Hace ya mucho tiempo que no sabemos hacia dónde vamos. Las grandes
guerra y el peligro de un holocausto nuclear han dejado de ser una
amenaza para la humanidad. Estados Unidos ha dejado de ser un poder que
impone su voluntad a cualquier precio. Los derechos humanos, la
democracia, el respeto de la igualdad de género y otros valores
fundamentales cobran fuerza internacionalmente y expanden su vigencia.
No es poco, pero todo esto no alcanza para delinear un sistema
internacional que proyecte certidumbre, por ejemplo, con respecto a la
amenaza terrorista o el cambio climático o genere esperanza con respecto
a la disminución de la pobreza, la desigualdad o la desnutrición
infantil.
Asimismo, las grandes expectativas de
prosperidad que despertaron en su momento la integración europea y la
emergencia de los BRIC, en sus momentos respectivos y con sus
respectivas proyecciones regionales, se han desvanecido, en un marco de
crisis económicas, retrocesos políticos y conductas colectivas
vergonzosas frente al drama migratorio. No muy distinta ha sido la
suerte de las expectativas de libertad y democracia que generaron las
Primaveras árabes.
Nuestras sociedades están cada vez
más informadas y son más demandantes, pero las grandes concentraciones
de poder económico, político y militar no parecen orientarse hacia la
resolución de los grandes problemas de la humanidad ni la promoción de
sus valores
fundamentales. Y esa concentración parece acentuarse década tras década antes que disminuir.