Un rotundo “no” al pasado
En los últimos años, el sistema
internacional inició una búsqueda de rumbo, tras el desconcierto generado por
las guerras del presidente George W. Bush. Los últimos años de su presidencia
fueron marcados por los errores de su política exterior, en particular la mal
llamada “guerra contra el terror” y las evidencias más claras de tales errores fueron
el nivel fenomenal de endeudamiento y déficit fiscal de la economía
norteamericana, el creciente aislamiento de los Estados Unidos y el hecho de
que la salida honrosa no apareció en ningún lugar, con un sistema internacional
desarticulado por el ejercicio de una hegemonía militar carente de política.
En ese contexto, el presidente
Obama despertó una expectativa tal vez exagerada, pero no infundada. En poco
tiempo, logró un cambio de clima en las relaciones internacionales y los
niveles de confrontación y desconfianza disminuyeron sensiblemente. En los Estados
Unidos, por el contrario, se produjo una polarización política y social, incentivada
por el creciente protagonismo de los sectores más radicalizados del Partido Republicano.
Esto fue clave para el triunfo de Obama en las elecciones de la semana pasada.
Romney no fue un mal candidato. Pero
el predicamento de los sectores radicalizados de su partido generó una gran resistencia
en amplias franjas del electorado. A esto se sumaron ciertos logros económicos
de Obama y, sin duda, el oportuno huracán pocos días antes de la elección que
el presiente aprovechó con genuina vocación y gran aptitud política.
La crisis europea ofreció un telón
de fondo que respaldó las políticas de Obama e incrementó la desconfianza por las
fórmulas tradicionales de ajuste, recorte y achicamiento del Estado. En ese
marco, el presidente recibió un amplio respaldo de los hispanos, las mujeres, los
jóvenes y otras de las llamadas “minorías” que dijeron “no” a las fórmulas
tradicionales de supuesta eficacia y marcados fracasos tanto en escenarios
propios como ajenos.