El lunes pasado se reabrieron las embajadas de Cuba en Washington y
de los Estados Unidos en La Habana. Poco antes, Irán y los Estados
Unidos firmaban, junto con otras potencias occidentales, un acuerdo en
materia de armas nucleares, que entre otras cosas abre la posibilidad –a
futuro- de que se reabra la Embajada americana en Teheran.
Se
trata de gestos inequívocos, y trascendentes, a dos de las comunidades
más antinorteamericanas de todo el planeta –cada una a su manera. La
política hacia nuestra región ha sido uno de los aspectos más deslucidos
de la gestión de Obama, que se inició con una errónea postura frente a
la crisis hondureña, siguió con intentos formales de aproximación muy
poco productivos y finalmente cayó en una diplomacia vacía hacia quienes
no se subordinan a la política de Washington. En lo positivo, Obama
optó por gestos amistosos pero no muy transcendentes hacia Colombia y
otros países del Cordón Andino y un foco de su política operativa contra
el crimen organizado en Centro América, con resultados que han estado a
la vista en estos días.
Pero Obama no tomó las
decisiones de estas últimas semanas en situación de crisis –es decir,
ante la necesidad de actuar frente a circunstancias amenazantes que
tienden a agravarse. Más bien, se ha mostrado decidido a dejar su huella
en la historia del primer tramo del siglo XXI y demostrar que el primer
presidente afro-americano de los EEUU, sucesor de George W. Bush y por
lo tanto heredero de una confrontación extrema con el mundo islámico y
de muy poca afinidad con el mundo latino, no ha estado ocho ocupando el
Salón Oval en vano. .
Hace menos de un mes, Obama tuvo
también un par de victorias internas, con los fallos de la Corte Suprema
que respaldaron sus políticas referidas a reforma sanitaria y derechos
de la comunidad gay. Nada parecido a un final de mandato de creciente
debilidad.
viernes, 24 de julio de 2015
viernes, 10 de julio de 2015
Europa y el futuro
La crisis griega pone en duda la integración de Europa. Los esfuerzos
de los líderes europeos continentales por mantener a Grecia dentro del
sistema no reflejan una preocupación por la situación ni el futuro de
este país sino por la viabilidad política y económica del proceso de
integración.
La reunión de los BRICS de estos días refleja un camino, una agenda y un modo de vinculación entre Estados y ciudadanías mucho más viables con respecto al futuro de la política y la economía internacionales que las propuestas de la Unión Europea. Es indudable que China se está preparando para liderar la economía global, con planes a 20 y 30 años, con miras a la viabilidad integral de lo que se propone.
Los textos estratégicos del gobierno de China de principios de los noventa -al menos los que se dieron a publicidad en ese momento- anuncian el estado actual de los asuntos globales y, sobre todo, el lugar que va a ocupar China en ese contexto. Se centran en los objetivos económicos de China y su agenda social, en un marco de oportunidad ante la ausencia de amenazas bélicas significativas, muestran una extrema prudencia frente a conflictos que no son propios y reflejan una búsqueda de armonía en el sistema internacional.
Esta visión contrasta con el ímpetu de la integración europea de aquellos años y su énfasis en la disciplina fiscal y la estandarización de los criterios de eficiencia estatal, sin referencia a los contrastantes niveles de productividad de las economías participantes. No es exagerado caracterizar tal actitud como desaprensiva respecto del futuro y de la inevitable concentración de capital financiero que esto implicaría, con efectos devastadores sobre los sistemas previsionales, educativos y de promoción social de los países más débiles.
La reunión de los BRICS de estos días refleja un camino, una agenda y un modo de vinculación entre Estados y ciudadanías mucho más viables con respecto al futuro de la política y la economía internacionales que las propuestas de la Unión Europea. Es indudable que China se está preparando para liderar la economía global, con planes a 20 y 30 años, con miras a la viabilidad integral de lo que se propone.
Los textos estratégicos del gobierno de China de principios de los noventa -al menos los que se dieron a publicidad en ese momento- anuncian el estado actual de los asuntos globales y, sobre todo, el lugar que va a ocupar China en ese contexto. Se centran en los objetivos económicos de China y su agenda social, en un marco de oportunidad ante la ausencia de amenazas bélicas significativas, muestran una extrema prudencia frente a conflictos que no son propios y reflejan una búsqueda de armonía en el sistema internacional.
Esta visión contrasta con el ímpetu de la integración europea de aquellos años y su énfasis en la disciplina fiscal y la estandarización de los criterios de eficiencia estatal, sin referencia a los contrastantes niveles de productividad de las economías participantes. No es exagerado caracterizar tal actitud como desaprensiva respecto del futuro y de la inevitable concentración de capital financiero que esto implicaría, con efectos devastadores sobre los sistemas previsionales, educativos y de promoción social de los países más débiles.
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