Desde hace aproximadamente dos décadas, el sistema internacional
carece de un liderazgo y un conjunto de valores, o pilares
fundamentales, que permitan identificar su orientación de fondo. Sin
embargo, algunos procesos actuales permiten identificar tendencias que ,
de algún modo, anuncian la conformación futura de este sistema.
Estados
Unidos ha dejado de ser un poder amenazante, dispuesto a intervenir
–militarmente, o por otros medios– para hacer valer sus intereses o,
supuestamente, reestablecer el orden. Sus recientes actitudes hacia Cuba
e Irán, su reticente actitud ante la crisis Siria, o ante las acciones
militares de Putin, son ejemplos de ello.
China ha
mostrado signos constantes de occidentalización, para llamar de alguna
manera a su notable evolución en lo doméstico y en sus relaciones con el
mundo. China ha mostrado una prudencia permanente en los asuntos
internacionales y ha evitado, en forma sistemática, que sus
vinculaciones económicas con otros países impliquen una pretensión de
condicionar sus políticas. En lo interno, China ha dado muestras
crecientes de un espíritu modernizante, como el reciente anuncio de una
flexibilización de la política del hijo único.
Al mismo
tiempo, los avances hacia la integración económica de grandes bloques
–silenciosos por largo tiempo, pero con hitos que los
hacen
visibles cada tanto, como la reciente firma del Acuerdo de Asociación
Transpacífica (TPP) entre Estados Unidos y once países del Pacífico y el
Acuerdo de Inversiones y Comercio Trasatlántico (TTIP), entre EE.UU. y
la Unión Europea– anuncian un rasgo fundamental del sistema
internacional futuro.
viernes, 30 de octubre de 2015
viernes, 9 de octubre de 2015
Unión en Peligro
Nunca ha estado tan amenazada la Unión Europea, como entidad, como
proyecto y como ámbito histórico del surgimiento de valores democráticos
y humanitarios. Para peor, la amenaza no proviene del exterior. Porque
si así fuera, prevalecería la unidad, el sentido de pertenencia. Las
amenazas externas tienen esa extraña virtud, la de generar lazos
solidarios.
Pero el principal problema proviene de procesos internos, algunos signados por el pecado original de la desigual de los niveles de riqueza y productividad de las sociedades europeas, otros por los nacionalismos y las reivindicaciones de tinte xenófobo.
La inevitable desigualdad entre los socios de la integración sirvió de atractivo en un comienzo, pero se transformó en pesadilla con las sucesivas crisis del euro. Al mismo tiempo, y en parte fogoneados por las crisis económicas y sus impactos sociales, se incentivaron los sentimientos y las ideologías nacionalistas con su marcada inclinación xenófoba.
Así lo expresaron Merkel y Hollande conjuntamente ante el Parlamento Europeo hace pocos días, haciendo directa referencia al populismo europeo. Del mismo modo, la ex Comisaria de la UE y ex Ministra de RREE de Italia, Emma Bonino, afirmó recientemente que
“es urgente combatir las enfermedades del nacionalismo, la xenofobia y el racismo, que se extiendes como una mancha de aceite por diversos países de Europa.”
Las posturas de derecha, aun las no populistas, siempre atentan contra la unidad europea, como lo muestra el último discurso de David Cameron, quien prometió dureza en su próxima negociación con la UE, a la que calificó como “demasiado grande, autoritaria y entrometida.”
Pero el principal problema proviene de procesos internos, algunos signados por el pecado original de la desigual de los niveles de riqueza y productividad de las sociedades europeas, otros por los nacionalismos y las reivindicaciones de tinte xenófobo.
La inevitable desigualdad entre los socios de la integración sirvió de atractivo en un comienzo, pero se transformó en pesadilla con las sucesivas crisis del euro. Al mismo tiempo, y en parte fogoneados por las crisis económicas y sus impactos sociales, se incentivaron los sentimientos y las ideologías nacionalistas con su marcada inclinación xenófoba.
