Desde la era de
los Egipcios, el esplendor de Grecia, la Antigua Roma y siglos más tarde el Renacimiento, el
Mediterráneo ha sido símbolo y escenario de vinculaciones comerciales,
políticas y culturales que dieron origen a nuestra civilización. Su geografía
es tan particular que ha permitido que a su alrededor florezcan pueblos y
culturas contrastantes y al mismo se produjera una fluida comunicación entre
ellas.
El Mediterráneo
ha sido motivo de inspiración y sabiduría para el arte, la música, la literatura,
la ciencia, la tecnología. Y ha sido escenario de grandes civilizaciones,
antecesoras y hacedoras de la nuestra. Pero hoy, frente a la desesperación y el
anhelo de una vida mejor y eventualmente un futuro para miles de jóvenes y
niños del Norte de Africa, se ha transformado en trampa mortal, en escenario de
tragedias y, más aún varios países de Europa tratan de transformarlo en barrera
infranqueable y ámbito de acciones militares de países que cuentan entre los
más avanzados del planeta contra una población civil desamparada y desahuciada.
Mientras el
Consejo Europeo intenta firmar acuerdos con países africanos para asegurar el retorno
de migrantes ilegales, el Comisario de Inmigración de la UE, Dimitri
Avramópoulos amenaza con “destruir los barcos de contrabandistas de almas.”
España es el país que más insiste en el uso de la fuerza militar para frenar y
disuadir a los migrantes europeos y rechaza que la UE suma misiones de
rescate a las tareas de vigilancia de su
órgano especializado.
Hay sin duda un
negocio mafioso detrás de la huida desesperada de los migrantes africanos. Pero
el método y el enfoque que han adoptado algunos países europeos resulta al
menos inadecuado y ha motivado un fuerte llamado de atención por parte la
ACNUR, la Agencia de las Naciones Unidas dedicada a velar por la situación de
los refugiados en todo el mundo.