Las viejas alianzas se han
desdibujado. Estados Unidos disiente con Europa acerca de Crimea, de Siria, de
Afganistán, de Libia, de Egipto y prácticamente de cualquier foco de conflicto
(donde el primero tiene intereses no declarados y una declamada responsabilidad
de preservar el orden internacional y Europa considera que debe atender primero
sus problemas internos). Con Israel, Estados Unidos disiente acerca de Irán y
de cuestiones internas que han llevado al Primer Ministro israelí a los propios
estrados del Congreso norteamericano.
Sin embargo, para las
cuestiones de fondo –las amenazas tradicionales, pasadas de moda pero nunca
descartables, y las nuevas amenazas, sobre las cuales se coopera en silencio y
se disiente en público– las viejas alianzas siguen vigentes. Lo que ocurre es
que han dejado de ser útiles para resolver las cuestiones actuales, en gran
medida ligadas al proceso de globalización.
La inmigración, legal e
ilegal, desde Africa y Asia hacia Europa y desde Asia y América Latina hacia
los Estados Unidos, las cuestiones raciales y religiosas, en Europa y en los
Estados Unidos, la cuestión ambiental y la cuestión energética –junto con el
especulativo comportamiento de Putin y la persistente pugna entre China y los
EEUU– el crecimiento exponencial del crimen organizado y el tráfico de drogas,
son todos problemas acuciantes de la agenda internacional para los cuales ni
las viejas alianzas ni los mecanismos tradicionales del sistema internacional
resultan de utilidad.
No es claro que a
vinculaciones internacionales novedosas, como los BRIC, corresponda
denominarlas “alianzas.” Pero su actualidad y utilidad en el nuevo contexto es
claramente contrastante con el debilitamiento de los vínculos forjados a través
de las dos guerras mundiales, sus horrores, y la subsiguiente Guerra Fría.
Desde su fin, sólo han predominado el desconcierto y una suerte de navegación
en aguas desconocidas y con intensa bruma.