Desde hace aproximadamente dos décadas, el sistema internacional
carece de un liderazgo y un conjunto de valores, o pilares
fundamentales, que permitan identificar su orientación de fondo. Sin
embargo, algunos procesos actuales permiten identificar tendencias que ,
de algún modo, anuncian la conformación futura de este sistema.
Estados
Unidos ha dejado de ser un poder amenazante, dispuesto a intervenir
–militarmente, o por otros medios– para hacer valer sus intereses o,
supuestamente, reestablecer el orden. Sus recientes actitudes hacia Cuba
e Irán, su reticente actitud ante la crisis Siria, o ante las acciones
militares de Putin, son ejemplos de ello.
China ha
mostrado signos constantes de occidentalización, para llamar de alguna
manera a su notable evolución en lo doméstico y en sus relaciones con el
mundo. China ha mostrado una prudencia permanente en los asuntos
internacionales y ha evitado, en forma sistemática, que sus
vinculaciones económicas con otros países impliquen una pretensión de
condicionar sus políticas. En lo interno, China ha dado muestras
crecientes de un espíritu modernizante, como el reciente anuncio de una
flexibilización de la política del hijo único.
Al mismo
tiempo, los avances hacia la integración económica de grandes bloques
–silenciosos por largo tiempo, pero con hitos que los
hacen
visibles cada tanto, como la reciente firma del Acuerdo de Asociación
Transpacífica (TPP) entre Estados Unidos y once países del Pacífico y el
Acuerdo de Inversiones y Comercio Trasatlántico (TTIP), entre EE.UU. y
la Unión Europea– anuncian un rasgo fundamental del sistema
internacional futuro.