En su tapa del 13 de febrero de 2003 la
revista El Economista presentó un
enorme precipicio frente al cual se pregunta cuán profunda es la división entre
Europa y los Estados Unidos. Era la víspera de la invasión a Irak y la otrora indestructible
“Alianza Occidental” mostraba su progresiva disolución en el nuevo contexto
internacional.
En un mundo sin amenazas militares
significativas, Europa no tenía motivos para seguir pagando la deuda contraída
por la contribución americana a la derrota del nazismo y, en años subsiguientes,
a la contención del expansionismo soviético.
Europa, al igual que China, veía en el nuevo
escenario un mundo de oportunidades económicas y en el manejo de los asuntos
internacionales por los Estados Unidos algo difícilmente controlable y plagado
de riesgos más que de posibles beneficios.
Once años después, vemos que el abismo
graficado por El Economista se ha
profundizado. “Las divisiones entre EE.UU. y la UE debilitan a Occidente frente
a Rusia” titulan sus análisis algunos medios. “Estados Unidos resiente la
actitud contemporizadora de Alemania frente a Putin”, comentan otros.
Evidentemente, Putin ha
visto una oportunidad, al igual que Al Assad y, por qué no, Angela Merkel, que
hoy por hoy controla Europa.
Para nosotros, la
enseñanza ha sido clara desde hace tiempo. La integración regional, la
cooperación Sur-Sur, los lazos económicos con China, la apreciación estratégica
del ascenso Brasil, el distanciamiento de las recetas del FMI han sido ejes del
crecimiento económico de nuestra región. Desde ese lugar, es importante pensar,
como región, en otras oportunidades, las que se abrirán cuando se conforme el
orden internacional hoy ausente e inevitablemente necesario.