jueves, 26 de junio de 2014
Felipe VI
El flamante Rey de España ha asumido su función con la mesura y austeridad propias de un hombre preparado e inteligente. Todo indica que es consciente de las exageradas expectativas que se ciernen sobre él y la desproporción entre los desafíos que enfrenta y los recursos que tiene en sus manos.
El descomunal desempleo que afecta a su país desde hace al menos cinco años, los cientos de miles de familias que han perdido su vivienda y en muchos casos han sido expulsadas de sus casas, la abrupta declinación de los ingresos provenientes del turismo y la supresión de subsidios de la cooperación europea, el separatismo catalán, los altos niveles de corrupción en prácticamente todo el sistema institucional -sin eludir a la propia monarquía- el creciente debilitamiento de los partidos políticos y otros problemas que configuran la crisis de España exceden la responsabilidad del monarca y, a la vez, definen su agenda.
El joven Rey tiene a su favor que la raíz de una buena parte de estos problemas es de índole moral y todo indica que su calidad en este campo es excepcional. Al mismo tiempo, la crisis española se ha tornado particularmente grave en materia educativa y laboral, afectando de un modo aun más severo a las generaciones jóvenes.
En este terreno, Felipe cuenta con importantes ventajas, no sólo por su edad sino por su estilo personal, por apelar al espíritu y los valores de España en todos sus discursos, por hablar fluído catalán y estar siempre atento a las sensibilidades de la opinión pública, como lo hace desde hace ya varios años.
Consciente de la magnitud de los desafíos que enfrenta y de la carencia de poder de decisión efectivo sobre los asuntos públicos -el Rey Juan Carlos renunció a esas facultades cuando asumió, décadas atrás- es probable que Felipe profundice estas cualidades y adquiera otras, fruto de la experiencia como monarca que debe iniciar una nueva era para su país y participar en un contexto global de redefinición de la cultura y los asuntos internacionales.