El lunes pasado se reabrieron las embajadas de Cuba en Washington y
de los Estados Unidos en La Habana. Poco antes, Irán y los Estados
Unidos firmaban, junto con otras potencias occidentales, un acuerdo en
materia de armas nucleares, que entre otras cosas abre la posibilidad –a
futuro- de que se reabra la Embajada americana en Teheran.
Se
trata de gestos inequívocos, y trascendentes, a dos de las comunidades
más antinorteamericanas de todo el planeta –cada una a su manera. La
política hacia nuestra región ha sido uno de los aspectos más deslucidos
de la gestión de Obama, que se inició con una errónea postura frente a
la crisis hondureña, siguió con intentos formales de aproximación muy
poco productivos y finalmente cayó en una diplomacia vacía hacia quienes
no se subordinan a la política de Washington. En lo positivo, Obama
optó por gestos amistosos pero no muy transcendentes hacia Colombia y
otros países del Cordón Andino y un foco de su política operativa contra
el crimen organizado en Centro América, con resultados que han estado a
la vista en estos días.
Pero Obama no tomó las
decisiones de estas últimas semanas en situación de crisis –es decir,
ante la necesidad de actuar frente a circunstancias amenazantes que
tienden a agravarse. Más bien, se ha mostrado decidido a dejar su huella
en la historia del primer tramo del siglo XXI y demostrar que el primer
presidente afro-americano de los EEUU, sucesor de George W. Bush y por
lo tanto heredero de una confrontación extrema con el mundo islámico y
de muy poca afinidad con el mundo latino, no ha estado ocho ocupando el
Salón Oval en vano. .
Hace menos de un mes, Obama tuvo
también un par de victorias internas, con los fallos de la Corte Suprema
que respaldaron sus políticas referidas a reforma sanitaria y derechos
de la comunidad gay. Nada parecido a un final de mandato de creciente
debilidad.