El Mundo es un buen lugar, pero depende de dónde y cuándo uno viva.
Las discusiones en la Cumbre de París reeditan el peligro de ver a las
relaciones internacionales y al sistema internacional como ámbitos de
banalidad diplomática y eventual cinismo de los Estados más poderosos,
al menos si nos remitimos a los resultados alcanzados desde las cumbres
de Río (1992) y Kioto (1997), hasta la fecha.
Al menos
así deben percibirlo quienes han sufrido las embestidas de huracanes,
tsunamis, inundaciones, o la aparición de nuevas enfermedades. El
calentamiento global empeora la calidad del aire en forma creciente y
amenaza la viabilidad a largo plazo de vastas zonas playeras en todo el
planeta. En suma, las generaciones futuras heredarán un mundo con aire
más contaminado, agua más sucia, inundaciones, sequías intensas y fuegos
arrasadores.
Sin embargo, en lo que hace a las
capacidades del sistema internacional para incidir en este tema, debemos
tener la misma cautela que cuando nos referimos a otras tragedias de la
Humanidad, como las guerras, las matanzas masivas, la pobreza o la
desnutrición infantil. El sistema internacional, sus instituciones, sus
normas y sus mecanismos de funcionamiento –como las cumbres, ya sean
globales o regionales– no pueden ir más allá de la voluntad consensuada
entre
Estados que, a su vez, son desiguales en poder, cultura y capacidad asociativa.
Es
cierto que hay momentos en que el sistema internacional logra avances
dramáticos, como fue la creación de las Naciones Unidas o las acciones
conducentes al fin de la Guerra Fría. Pero esos puntos de inflexión sólo
reflejan la impotencia previa para resolver problemas de fondo de las
relaciones entre Estados. Tal vez en el caso del cambio climático,
intervenciones como la del Papa Francisco, junto con los medios con que
cuenta hoy la comunidad global permitan que la reacción del sistema sea
anticipada y no posterior a la catástrofe.