A mediados de
los noventa, los principales autores de las Relaciones Internacionales
advertían “pronto vamos a extrañar la Guerra Fría.” Sin duda, si pensamos en
equilibrios en el sistema internacional, hoy se advierte la ausencia de una
lógica por la cual Occidente estaba atento a cada movimiento del Kremlin y se
anticipaba o actuaba “de sobre pique.”
Hoy Rusia puede generar
una crisis en un país de la importancia estratégica de Ucrania e intervenir militarmente
sin consecuencias. Se retira, promete cooperar, vuelve a intervenir y el
sistema internacional –cuyas iniciativas siguen dependiendo esencialmente de
los Estados Unidos— permanece inerte.
El jefe del
Kremlin parece saber a dónde se dirige. Con una economía menor a la de
cualquier país importante de Europa, ocupa espacios estratégicos en todas las
regiones. Pareciera que cada mañana el presidente ruso se levantara y dijera
¿hoy qué hacemos? Y a media mañana la diplomacia rusa, las grandes empresas o las
fuerzas armadas reciben una orden de actuar.
Mientras tanto,
el desconcierto y la falta de rumbo caracterizan los movimientos de la Casa
Blanca. El presidente Obama se encuentra ocupado –podría decirse abrumado- por
el crecimiento repentino de la jihad en Medio Oriente. En menos de dos años, ha
cambiado cuatro veces su discurso con respecto a Siria. No sabe qué hacer
frente a un Israel imperturbable que comete masacres de población civil
palestina. Cada momento de aparente calma es alterado por una mala noticia de
Afganistán, o de las afueras de Bagdad.
Y por cada pieza
que mueve el presidente norteamericano en el ajedrez de la política
internacional, Putin parece haber hecho seis jugadas anticipadas.