lunes, 14 de diciembre de 2015

Un buen lugar

El Mundo es un buen lugar, pero depende de dónde y cuándo uno viva. Las discusiones en la Cumbre de París reeditan el peligro de ver a las relaciones internacionales y al sistema internacional como ámbitos de banalidad diplomática y eventual cinismo de los Estados más poderosos, al menos si nos remitimos a los resultados alcanzados desde las cumbres de Río (1992) y Kioto (1997), hasta la fecha.

Al menos así deben percibirlo quienes han sufrido las embestidas de huracanes, tsunamis, inundaciones, o la aparición de nuevas enfermedades. El calentamiento global empeora la calidad del aire en forma creciente y amenaza la viabilidad a largo plazo de vastas zonas playeras en todo el planeta. En suma, las generaciones futuras heredarán un mundo con aire más contaminado, agua más sucia, inundaciones, sequías intensas y fuegos arrasadores.

Sin embargo, en lo que hace a las capacidades del sistema internacional para incidir en este tema, debemos tener la misma cautela que cuando nos referimos a otras tragedias de la Humanidad, como las guerras, las matanzas masivas, la pobreza o la desnutrición infantil. El sistema internacional, sus instituciones, sus normas y sus mecanismos de funcionamiento –como las cumbres, ya sean globales o regionales– no pueden ir más allá de la voluntad consensuada entre
Estados que, a su vez, son desiguales en poder, cultura y capacidad asociativa.

Es cierto que hay momentos en que el sistema internacional logra avances dramáticos, como fue la creación de las Naciones Unidas o las acciones conducentes al fin de la Guerra Fría. Pero esos puntos de inflexión sólo reflejan la impotencia previa para resolver problemas de fondo de las relaciones entre Estados. Tal vez en el caso del cambio climático, intervenciones como la del Papa Francisco, junto con los medios con que cuenta hoy la comunidad global permitan que la reacción del sistema sea anticipada y no posterior a la catástrofe.