jueves, 19 de marzo de 2015

Viejas y Nuevas Alianzas



Las viejas alianzas se han desdibujado. Estados Unidos disiente con Europa acerca de Crimea, de Siria, de Afganistán, de Libia, de Egipto y prácticamente de cualquier foco de conflicto (donde el primero tiene intereses no declarados y una declamada responsabilidad de preservar el orden internacional y Europa considera que debe atender primero sus problemas internos). Con Israel, Estados Unidos disiente acerca de Irán y de cuestiones internas que han llevado al Primer Ministro israelí a los propios estrados del Congreso norteamericano.
Sin embargo, para las cuestiones de fondo –las amenazas tradicionales, pasadas de moda pero nunca descartables, y las nuevas amenazas, sobre las cuales se coopera en silencio y se disiente en público– las viejas alianzas siguen vigentes. Lo que ocurre es que han dejado de ser útiles para resolver las cuestiones actuales, en gran medida ligadas al proceso de globalización.
La inmigración, legal e ilegal, desde Africa y Asia hacia Europa y desde Asia y América Latina hacia los Estados Unidos, las cuestiones raciales y religiosas, en Europa y en los Estados Unidos, la cuestión ambiental y la cuestión energética –junto con el especulativo comportamiento de Putin y la persistente pugna entre China y los EEUU– el crecimiento exponencial del crimen organizado y el tráfico de drogas, son todos problemas acuciantes de la agenda internacional para los cuales ni las viejas alianzas ni los mecanismos tradicionales del sistema internacional resultan de utilidad.
No es claro que a vinculaciones internacionales novedosas, como los BRIC, corresponda denominarlas “alianzas.” Pero su actualidad y utilidad en el nuevo contexto es claramente contrastante con el debilitamiento de los vínculos forjados a través de las dos guerras mundiales, sus horrores, y la subsiguiente Guerra Fría. Desde su fin, sólo han predominado el desconcierto y una suerte de navegación en aguas desconocidas y con intensa bruma.