viernes, 22 de mayo de 2015
Estado Islámico
El inesperado crecimiento y expansión territorial del Estado Islámico (EI) en Siria e Irak, recientemente manifiesto en la conquista de las ciudades de Palmira y Ramadi, reedita el desafío estratégico de organizaciones militares no estatales al sistema internacional.
En particular, este desafío tiene como destinatario a los Estados Unidos en su carácter de actor central del sistema internacional y principal promotor de iniciativas orientadas a proveer un cierto sentido de “orden” y de existencia de reglas, cuya transgresión implica consecuencias de algún modo serias o graves. Sin embargo, en el desempeño de ese rol, Estados Unidos ha exhibido reiterada ambigüedad, un alto grado de improvisación y una capacidad prácticamente nula de generar consensos.
Por su parte, los avances del EI no son erráticos. Responden a una estrategia y a objetivos que giran alrededor de gobiernos carentes de legitimidad, rodeados de alta inestabilidad y acechados por situaciones bélicas que no logran doblegar.
La ciudad de Palmira está situada a unos 250 kilómetros de Damasco, en una zona con importantes yacimientos de hidrocarburos y cuenta con cuarteles, un aeropuerto militar y la triste reputación de alojar una las cárceles más severas y sanguinarias del régimen de El Asad. A su vez, Ramadi, capital de la provincia de Al Anbar, está situada en el centro de Irak, a unos 100 kilómetros de Bagdad. Toda la información internacional disponible indica que el EI ejerce un férreo control sobre la población y el territorio circundante a ambas ciudades.
Estados Unidos ha tenido, frente a los sucesivos escenarios conflictivos de Oriente Medio una actitud ambivalente. Ha tenido reacciones tardías y llevado a cabo acciones que habitualmente quedan a medio camino, entre el repliegue y el fracaso total. Para una potencia de su magnitud y con el rol que en parte se atribuye a sí misma y en parte le generan las grandes ausencias en el sistema interracial, la noción predominante en la Casa Blanca y sus alrededores acerca de que “los Estados Unidos tienen que hacer algo, pero no pueden involucrarse demasiado” constituye una fórmula altamente inadecuada, que contradice las nociones estratégicas más elementales.
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