Así lo expresaron Merkel y Hollande conjuntamente ante el Parlamento Europeo hace pocos días, haciendo directa referencia al populismo europeo. Del mismo modo, la ex Comisaria de la UE y ex Ministra de RREE de Italia, Emma Bonino, afirmó recientemente que
“es urgente combatir las enfermedades del nacionalismo, la xenofobia y el racismo, que se extiendes como una mancha de aceite por diversos países de Europa.”
Las posturas de derecha, aun las no populistas, siempre atentan contra la unidad europea, como lo muestra el último discurso de David Cameron, quien prometió dureza en su próxima negociación con la UE, a la que calificó como “demasiado grande, autoritaria y entrometida.”
viernes, 2 de octubre de 2015
Lo que importa
Resulta difícil distinguir claramente qué es lo que está en juego en
Siria, que justifica el interés la tardía intervención de las grandes
potencias, luego de cuatro años, en que la guerra y la represión estatal
han cobrado 310.00 víctimas y más de 4 millones de refugiados -según
datos de la ACNUR (Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados)
revelados hace pocos meses.
Los Estados Unidos señalan al presidente Bachar El Assad como principal responsable de la crisis humanitaria, mientras Rusia sostiene que la situación es producto de la intervención de Occidente. Pero hoy ambos coinciden en señalar al EI (Estado Islámico) como principal enemigo y, aunque no lo digan, ambas potencias carecen de una estrategia medianamente razonable para enfrentarlo. Su avance y su atracción para combatientes de diversas latitudes son, hoy, incontenibles.
Aun así, cada una de las potencias promueve una coalición diferente -los Estados Unidos con varios países occidentales y Rusia con Irak e Irán, ambas con acciones que, todos sabemos, carecen de eficacia.
Lo que parece estar en juego, frente a cientos de miles de muertos, millones de personas que lo han perdido todo, un país devastado, un tirano que ha ejercido una violencia extrema sobre la población civil y
un enemigo inmanejable como el EI, es la competencia entre dos potencias por el predominio en una zona estratégicamente clave.
Todo esto indica que, para las grandes potencias, desde antes del Imperio Romano y hasta nuestros días, a la hora de hacer valer su poder no cuentan ni el sufrimiento humano ni la dignidad de otros países ni ningún otro criterio sino sus intereses por encima de cualquier otra consideración. Tal vez, la única novedad sea que hoy no lo hacen en nombre de la grandeza del Imperio sino en nombre de la paz y valores humanitarios.
Los Estados Unidos señalan al presidente Bachar El Assad como principal responsable de la crisis humanitaria, mientras Rusia sostiene que la situación es producto de la intervención de Occidente. Pero hoy ambos coinciden en señalar al EI (Estado Islámico) como principal enemigo y, aunque no lo digan, ambas potencias carecen de una estrategia medianamente razonable para enfrentarlo. Su avance y su atracción para combatientes de diversas latitudes son, hoy, incontenibles.
Aun así, cada una de las potencias promueve una coalición diferente -los Estados Unidos con varios países occidentales y Rusia con Irak e Irán, ambas con acciones que, todos sabemos, carecen de eficacia.
Lo que parece estar en juego, frente a cientos de miles de muertos, millones de personas que lo han perdido todo, un país devastado, un tirano que ha ejercido una violencia extrema sobre la población civil y
un enemigo inmanejable como el EI, es la competencia entre dos potencias por el predominio en una zona estratégicamente clave.
Todo esto indica que, para las grandes potencias, desde antes del Imperio Romano y hasta nuestros días, a la hora de hacer valer su poder no cuentan ni el sufrimiento humano ni la dignidad de otros países ni ningún otro criterio sino sus intereses por encima de cualquier otra consideración. Tal vez, la única novedad sea que hoy no lo hacen en nombre de la grandeza del Imperio sino en nombre de la paz y valores humanitarios.
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