“La hora de nuestro liderazgo no ha pasado.” Durante su visita a Londres, previa a la cumbre del G8, el presidente Obama reafirmó el carácter “esencial” de la alianza con el Reino Unido, y advirtió: “Es un error pensar que otras naciones representan el futuro.”
Resulta curioso que la agenda para la cual el presidente Obama reclama liderazgo incluya temas tales como Afganistán (guerra iniciada por los Estados Unidos y de la cual hoy busca una salida honrosa); la situación en Medio Oriente (rebeliones contra regímenes hasta hace poco aliados de los Estados Unidos y conflicto árabe-israelí, donde la potencia global juega un papel contrario a la opinión de, incluso, sus principales aliados); la crisis económica internacional (que afecta principalmente a Europa, pero se origina en las oficinas de Wall Street); y el medio ambiente (de cuyo deterioro Estados Unidos es uno de los principales responsables y ni siquiera ha firmado el protocolo de Kyoto).
El anhelo del presidente Obama por recuperar liderazgo y representar el futuro se basa en un hecho puntual: la reciente muerte de Bin Laden a manos de un grupo de elite norteamericano. Es decir, una acción ilegal, de la cual sólo se difundió la foto del presidente y sus colaboradores directos presenciándola a través de una pantalla cuyas imágenes fueron vetadas a la opinión pública internacional.
Se trata de un hecho trascendente. Cuya repercusión internacional no fue del todo positiva y cuya eficacia en términos de la confrontación con el terrorismo es al menos dudosa.
A la luz de estos hechos, resulta difícil entender, si es genuina, la aspiración del presidente de los Estados Unidos a recuperar el liderazgo y representar el futuro. No parece estar en sintonía con aquéllos a quien se propone liderar y orientarlos hacia el futuro.
Andres Fontana