Resulta difícil distinguir claramente qué es lo que está en juego en
Siria, que justifica el interés la tardía intervención de las grandes
potencias, luego de cuatro años, en que la guerra y la represión estatal
han cobrado 310.00 víctimas y más de 4 millones de refugiados -según
datos de la ACNUR (Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados)
revelados hace pocos meses.
Los Estados Unidos señalan al
presidente Bachar El Assad como principal responsable de la crisis
humanitaria, mientras Rusia sostiene que la situación es producto de la
intervención de Occidente. Pero hoy ambos coinciden en señalar al EI
(Estado Islámico) como principal enemigo y, aunque no lo digan, ambas
potencias carecen de una estrategia medianamente razonable para
enfrentarlo. Su avance y su atracción para combatientes de diversas
latitudes son, hoy, incontenibles.
Aun así, cada una de las
potencias promueve una coalición diferente -los Estados Unidos con
varios países occidentales y Rusia con Irak e Irán, ambas con acciones
que, todos sabemos, carecen de eficacia.
Lo que parece
estar en juego, frente a cientos de miles de muertos, millones de
personas que lo han perdido todo, un país devastado, un tirano que ha
ejercido una violencia extrema sobre la población civil y
un enemigo inmanejable como el EI, es la competencia entre dos potencias por el predominio en una zona estratégicamente clave.
Todo
esto indica que, para las grandes potencias, desde antes del Imperio
Romano y hasta nuestros días, a la hora de hacer valer su poder no
cuentan ni el sufrimiento humano ni la dignidad de otros países ni
ningún otro criterio sino sus intereses por encima de cualquier otra
consideración. Tal vez, la única novedad sea que hoy no lo hacen en
nombre de la grandeza del Imperio sino en nombre de la paz y valores
humanitarios.