones a Rusia.

Putín sabe también, y probablemente sea lo que más disfrute, que este tipo de desafío al papel de los Estados Unidos en el sistema internacional incomoda terriblemente al presidente norteamericano. Barack Obama se ha mostrado dubitativo y poco creíble en más de una crisis internacional y, en realidad, en esta no tiene muchas opciones a su alcance.

Rusia actúa astutamente, usando más la incitación política y la insinuación de su poder militar que las acciones militares directas y respeta el entendimiento tácito entre las potencias acerca de la estabilidad global, que predomina desde el fin de la Guerra Fría.

El ajedrez de Putín no busca involucrar a Siria, Irán, Corea del Norte ni ningún otro escenario de conflicto actual o potencial. Todo tiene lugar en un contexto regional acotado y no implica una amenaza política, ideológica ni, mucho menos, militar más allá de la llamada “zona de influencia” rusa.

viernes, 4 de abril de 2014

Mala Lectura

El Parlamento británico hace una lectura equivocada de la política internacional, de los intereses de los Estados Unidos en el Atlántico Sur y de la propia realidad del Reino Unido en esta región.

En la política internacional de estos tiempos, a diferencia de la Guerra Fría o la Segunda Guerra Mundial, las alianzas tienen alcances limitados y su valor varía según el tema en cuestión. No implican, dicho de otro modo, lealtades automáticas aplicables a todas y cada una de las situaciones.

Ante la inexistencia de una amenaza compartida que pone en riesgo la supervivencia de los miembros de un bloque o alianza, la política se vuelve más compleja. Y en este sentido, la "decepción" de los miembros de la Comisión de Relaciones Exteriores del Parlamento británico ante  "la negativa del gobierno estadounidense a reconocer el derecho a la autodeterminación nacional de los habitantes” de las Islas Malvinas, se debe esencialmente a una lectura desactualizada del significado de las alianzas en la política internacional contemporánea.

El reclamo argentino por ejercer su soberanía en Islas y zona marítima que pertenecen a su territorio es legítimo por razones históricas, jurídicas y de toda índole. Ha sido reconocido en los foros más importantes del sistema internacional y, en años recientes, ha recibido un respaldo explícito de los miembros de la comunidad regional, respaldo que se ha concretado  en políticas y acciones concretas, como la prohibición a los buques de guerra británicos de tocar puerto en prácticamente toda América del Sur.

Al escenario regional se agregan temas globales. La presencia británica es violatoria de tratados sobre armas nucleares, atentatoria explícita y probadamente contra una mínima preservación del medio ambiente y militariza en forma creciente el Atlántico Sur, declarado zona de paz y cooperación en tratados firmados por los países costeros, entre los que figuran Brasil y Sudáfrica.


Es sorprendente que todos estos datos escapen a uno de los comités de relaciones exteriores más experimentados del planeta, a lo que se agrega probablemente la preocupación por las sucesivas postergaciones de la confirmación de viabilidad económica de las exploraciones petrolíferas en una zona objeto de una disputa internacional.