Hace casi veinte años que el análisis estratégico intenta definir el carácter de las amenazas y los parámetros de la seguridad de Occidente. Muchos pensaron que el triunfo de Occidente en la Guerra Fría era una continuación de la victoria de los Aliados en la Segunda Guerra Mundial, desvirtuada sólo temporariamente por el surgimiento de la Unión Soviética. “Ahora sí,” los valores de Occidente, con la democracia y el respeto por los derechos humanos en primer lugar, serían las bases de una sociedad global que se construiría “ladrillo a ladrillo.”
Muy pronto Bosnia, Somalia, Rwanda, Kosovo y otros tantos lugares donde murieron cientos de miles de seres humanos obligaron a revisar el análisis. Sin embargo, la mayor parte de los autores siguió coincidiendo en que una característica fundamental de la nueva situación era que las democracias avanzadas y las potencias globales no se hallaban amenazadas, privilegio del que gozaban también regiones pacíficas menos avanzadas como la nuestra.
Todo cambió el 11 de septiembre. Pero, también, todo cambió a medida que la Alianza Occidental comenzó a resquebrajarse y a traicionar sus propios valores. La inestabilidad regional y las crisis humanitarias llevaron más de una vez a los Estados Unidos a zonas en las que era difícil intervenir y más difícil aun identificar el propio interés nacional. Ahí comenzó a resquebrajarse –mucho antes de Irak– la solidez de la OTAN y los “vínculos transatlánticos” entre una Europa centrada en sus propios problemas y un Estados Unidos deseoso de ejercer su rol de potencia global.
Esa brecha se profundizó. Francia y Alemania asumieron el liderazgo europeo. El Reino Unido se replegó sobre sus vínculos preferenciales con los Estados Unidos. Con sentimientos xenófobos y aislacionistas, Europa traicionó los valores occidentales de manera tan grave como las crecientes transgresiones del derecho internacional y, en particular, de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 en la llamada “guerra anti-terrorista.”
Hubo más atentados e intentos de atentados en las principales capitales. Descubrimos que las “Mezquitas Rojas” financiadas en Pakistán, en Italia, Francia y otros países para contener y re-socializar a jóvenes musulmanes, son lugares de adoctrinamiento y preparación, precisamente… de jóvenes fundamentalistas. Descubrimos también que, más allá del terrorismo organizado, existen grupos terroristas aislados, espontáneos, formados por jóvenes simpatizantes de Al-Queda o simplemente horrorizados por las brutalidades de Occidente. Leemos que “Bush respaldó duras prácticas de la CIA”; que “Cheney presiona a Bush para que ataque a Irán”; que “la comunidad musulmana es objeto de amenazas e insultos” en diversas capitales. Vemos entonces cómo se construyó, ladrillo a ladrillo, el escenario actual –tan distinto del pensado en la post Guerra Fría— en el que la seguridad de Occidente parece tanto o más vulnerable que los años de la Guerra Fría.
Andres Fontana
Muy pronto Bosnia, Somalia, Rwanda, Kosovo y otros tantos lugares donde murieron cientos de miles de seres humanos obligaron a revisar el análisis. Sin embargo, la mayor parte de los autores siguió coincidiendo en que una característica fundamental de la nueva situación era que las democracias avanzadas y las potencias globales no se hallaban amenazadas, privilegio del que gozaban también regiones pacíficas menos avanzadas como la nuestra.
Todo cambió el 11 de septiembre. Pero, también, todo cambió a medida que la Alianza Occidental comenzó a resquebrajarse y a traicionar sus propios valores. La inestabilidad regional y las crisis humanitarias llevaron más de una vez a los Estados Unidos a zonas en las que era difícil intervenir y más difícil aun identificar el propio interés nacional. Ahí comenzó a resquebrajarse –mucho antes de Irak– la solidez de la OTAN y los “vínculos transatlánticos” entre una Europa centrada en sus propios problemas y un Estados Unidos deseoso de ejercer su rol de potencia global.
Esa brecha se profundizó. Francia y Alemania asumieron el liderazgo europeo. El Reino Unido se replegó sobre sus vínculos preferenciales con los Estados Unidos. Con sentimientos xenófobos y aislacionistas, Europa traicionó los valores occidentales de manera tan grave como las crecientes transgresiones del derecho internacional y, en particular, de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 en la llamada “guerra anti-terrorista.”
Hubo más atentados e intentos de atentados en las principales capitales. Descubrimos que las “Mezquitas Rojas” financiadas en Pakistán, en Italia, Francia y otros países para contener y re-socializar a jóvenes musulmanes, son lugares de adoctrinamiento y preparación, precisamente… de jóvenes fundamentalistas. Descubrimos también que, más allá del terrorismo organizado, existen grupos terroristas aislados, espontáneos, formados por jóvenes simpatizantes de Al-Queda o simplemente horrorizados por las brutalidades de Occidente. Leemos que “Bush respaldó duras prácticas de la CIA”; que “Cheney presiona a Bush para que ataque a Irán”; que “la comunidad musulmana es objeto de amenazas e insultos” en diversas capitales. Vemos entonces cómo se construyó, ladrillo a ladrillo, el escenario actual –tan distinto del pensado en la post Guerra Fría— en el que la seguridad de Occidente parece tanto o más vulnerable que los años de la Guerra Fría.
Andres Fontana