jueves, 18 de junio de 2009

Irán

La idea de que cuantos más Estados democráticos haya en el mundo mayor será la seguridad de los Estados Unidos ocupó un lugar importante en la política exterior norteamericana durante la presidencia de Bill Clinton. Sin embargo, los propios defensores de esta teoría explicaron que de la misma no se deriva ninguna recomendación acerca de que los Estados Unidos intervenga en los asuntos internos de otros países ni, mucho menos, que lo haga a través del uso de la fuerza.

La doctrina Bush descartó este argumento y arrastró a los Estados Unidos a guerras innecesarias y difícilmente ganables. El debilitamiento internacional de los Estados Unidos y el propio desgaste de la presidencia de Bush impidieron que luego de Irak y Afganistán siguiera Irán.

Hoy, diversos sectores, dentro y fuera del partido Demócrata, presionan al presidente Obama para que adopte una postura más amenazante frente a Irán. Es cierto que la cuestión de la democracia y los derechos civiles ha estado tradicionalmente en la órbita de los asuntos internos de cada país y las tendencias actuales tienden a colocarlo en el plano de la política internacional. Sin embargo, de eso no se desprende que a los Estados Unidos le corresponda un rol específico al respecto.

En verdad, la preocupación de fondo no es la calidad de la democracia iraní, sino la política del presidente Ahmadinejad en materia nuclear. Pero las previsiones del sistema internacional establecen criterios cargados de cautela y prudencia frente a posibles transgresiones en materia de uso de la energía nuclear y la razonabilidad tampoco indica que el endurecimiento de los Estados Unidos sea necesariamente el camino adecuado en tales situaciones.
Andres Fontana